Cómo funcionan los impostores

— ¡Tené cuidado, Betina! — le grita una empleada a otra en una estación de servicio.

El tipo que la mira amablemente del otro lado del mostrador está por estafarla. Como un choque de trenes en cámara lenta vemos cómo la escena se desenvuelve y el pícaro estafador se salva por un pelo. O, mejor dicho, vemos cómo lo salva otro estafador algo más avezado.

Quizá las historias como la de Nueve Reinas (2000) de Fabián Bielinsky nos fascinan porque no podemos evitar tímidamente preguntarnos si podríamos realizar una proeza tal. Si tenemos lo que hace falta para comernos el personaje y sin el mínimo titubeo salirnos con la nuestra. O si, por el contrario, hubiéramos caído sin darnos cuenta.

Los engaños, las estafas, no son más que “juegos de confianza”, aunque quien gana y quien pierde no siempre sea del todo claro para quien juega. Y aunque el engaño es un recurso evolutivo que nos antecede por millones de años, la forma específica que suelen tomar las estafas parece ser más bien característico de la vida contemporánea.

Hasta bien entrado el Siglo XIX la mayoría de transacciones en lo que algún día sería Estados Unidos se realizaban entre pares —familiares, vecinos, comerciantes de pueblos vecinos— que intercambiaban oro o plata por bienes o servicios. Pero a medida que pueblos y ciudades brotaban, y canales, puentes, muelles y tendidos ferroviarios los conectaban entre sí, el espíritu emprendedor eventualmente derivó en que cada vez más personas que no se conocían optaran por hacer negocios e inversiones incluso en tierras remotas que no conocían más que por relatos.

Lo viejo y conocido rápidamente dio lugar a lo nuevo y prometedor. En este nuevo mundo las transacciones mutaron hacia acuerdos entre desconocidos fundamentados en la confianza que los contratos debían garantizar y preservar.

“Estados Unidos rebosaba confianza”, escribe Steve Fraser. “Parecía un instinto nacional autóctono, una ferviente fe en la idea de que los estadounidenses podían enriquecerse y reinventarse a sí mismos mientras lo hacían, si uno era lo suficientemente audaz como para correr el riesgo de confiar en un extraño. La confianza era una forma de igualdad de oportunidades”.

Pero todo esto suponía, en realidad, incalculable ansiedad en torno a la confianza. De hecho no existía una moneda única y muchos bancos y empresas tenían sus propios billetes. La confianza, entonces, quedaba dividida por todos lados y era imposible no atender a la posibilidad de que aquel desconocido no mantuviera su palabra, que aquella tierra en la que invertimos resultara ser un pantano, o que aquel prometedor pueblo con sus escuelas, iglesias y casitas no fuera más que la elaborada ilustración de un sabandija.

Si el sueño americano nos presenta ingenuamente la premisa de que cada persona puede autorrealizarse y únicamente con su ingenio y esfuerzo convertirse en quien quiere ser, el impostor sencillamente lleva eso hasta sus últimas consecuencias.

En 1849 la policía de Nueva York arrestó a William Thompson, un elegante sujeto que se acercaba a quien se le cruzara por las calles de Manhattan y luego de una agradable conversación presentaba una curiosa propuesta. “¿Me confiarías tu reloj hasta mañana?”, preguntaba. Ansioso por demostrar su buena fe más de uno le entregaba el suyo.

Un par de años antes el New York Herald había alertado de “un consumado estafador” que lograba engañar a “nuestros hombres de negocios más astutos” y una semana más tarde anunciaba que este “hombre ‘de confianza’” había sido arrestado. Cuando finalmente el Herald informó del arresto de Thompson, otro “hombre de confianza”, el suceso atrajo la atención y fijó la expresión “confidence man” o “con man” en el léxico estadounidense. Es por esto que cuando en 1857 Herman Melville publicó su última , The Confidence-Man, pudo asumir que la expresión se entendería.

En la obra un estafador a bordo de un barco de vapor que se dirige de St. Louis a Nueva Orleans se presenta con diferentes identidades —un agente inmobiliario, un curandero, un caballero de negocios, etcétera— y una a una va eligiendo sus víctimas. Lo que Melville entendió perfectamente es que una estafa depende de la colaboración voluntaria de su víctima y requiere de la tramposa inocencia detrás de la ligeramente inmoral creencia de que se puede ganar dinero rápido sin hacer el trabajo.

“La idea de la riqueza repentina siempre estuvo incorporada en la psicología de la Argentina”, dice Ricardo Darin, protagonista de Nueve Reinas. “El universo de la película se maneja en términos de engaño, de egoísmo, de sálvase quien pueda, hace que la atmósfera general aparezca como cínica”, explicaba Bielinsky.

Si bien sus escenas muestran una Ciudad de Buenos Aires que no puede más de sí misma, su historia es perfectamente universal. La confianza, violentada una y otra vez a lo largo de la trama, se sostiene, aunque solo sea resquebrajada y como un débil reflejo de lo que puede ser, a pesar del embate de los impostores.

“Es la historia más antigua de todas”, escribe Maria Konnikova en The Confidence Game (2016). “Es la historia de la fe—de la necesidad humana básica, irresistible y universal de creer en algo que le dé sentido a la vida, algo que reafirme nuestra visión de quienes somos, del mundo y de nuestro lugar en él”. En última instancia lo que buscaba cada pasajero en la historia de Melville era un atajo para alcanzar aquello que le correspondía: el sueño americano.

Como cuenta Konnikova, el truco detrás de cada gran estafa está en que generalmente solemos hacerle gran parte del trabajo al impostor. Queremos creer en lo que nos están diciendo y su genialidad está en lograr reconocer qué es precisamente lo que que queremos y cómo pueden ellos presentarse como la clave para que nuestro deseo se realice.

Quizá el primero que estudió el fenómeno de los impostores fue David Maurer que en 1940 publicó The Big Con: The Story of the Confidence Man, uno de los más exhaustivos estudios acerca de estos “aristócratas del crimen”, como los bautizó.

El juego de la confianza, la estafa, nada tiene que ver con los crímenes violentos. En cambio, se trata de un ejercicio de habilidades sociales: confianza, simpatía, persuasión. Un buen estafador no nos obliga a hacer nada sino que nos hace cómplices. Le damos todo y si algo no cierra en su historia, nos encargamos de completar los espacios en blanco. “Creemos porque queremos, no porque nadie nos obligue”, dice Konnikova.

Y así es como les ofrecemos todo: dinero, reputación, confianza, fama, legitimidad, apoyo, y no nos damos cuenta de lo que está sucediendo hasta que es demasiado tarde. Se nos hace tan irresistible abrazar aquello que explica nuestro mundo que dado un puñado de indicios nos disponemos a aceptar lo que sea: teorías conspirativas, fenómenos sobrenaturales, discursos religiosos, teorías pseudocientíficas, curas milagrosas.

Nada nos genera mayor aversión que la incertidumbre y la ambigüedad, y cuando algo no cierra lo hacemos cerrar cueste lo que cueste. Cuando no entendemos por qué o cómo algo sucedió nos desesperamos por la explicación. Y estos artistas del engaño viven para hacernos felices y completar nuestras historias, sean cuales sean.

Ante un mundo incierto y ambiguo son las historias las que nos acobijan. Las buscamos en todos lados sin preocuparnos qué tanta relación guarden o no con la realidad. Cuando vemos un acto de magia buscamos creer que nuestro mundo es mágico, incluso cuando sabemos que detrás no hay nada sobrenatural sino mero talento.

Las estafas y los trucos de magia implican una manipulación de nuestras creencias, de la manera en que experimentamos la realidad. Tanto cuando vemos cómo una asistente es cortada a la mitad o cuando leemos un texto que se nos dirige como si fuésemos la única persona que lo lee, los trucos de magia cambian por un instante lo que consideramos posible.

Pero cuando nos estafan no estamos buscando el engaño, sino la magia. Como apunta Konnikova, los impostores prosperan en épocas de transición y grandes cambios, cuando todo sucede tan rápido que las viejas formas de ver el mundo ya no alcanzan. Por eso florecieron durante la fiebre del oro y la expansión americana, durante las revoluciones y las guerras, al aparecer nuevas tecnologías y oportunidades de negocios y durante pandemias que lo sacuden todo.

“La transición es el gran aliado del juego de la confianza, porque genera incertidumbre”, escribe Konnikova. El malestar que nos provoca la sensación de que el mundo está a punto de cambiar nos inclina tanto a aferrarnos al pasado como a abrirnos a lo inesperado pero con la aceleración de los cambios la incertidumbre parece ser la norma y la transición un estado permanente. “Lo que hice hace cincuenta años cuando era adolescente es cuatro mil veces más fácil de hacer hoy gracias a la tecnología”, acota Frank Abagnale Jr., cuyo recuento de sus aventuras como impostor en Catch Me If You Can (1980) fue la base de la película de 2002.

Curiosamente, la mayoría de impostores nunca llegan a juicio porque nunca son arrestados. Y nadie los busca porque para empezar nadie quiere admitir que sus creencias básicas pudieron estar equivocadas. Admitir que nos estafaron es admitir nuestra vulnerabilidad, del mismo modo que no darle el reloj al amable caballero que nos lo pide, o a quien nos pide dinero en la calle con una historia inverosímil supone reconocer que somos personas desconfiadas.

El juego de la confianza comienza con la identificación de la víctima (el engaño) y el despliegue de empatía y simpatía (el teatro) que establece una base emocional antes de proponer cualquier cosa. Solo después se pasa a la lógica y la persuasión (la cuerda), el esquema (el cuento), la evidencia y la forma en que funcionará para su beneficio (la persuasión).

Y como Indiana Jones en las arenas movedizas, cuanto más nos resistimos y luchamos, menos capaces de liberarnos nos volvemos (el colapso). Para cuando estamos hasta el cuello y las cosas empiezan a parecer peligrosas, nos encargamos incluso de nuestra persuasión y optamos por involucrarnos aún más a pesar de los indicios (la alerta) de modo que cuando quedamos completamente desplumados (el toque), no sepamos muy bien qué nos golpeó. Al final el impostor muchas veces ni siquiera necesita pedirnos discreción (la desaparición): a nadie le gusta confesar haber sido estafado.

Tan cruda es la similitud entre los impostores y gran parte de la clase política y financiera que la observación no le escapó a un satirista del Herald que luego del arresto de Thompson en 1849 comparó su perfil con el de la elite neoyorquina: “Esos palacios, con todo su costoso mobiliario y todos sus espléndidos equipajes, han sido producto del mismo genio [que Thompson]. La suya ha sido empleada a pequeña escala en Broadway. El suyo ha sido empleado en Wall Street. Esa es toda la diferencia. Él obtuvo media docena de relojes. Ellos se han embolsado millones de dólares. Es un estafador. Ellos un ejemplo de honestidad. Él es un pícaro. Ellos financistas”.

Su punto era más sutil de lo que parece. No está diciendo que los financistas fueran criminales sino que sus estrategias son las mismas que las de estos delincuentes, muchas de ellas recopiladas por Dale Carnegie en el clásico How To Win Friends and Influence People (1936). Quizá la diferencia recaiga en la magnitud de sus estafas.

“Un alter ego no es más que nuestra imagen favorita de quienes somos”, escribe Abagnale en su libro, donde cuenta cómo se hizo pasar por un piloto de Pan Am, un médico, un maestro y un abogado, además de cobrar 2,5 millones de dólares en cheques falsos.

Nos fascina la idea de poder ser otra persona, aunque solo fuera por un día. Pero mientras nos perdemos en fantasías, las historias de impostores nos muestran cómo estos desvergonzados mequetrefes hacen de eso una carrera delictiva.

Y quizá sea por eso que nos encantan sus historias, donde nada tenemos que ver con la víctima. Mejor aún si quien se perjudica son los ricos y poderosos, que de algún modo se lo merecen, razonamos. Incluso cuando nos estafan, pasada la angustia original, secretamente lo celebramos. “Qué bien que la hizo”, reconocemos con una torcida sonrisa.

Las historias de estafas, engaños e impostores generalmente exploran las consecuencias de traicionar la confianza, quizá el pilar fundamental de la vida en sociedad. Pero también documentan el placer de la reinvención, de no tener un pasado y poder estar a cargo de lo que depare el futuro.

Simpatizamos con el impostor porque solo con su imaginación e ingenio logró ser la persona que quiso y de algún modo escapar a las reglas para reclamar aquello que en su narcisista opinión le corresponde. Esto hace a su crucial diferencia con quien sospecha tener el “síndrome del impostor”: ni por un instante duda de sí mismo.

Nos forzamos a empatizar con el impostor para evitar caer en la cuenta de que más probablemente deberíamos hacerlo con la víctima. Pero somos más inteligentes, tenemos más calle, sabés cuántas veces me la quisieron hacer, y todo eso.

Lo cierto es que al momento de enfrentar a un impostor, rara vez tenemos todo esto presente. Nuestro día a día está plagado de pequeños engaños que aceitan nuestras relaciones. Creemos cuando nos dicen que nos vemos bien a pesar de haber dormido mal, que alguien no vino a casa porque tenía algo impostergable o que nuestra idea era muy buena pero este no era el mejor momento para implementarla. Creemos cuando alguien nos dice que somos el amor de su vida.

Esto no es necesariamente malo: los países con niveles más altos de confianza tienden a crecer económicamente más rápido y tienen instituciones públicas más sólidas. Las personas que confían más tienen más probabilidades de comenzar su propio negocio y ofrecerse como voluntarias. La ironía es ineludible.

Una de las estafas más comunes a fines del Siglo XIX en Nueva York era la venta del puente de Brooklyn, el Museo Metropolitano o la Estatua de la Libertad. Durante décadas los impostores le vendían estos monumentos a los recién llegados que sin entender cómo funcionaba América ni sus leyes confiaban en que si esta era la tierra de oportunidades debían aprovechar la suya cuanto antes.

Varias décadas luego de que las ventas disminuyeran, el concepto seguía presente en el imaginario. En la película It Happened in Brooklyn (1947) un joven Frank Sinatra hacía de un soldado que recién regresado de la guerra cantaba: “No dejes que nadie te diga que estuve tratando de venderte el puente de Brooklyn”.

Pero incluso si así fuera, tampoco estaría mal comprar.

Honorific” by Karolis Strautniekas (CC BY-NC-ND 4.0)

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, y recibir contenidos exclusivos, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo una parte del correo enviado el 17 de enero de 2021. 
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte
acá. Además, podés encontrarme en Instagram, Facebook o Twitter.


Discusión