Winston Churchill metió su mano en un bolsillo del pantalón y luego en otro. Con un aburridísimo discurso de fondo, la Cámara de los Comunes rápidamente volvió su atención sobre el veterano político británico y sus ademanes. Sin éxito, Churchill siguió buscando en sus bolsillos traseros, en el de su saco, y luego revisó uno por uno los bolsillos internos. Eventualmente el orador en la Cámara, que había perdido una elección contra Churchill, se inquietó tanto que interrumpió su discurso y preguntó: “¿Te puedo ayudar en algo?”. A lo que Churchill respondió: “¡Solo estaba buscando un caramelo!” La cámara estalló en risas.
Ahora, si Churchill hubiera sido una mujer nunca podría haber ensayado esta escena: el código de etiqueta de la época no incluía bolsillos para las mujeres. Y esto nunca fue un accidente, cuando la gente terminó de reírse el orador había perdido totalmente el hilo de su discurso.
Los bolsillos están presentes en casi toda la ropa que usamos. En este mismo momento es probable que en tu pantalón, remera, camisa, saco o campera haya una tela plegada y cosida que en su interior y gracias a la gravedad permite guardar un juego de llaves, algunas monedas, un teléfono, pelusa, y todo tipo de migajas de las aventuras de las que fuimos parte.
Tal es nuestra dependencia de estos curiosos dispositivos en nuestros atuendos que bien podemos caer en la estupefacción ante el descubrimiento de que lo que vestimos no tiene dónde guardar nuestras posesiones. Pero los bolsillos no siempre estuvieron ahí, listos para que en ellos olvidemos dinero o incluso, escondamos nuestras manos para manifestar una actitud.
Casi como la esquiva historia del calzado, los bolsillos se mantuvieron ocultos de los esfuerzos de los primeros historiadores modernos. Algunos autores señalan que el antecesor directo de los bolsillos era el corte que tenían las túnicas en los lados que permitían acceder a las llaves y bolsas que colgaban de las fajas que las sujetaban. Pero como explica la bolsillóloga Rebecca Unsworth, fue recién a fines del Siglo XV que comenzaron a volverse más visibles.
Mucho antes de que nos llamara la atención encontrar que existen pantalones que en una grosera estafa y para nuestra infinita frustración simulan tener bolsillos, por aquel entonces los bolsillos eran parecidos a bolsas con forma de gota que se colgaban de la cintura con un estrecho corte vertical desde el cual podía accederse a su contenido. Eventualmente esta subóptima solución fue reemplazada por los bolsillos cosidos que hoy conocemos, pero no del mismo modo para todos.
Recién a finales del Siglo XVII los bolsillos se volvieron parte de la moda masculina, cosidos en sus sacos, chalecos y pantalones, pero desde entonces y hasta bien entrado el Siglo XIX, la mayoría de la ropa femenina solo contaba con bolsillos colgantes que se usaban por debajo de las enaguas, y por eso rara vez los notamos en las imágenes de la época.
La privacidad, aunque nos hayamos acostumbrado a hablar de ella con naturalidad, es una conquista prácticamente contemporánea. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad la intimidad fue un bien escaso. Y es por esto que en los bolsillos, bolsos y carteras durante siglos las personas escondían sus bienes más preciosos, aquellos que podían resguardar lejos del escrutinio ajeno.
“Es conveniente llevar un dedal, un alfiletero, un lápiz, un cuchillo y unas tijeras” —escribía en 1819 Theresa Tidy en sus ‘dieciocho máximas de pulcritud y orden’— “que no solo serán una fuente inexpresable de comodidad e independencia, al eliminar la necesidad de pedir prestado, sino que asegurarán el privilegio de no tener que prestar estos artículos indispensables”.
De más está decir que con la invención de los bolsillos también surgió el cuestionable oficio de tomar su contenido sin que su poseedor se percate. En los registros de una corte británica de 1716 se puede leer cómo estos malhechores cortaban los hilos que sujetaban los bolsillos o directamente los abrían por su base para que cayeran sus contenidos. Ante las sospechas era frecuente dormir con los bolsillos bajo la almohada.
Curiosamente, al comenzar el Siglo XIX los bolsillos comenzaron a pasar de moda en pos de vestir prendas que representaran siluetas más esbeltas. Así es como nacieron las carteras, bolsillos que las mujeres podían llevar en sus manos y ya no en su cintura. Al igual que los bolsillos colgantes en épocas anteriores, estas se volvieron cada vez más decoradas (y ornamentales), pero bastante más inútiles. Tan pequeñas y ridículas eran que prácticamente no podían llevar dinero en ellas, dado que la tarea de administrar las finanzas debía quedarle a los caballeros y es por esto que usar una cartera demasiado grande era visto con desprecio.
Afortunadamente, en respuesta a la opresión de los falsos bolsillos y diminutas carteras a fines de siglo muchos moldes para vestidos empezaron a incluir instrucciones para coserle bolsillos a las polleras si una mujer procuraba sentirse más independiente. Y ya para comienzo del Siglo XX cuando las mujeres comenzaron a usar pantalones el reclamo había trascendido los esfuerzos aislados y la discusión pasó al foro público. Después de todo los bolsillos representan con crudeza la desigualdad de género.
“Una supremacía presente en la vestimenta masculina”, escribía Charlotte P. Gilman en el New York Times en 1905, “es su adaptación a los bolsillos. Las mujeres han llevado bolsos, a veces cosidos, a veces colgados, a veces en sus manos, pero un bolso no es un bolsillo”. Tal como rescata Paul Johnson, en 1954 fue Christian Dior quien lo supo resumir: “Los hombres tienen bolsillos para llevar cosas, las mujeres como decoración”. Los bolsillos son, en definitiva, una cuestión política.
Si los bolsillos representan no solo nuestra intimidad y privacidad, sino también nuestra libertad e independencia, esto los convierte en símbolos de aquello que representan. Cuanto menos las mujeres pudieran llevar con ellas, menos libertad y privacidad tendrían. Si tomamos la posibilidad de las mujeres de llevar con ellas lo que quieran de algún modo “estamos limitando su posibilidad de navegar los espacios públicos, de trasladar escritos de rebeldía (o meramente románticos) o de viajar solas”, como escribe Chelsea G. Summers.
La discusión hoy migró, afortunadamente, de la capacidad de llevar armas a la de llevar teléfonos celulares perversamente gigantes en bolsillos que parecen haber sido diseñados por una horda de cínicos. La explicación más superficial es que mientras que la ropa femenina no lleve bolsillos remotamente útiles se verán obligadas a comprar y usar carteras. Aunque incluso dejando a un lado la paranoia respecto de la industria de la moda, el reclamo parece ser bastante más humilde: apenas si se pide un poco de igualdad.
Lo que en definitiva debería tenerse en cuenta es que, como dicen en Dinamarca, sin importar quién seas tu último traje no tendrá ningún bolsillo.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 22 de diciembre de 2019.
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