Cómo funcionan las películas de terror

Nos guste o no, el miedo nos fascina.

Le atribuimos tendencias electorales, lo glorificamos en las historias que contamos y en las fiestas que celebramos, y lo veneramos ante cada oportunidad que tenemos de vencerlo.

El miedo nos inquieta, nos sacude y nos hace temblar. Nos recuerda de nuestra finitud y de todo lo que podría salir mal. El miedo nos secuestra en un aquí y ahora que bien preferiríamos evitar. “¿Por qué el amor no logra tocar mi corazón tal como lo hace el miedo?”, se pregunta una canción. Por eso puede resultar tan raro que nos entretenga salir a buscarlo.

Nuestra relación con el miedo, de más está decir, depende principalmente de su contexto. Bajamos las luces y subimos el volumen anticipando el susto en una película de terror y cuando pasa nos regocijamos hasta que se disipa. Pero cuando vamos caminando por una calle oscura y sentimos una presencia que nos inquieta, nos aferramos al miedo para que las piernas no se detengan.

Ante una amenaza el cerebro nos prepara para enfrentarla o huir, y una vez que pasa el susto, se lo saca de encima liberando dopamina, una hormona que se asocia con nuestra capacidad para predecir recompensas. Así es como aprendemos a distinguir entre lo peligroso y lo inofensivo, y cuando no funciona del todo bien puede vincularse con trastornos de ansiedad, como las fobias.

Generalmente, cuando miramos una película de terror el cerebro reconoce que no hay necesidad de perpetuar ese estado de alerta, y una vez pasado el susto disfrutamos de aquel saque de adrenalina, endorfinas y dopamina sin temer que nos persigan con una motosierra. La cosa sana.

Así se explica que algunas personas no solo disfruten de las películas de terror, sino también de comer picantes, matarse en el gimnasio o subirse a una montaña rusa, todos buenos ejemplos de “masoquismo benigno”: la obtención de placer a partir de experiencias cuyo riesgo es controlado. Para poder disfrutarlo el susto debe tener la justa medida: si es muy terrible podría abrumarnos, y si es muy leve aburrirnos.

Claro que reducir nuestro encanto por asustarnos a una sobresimplificada explicación neurocientífica es un error imperdonable. El asunto tiene bastante que ver con el gusto y, como tal, es posible entrenarlo.

A diferencia de los peligros reales, someternos a una película de terror nos permite mantener el control, mirando para otro lado cuando queremos, prendiendo las luces o incluso cambiando de plan si nos arrepentimos.

Salir en la búsqueda del miedo nos permite tomar el volante y no solo enfrentar nuestras ansiedades sino directamente atropellarlas — o acuchillarlas en la ducha.

Como una vacuna contra el estrés y los terrores del mundo, señala Mathias Clasen, las películas de terror pueden tener valor terapéutico para la ansiedad, y nos enseñan a regular cuánto podemos soportar. A veces viendo cómo otros no sobreviven aprendemos a sobrevivir mejor.

Las situaciones que nos dan miedo, una vez que terminan, suelen devolvernos la confianza en nuestra capacidad de controlar lo que nos asusta, algo que repercute en nuestra autoestima. Vino el miedo, lo enfrentamos, vivimos para contarlo. Solo queda enterrar el cuerpo y quemar la evidencia.

Asustarnos también nos distrae de lo que sucede a nuestro alrededor. Nuestra atención de repente es secuestrada por una posible amenaza y ya no existe más que el aquí y ahora. Quién hubiera dicho que asustarse podría ser como meditar.

Esta paradójica búsqueda del miedo nada tiene de nueva. No cuesta imaginar que desde que existen las historias existen aquellas diseñadas para asustar, ni cuesta imaginar a alguien a la salida de una caverna queriendo provocar un sobresalto.

Como cuenta la socióloga del miedo Margee Kerr en Scream (2015), la búsqueda colectiva del susto nos une, nos ayuda a prepararnos para la vida en un mundo aterrador, para advertir de los riesgos de ciertos comportamientos, y nos entretiene. Pero fue recién en los últimos siglos que asustarnos por diversión (y dinero) se convirtió en algo tan presente en nuestras vidas.

Es incluso quizá por su popularidad que el cine de terror tiene tanta mala fama, alimentada por sesgos y prejuicios. Aparentemente muchas personas creen que estas películas son tontas, peligrosas, o ambas, y que su atractivo solo esconde una falta de sofisticación, una cuestionable moral y una colección de riesgos para la salud mental. Por supuesto, nada de esto es cierto.

Si bien la historia del terror como género literario tiene apenas poco más de doscientos años, en el cine está presente prácticamente desde el comienzo: Le Manoir du Diable (1896), una de las primeras películas de Georges Méliès, no solo probablemente inauguró el género sino que también introdujo en el cine a los vampiros un año antes de que se publicara Dracula.

Quizá como los cuentos de hadas, las películas de terror desde un primer momento parecen haber reflejado nuestros temores con símbolos y alegorías, cuyas lecturas también parecen cambiar con los años. “Inventamos horrores para ayudarnos a enfrentar los verdaderos”, escribe Stephen King en Danse Macabre (1981) sobre el género. “Con la infinita inventiva de la humanidad, captamos los mismos elementos que son tan divisivos y destructivos y tratamos de convertirlos en herramientas— para desmantelarlos”.

Qué hace a un monstruo parece ser la preocupación central del género de terror, ya desde las alusiones homoeróticas y sobrenaturales presentes en The Castle of Otranto (1764) de Horace Walpole, The Vampyre (1819) de John William Polidori, o Dracula (1897) de Bram Stoker, hasta la equivalencia entre desfiguración y maldad en The Phantom of The Opera (1925) o Freaks (1932).

Si lo diferente nos asusta, es quizá por uno de los crímenes imperdonables del género de terror: la insistencia en que los cuerpos atípicos representan lo monstruoso o malvado, un estereotipo que hasta el día de hoy causa estragos entre personas cuyo aspecto físico ha sido demonizado, haciendo más difícil no solo la aceptación de otras personas sino la propia. Un terrible accidente no te convierte en Freddy Krueger.

Lo que las películas eventualmente nos inclinaron a notar era que tal vez el monstruo estuviera adentro. “Hollywood no inventó a los monstruos”, escribe una madre defendiendo al género en la revista Famous Monsters of Filmland en 1965. Mucho peor que explicarle lo que aparecía en las películas le resultaba explicarle a su hija de ocho años lo que sucedió durante el Holocausto.

Y entonces llegó la bomba atómica. Si las películas de terror que vinieron antes se habían ocupado de personas comunes que luchaban contra monstruos internos, el horror de la posguerra se consumió en la preocupación por las nuevas amenazas tecnológicas.

Con la Guerra Fría, el cine se obsesionó con cuestionar nuestra capacidad para cuidar el planeta, evitar desastres nucleares, prevenir invasiones y el miedo a no poder parar antes de que fuera demasiado tarde. Gojira (1954, “Godzilla”) bien explícitamente canaliza las ansiedades nucleares japonesas, con la moraleja de que si la humanidad se pone las pilas, puede resolver los males que provoca.

Este recurso, sin embargo, puede distraernos de su material de inspiración. Las atrocidades históricas fueron bien reales y en la mayoría de los casos la discusión en torno a las responsabilidades sigue abierta. Muchos de los monstruos de la historia siguen vivos y no siempre se ha hecho justicia al respecto.

Algunos años más tarde, con Psycho (1960) de Alfred Hitchcock se inauguró la preocupación por lo monstruoso que nada tenía que ver con lo sobrenatural o tecnológico sino con la corrupción propia de la mente humana. Esta incursión en la oscura psiquis humana, con más sangre y menos bichos, se volvió de repente demasiado real.

Cuando las reglas que restringían lo que podía mostrarse en la pantalla se relajaron, el cine se inundó de sangre, vísceras y metáforas. Los asesinos seriales viven a la vuelta de casa, y se esconden atrás de la sonrisa de aquel vecino que nos saluda amablemente—o del maquillaje de aquel payaso que vino a animar un cumpleaños.

Estas películas también nos aclimataron a la idea de que no son solo los cuerpos anormales la fuente de toda la maldad, sino también las mentes atípicas. Como si un trastorno límite de la personalidad nos empujara a matarlos a todos, o ser autista nos inclinara a planear cómo envenenar a una ciudad entera, en los recreos que tomamos de jugar con nuestros trenes y dinosaurios.

En su retorcida lógica muchas películas de terror nos convencen de que las víctimas de crímenes violentos se lo estaban buscando: la niñera debería haber llamado a la policía, el escritor sordo que escapa al bosque debería haber llevado un arma, aquella jovencita debería haber esperado al matrimonio, y tal otra no debería haberse metido al agua.

No sin disimularlo, muchas de estas películas nos muestran gráficamente lo que puede suceder cuando flaquea nuestra moralidad y abrazamos la liberación sexual (Halloween, 1978), o nos olvidamos de que al abandonar al cristianismo puede avanzar Satanás en la sociedad (Rosemary’s Baby, 1968, y The Exorcist, 1973).

Inexplicablemente, la arquitectura también parece ser fuente de pánico. No quiero asustarte pero tal vez el cuco… El cuco está en la casa.

Hay casas malditas porque en ellas sucedieron cosas terribles, o porque fueron construidas donde no debían, hay hoteles que enloquecen a sus huéspedes, hay barrios cuya tranquilidad solo nos hace anticipar lo peor. Hay sótanos y altillos que esconden oscuridad en su mala iluminación. Incluso aquel corto de Méliès, el primero del género, trata acerca de una casa endemoniada. Las películas lo dejan claro: el hogar es una extensión de quienes somos y con su seguridad no se jode.

Acercándonos al nuevo milenio, las ansiedades parecen haberse enfocado en los temores de alejarnos demasiado del mundo y quedar a merced de los terrores de un mundo donde aún era posible perderse. The Blair Witch Project (1999) no solo inauguró la afición por las películas de “material encontrado” sino por explorar el miedo que nos da alejarnos de nuestras comodidades domésticas.

Como señala James Colavito en Knowing Fear (2008), hoy en día el horror se caracteriza por el nihilismo caótico, el realismo, la pérdida de la inocencia y las historias que exploran temas sociales. La adopción de lo experimental, y el abandono de lo probado y gastado, permitió adentrarse en aquellos temores que ni siquiera sabíamos que teníamos.

De repente nos descubrimos aterrorizados por el racismo sistémico en Get Out (2017), o la subversión de los estereotipos de género en Us (2019), ambas de Jordan Peele. Como explicaba aquella madre, para no poder dormir de noche alcanza con leer un libro de historia, incluso si allí no aparecen vampiros y zombis. “Qué experiencia, vivir con miedo, ¿no? Así se siente ser un esclavo”, dice aquel replicante en Blade Runner (1982)

Y, sin embargo, el género todavía parece cargar con estigmas, quizá porque apelar a emociones “primitivas” como el miedo, la ansiedad y el asco lo vuelve básico.

Es precisamente esta relación entre las emociones básicas y el cine la que inspira aquella brutal confesión de Hitchcock: “El público es como un órgano gigante que tocamos tú y yo. Tocamos esta nota y obtenemos tal reacción, luego un acorde y obtenemos tal otra. Y algún día ni siquiera tendremos que hacer una película, habrá electrodos implantados en sus cerebros. Simplemente presionaremos diferentes botones y harán ‘oooh’ y ‘aaah’, los asustaremos, y haremos reír. ¿No será maravilloso?” Qué miedo.

Rara vez las películas de terror reciben elogios prestigiosos, y siquiera lograr que algunas de estas películas sean mencionadas sin escarnio es un objetivo pendiente. Incluso las pocas veces que películas de terror protagonizadas por mujeres recibieron la aprobación de la Academia, fue por las incursiones en el género de directores establecidos.

“El único momento en que un hombre puede ser valiente es cuando está asustado”, le dice Ned Stark a su hijo. El desafío queda en descubrir a qué deberíamos temer y a qué no. Difícil es imaginar qué sería de la curiosidad si no contáramos con el miedo.

Stephen King cuenta que cuando tenía 10 años su madre descubrió que guardaba en un cuaderno todo lo que encontraba sobre un asesino que en ese momento estaba prófugo. Ante su preocupación, King explicó: “Necesito saber todo sobre él, así si alguna vez me lo cruzo sé cómo manejarme”.

Es nuestra curiosidad por el peligro la que enciende nuestro interés por aquellas historias que nos permiten imaginar lo peor que podría pasar, forzándonos también a coquetear con la imaginación de qué haríamos en aquellos escenarios. Las historias de terror nos muestran qué tan oscuro puede ser el mundo, y en consecuencia qué tanta preparación emocional tenemos para enfrentarlo.

A veces, también, son las películas de terror las que nos enseñan a empatizar con víctimas de los crímenes más oscuros imaginables. Para alguien que perdió a toda su familia en una masacre, verlo en la pantalla podría revivir el trauma, pero también enseñarle a enfrentarlo y facilitar el duelo.

Cuando nos animamos a mirar una de terror, no hacemos más que ceder ante nuestra curiosidad mórbida, aquel resultado de nuestra historia evolutiva que nos ayuda a sobrevivir en un mundo peligroso pudiendo aprender de sus horrores, pero con el control remoto bien a mano por cualquier cosa.

A nadie debería sorprenderle que ante una eventual pandemia y el escenario de pasar largas temporadas sin salir de casa fueron aquellas personas que disfrutaban de las películas de terror quienes menos sufrieron el costo psicológico del encierro. Y ni hablar de quienes tienen un especial gusto por las de zombis: viniera lo que viniera, habían esperado este momento toda su vida.

El miedo también nos une.

Hasta hace un año jamás me hubiera entusiasmado pasar una noche mirando una película de terror, pero tanto cuando somos felices como cuando nos asustamos formamos recuerdos intensos, y en ellos registramos nostalgia por quienes nos acompañaron.

Puede que no sea comparable con haber sobrevivido a un accidente, pero una cercanía especial se forja cuando vivimos un momento intenso, y una película de terror nos ofrece la cuota perfecta de estrés para disfrutar aún más de nuestra compañía. Del otro lado de los créditos podemos alegrarnos de lo vivido, y de habernos animado a tener miedo.

Por contradictorio que suene, mirar películas de terror no tiene que ver con asustarse sino con sentir seguridad. Nos reconfortan en su insistencia de que el horror transcurre en otro lugar y no aquí.

En contraste con la película de terror que transmiten día y noche los noticieros, en las historias apocalípticas que consumimos al menos podemos saber cuánto falta para que termine, o poner pausa para ir al baño.

What’s Your Favourite Scary Movie?” by Dave Grey (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 8 de noviembre de 2021. 
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