Apenas los relojes hacían el último esfuerzo antes de la medianoche para dar comienzo al nuevo año a lo lejos empezaban las explosiones. “Seguro es algún vecino”, alguien explicaba. Vivíamos en el medio del bosque y los estruendos, sin importar su esfuerzo, llegaban apagados.
No era tanto el sonido de la pirotecnia lo que nos preocupaba sino la posibilidad de ver al bosque arder: la celebración de las fiestas en medio del verano solía coincidir con la temporada alta de incendios forestales.
Siempre me costó mucho entender algunas cosas. Por qué hay personas que eligen ir al cine y ver una película de terror, por qué las personas a veces usan expresiones que significan lo opuesto de lo que dicen, o qué es lo que sostiene a la peculiar tradición de hacer explosiones tremendamente ruidosas solo por diversión.
Ya instalado en la Ciudad tampoco lograba dimensionar el encanto de exponerse al sonido que hace el concreto cuando cruje y se desploma, obligado a desarmarse por la violencia explosiva de las bombas. Solo pude notar que perros, gatos y yo coincidíamos en encontrar algo perturbadoras las ruidosas costumbres de los vecinos.
Ciertamente, nunca tuve problemas con los fuegos artificiales. No teníamos de esos en el medio del bosque pero los veíamos en repetición en el televisor del living. El espectáculo de luces nos hacía saber que ya era año nuevo en alguna parte del mundo. Es curioso cómo, a través de una fecha tan poco interesante como aquella que marca la renovación del calendario, podemos aprender que el mundo es tan vasto que no todos sus relojes marcan la misma hora.
Es muy difícil pensar en aquello que no estamos sintiendo en el momento. Los ruidos insoportables, los sonidos ensordecedores, se nos escapan. Es como intentar recordar el dolor que alguna vez sentimos o cómo es el frío en los pies cuando el agua helada no nos está inundando el calzado: el ruido que no escuchamos es difícil de tomar en serio.
Pero hay sonidos que dejan marca. Son como las cicatrices sobre la piel que aunque no nos devuelven el dolor que alguna vez acompañaron nos recuerdan que ese momento existió. Y hay sonidos tan fuertes que nos marcan con sus cicatrices, incluso cuando no siempre se puedan ver, ni siquiera con esos aparatitos que se usan para espiar en las orejas.
Suelo recordar con nitidez los sonidos que me arruinaron el día. Una moto que aceleró demasiado cerca, un portazo que no estaba esperando, el momento exacto en el que comenzó la música, las mandíbulas de alguien crujiendo a una mesa de distancia, un helicóptero justo arriba mío, el estruendo que sacude los vidrios cuando a alguien le parece que la mejor forma de celebrar es simular a escala el sonido que hizo temblar a una famosa ciudad japonesa hace 74 años.
Todo apunta a que la peculiar tradición de encontrar placer en las explosiones se remonta al Siglo III a. e. c. Por aquel entonces se tomaban tallos de bambú verde ahuecados y se los dejaba en el fuego hasta que sacaran chispas y explotaran. Era el aire caliente dentro de las cañas, liberado rápidamente, lo que generaba el estallido que, al parecer, espantaba a los malos espíritus. No sé si yo seré un mal espíritu, y espero no serlo, pero creo que me hubiera asustado también.
Pero el bambú rostizado por sí solo no hace mucho más que fragor. Por eso no fue hasta que se desarrolló la pólvora, casi mil años después, que nacieron los fuegos artificiales y las cosas se pusieron mucho más interesantes. Al menos ahora el estruendo podía justificarse en un espectáculo más llamativo y menos doloroso.
Mezclando azufre, carbón y nitrato de potasio, y luego llenando las cañas de bambú con la mezcla, se podían crear estruendos y luces. Apenas un poco de creatividad más tarde las mezclas se fueron complejizando y el despliegue se convirtió también en uno de colores y formas que contrastaban con la profunda oscuridad de la noche.
Claro que, como bien es sabido, a veces lo que asusta a los malos espíritus también asusta a las personas y animales que andan por ahí. No tomó mucho para que a alguien se le ocurriera poner uno de estos primitivos fuegos artificiales en la punta de una flecha y lanzarla para que estallara en el cielo, aterrorizando a quien en ese momento mirara para arriba.
A mí me gustan mucho los fuegos artificiales. Muy de vez en cuando en el pueblo donde crecí organizaban espectáculos nocturnos de luces en el cielo. Entonces nos subíamos todos al Renault 4 verde, con nuestra ropa más canchera, y hacíamos los 15 kilómetros para ver cómo el lago espejado se mezclaba con el cielo, pintado con las luces.
A esa distancia las explosiones eran poco más que un eco y, con la mirada fija en los colores, formas y patrones, a mi cerebro no se le daba por pegar un salto con cada explosión.
Hay algo en la coreografía de las luces que oscila entre lo encandilante y lo mágico. Hay algo en todo ese despliegue que nos recuerda que la naturaleza está allá afuera para ser descubierta y, si todo sale bien, manipulada a nuestro antojo. Si podemos hacer luces e indicarles con precisión cómo mover los pies, cuesta imaginar qué no podríamos lograr.
Lo que sigo sin entender es por qué las explosiones. Ahora que tengo muchos más años que por aquel entonces, aunque no muchos más centímetros, voy preparado a todos lados. Si pudiera me instalaría una perillita de volumen justo abajo de cada oreja para filtrar todo lo que me arruina el día.
Crecer sintiendo demasiado, viviendo demasiado, tantos colores, tantos olores, tantos sonidos, tantas texturas, tantas palabras, y tantos, pero tantos numeritos, supone aprender a apagarse un poquito, siempre que se pueda. Saber que incluso si todo el pueblo está frente al lago mirando las luces, a nadie más le va a molestar cada uno de esos pinchazos en la panza, justo donde terminan las costillas.
Crecer sintiendo demasiado es aprender a estar en paz con ser quien tiene que taparse los oídos, mirar a los ojos cuando le hablan, ensayar sonrisas en el espejo para parecer un cachito más normal, y bancarse que el mundo sin duda alguna no haya sido diseñado para que yo lo habite.
Pero una vez cada tanto, quizá como el Cometa Halley que pasó por el cielo de casa apenas un par de años antes de que yo naciera, el resto del mundo presta atención y antes de hacer sonar el próximo gran estallido se detiene a ver si todo está bien alrededor.
Y, a veces, cuando es el mundo el que escucha, trato de no perder la oportunidad de pedir que, si no es mucha molestia, sea también nuestro estruendo el que se haga oír.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 1 de diciembre de 2019.
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