Cuando vivía por San Telmo podía caminar cuadras y cuadras tratando de imaginar cuáles habrían sido las historias de cada uno de esos imponentes edificios con sus ventanas ahora tapadas por ladrillos. Trataba de imaginar qué se escondería del otro lado e irremediablemente fantaseaba con algún día ser millonario casi con el único objetivo de poder comprar todas y cada una de esas antiguas y probablemente poco valiosas construcciones con el loable y ridículo objetivo de devolverles su otrora glorioso pasado.
Detrás de aquellas puertas tapiadas y ventanas atrancadas, podemos imaginar, se esconden las historias de las personas que vivieron allí. Sin chances de poder conocer realmente qué pasó, los lugares abandonados nos dan pie a la infinidad misma de posibilidades que albergan. Pero su abandono además, una vez que encontramos la forma de forzarnos hacia el interior de estos lugares, nos otorga permisos que no existen en ningún otro lado.
Los lugares abandonados nos atraen porque parecen espacios por fuera de lo ordenado. Las reglas parecerían torcerse lo suficiente para envolvernos en la fantasía de que cualquier cosa podría suceder por fuera de la ley en espacios recubiertos de polvo, telarañas y algún que otro grafiti. Hay algo en el eco de nuestros pasos en un edificio que nunca terminó de ser construido que recupera la infantil emoción de la aventura.
Nuestros mitos están atiborrados de referencias a aquellos viejos edificios, algunos embrujados, que representan la posibilidad de demostrarle a nuestros pares que somos más valientes, que nada de eso nos asusta. Que la inmensidad de posibilidades encapsulada en la incertidumbre no nos abruma, y que con el pecho inflado le hacemos frente para luego poder contarlo.
Entramos en un lugar abandonado y no podemos más que intentar dar cuenta de lo que vemos. Unimos mentalmente los puntos hasta que un relato, antes de que podamos evitarlo, se forma. Las pilas de ropa mohosa, libros desperdigados y descuartizados haciendo las veces de alfombras, muebles que imaginamos cómo recuperar, papeles que como migajas nos marcan el momento en que probablemente los últimos corazones hayan latido entre esas paredes.
Nos perdemos en la pregunta de por qué aún esas cosas siguen ahí, nos preguntamos por qué no podían llevárselas. Si cuando dejamos una casa nuestras cosas, se supone, nos siguen, nos inquieta descubrir que en un lugar abandonado permanezcan aún tantas marcas de vidas vividas.
Los lugares abandonados escapan con velocidad terminal a la arquitectura para volverse dispositivos literarios. Sus paredes ya no representan estilos de construcción sino indicios de las historias que pudieron albergar. No entendemos por qué la cama sigue hecha o aún quedan platos sin lavar en la cocina. Nos descose por dentro imaginar cuánto sufrimiento pudo surgir de tener que dejar esos juguetes en aquel rincón.
Es increíble lo rápido que otras vidas se abren paso cuando las humanas ya no están ahí para hacerle frente a la entropía e infatigablemente procurar devolver el orden a aquello que constantemente busca deshilacharse en la corriente del tiempo. Vidas no humanas cambian el olor del aire, el color de las paredes, la textura de las telas y la solidez de los materiales.
Protegidos del resto del mundo, los lugares abandonados nos dan un tipo de privacidad que no existe al interior de nuestros hogares y lugares que transitamos a diario. Perdernos en un edificio en construcción, en los túneles del subte, en una casa abandonada o en los restos de un viejo hospital nos permite recorrer no solo historias sino la Historia que quizá no vivimos, repleta de vidas que no podremos habitar.
En viejos diarios, también abandonados, leemos noticias que nunca hicieron a nuestra cotidianidad y la fragilidad de la economía, de la salud y de los sueños y esperanzas de toda una generación se hace carne. Todo es temporal, todo esto pasará y todo aquello ya pasó. Solo quedan las marcas del mundo que supo ser y necesariamente ya no es.
Con suficiente tiempo los lugares abandonados pierden cualquier anclaje con el presente. Quienes vivieron acobijados entre sus paredes ya dejaron de existir y no hay nadie que pueda recordar su esplendor. No hay nadie a quien faltarle el respeto al caminar allí. Los lugares abandonados se apoderan de nuestra imaginación porque esta es la única que puede devolverles la vida que supieron albergar. Sin nuestra imaginación un lugar abandonado no es sino una pila de escombros.
En Explore Everything (2013), uno de mis libros favoritos, Bradley Garrett, un geógrafo cultural, investiga qué hay detrás de la necesidad de transgredir y descubrir los espacios ocultos en ciudades cada vez más sofocadas por las fuerzas de control social. Casi todo el libro transcurre en Londres, con eventuales aventuras en París, Berlín, Detroit o incluso Las Vegas.
En primera persona, Garrett se pierde en minuciosas descripciones acerca de lo que significa reconocerse explorador urbano: “Nos sentamos en silencio en el piso que cruje debajo de nosotros, sintiéndonos fuera de lugar — somos lo único no cubierto en polvo — y escuchamos a las palomas encima nuestro, la rama que roza la ventana rota, y el deseo de inscribirnos en el lugar se vuelve insoportable. La tensión existencial se acumula hasta quebrarse”.
Para los exploradores urbanos, aquellas personas que se dedican a explorar lo romántico, lo nostálgico, lo provocativo de los lugares abandonados, fotografiar estos espacios se trata de capturar el tiempo, la naturaleza, la mortalidad y el abandono. La experiencia es una de absoluta falta de pertenencia.
La insistencia de los exploradores urbanos en visitar lugares abandonados para poder disfrutarlos bajo sus propias condiciones es la expresión de un profundo deseo latente por construir topografías alternativas que socaven las historias convencionales a las que estamos sujetos.
Al explorar un lugar abandonado se nos hace evidente cómo las múltiples historias posibles de un lugar “se construyen a través de la experiencia, la memoria, el olvido, las agendas políticas, los encuentros espontáneos y los procesos de elaboración de mitos. Cuando permitimos que un lugar nos enseñe sobre sí mismo, cuando le damos agencia, comenzamos a construir tapices que reorganizan las imágenes del pasado”.
Pero explorar un lugar abandonado, o aquellos sitios inaccesibles a la vista, no es sino un ejercicio de libertad transformadora de lo que supone vivir en la ciudad. Explorar nos pone de lleno frente a la responsabilidad que tenemos de tomar el control de la narrativa que domina la vida en la ciudad y nos permite “crear la constelación de significado que nos gustaría ver creada, en lugar de esperar a que se ofrezcan esas narrativas y experiencias”.
Explorar el lugar en el que vivimos es permitirle a la ciudad misma que se muestre en sus capas y manifestaciones, permitiéndonos hacer de su historia una expresión viva de la que no somos protagonistas sino una parte de su discurrir histórico.
Son los lugares abandonados los que nos dan la posibilidad de dejar que la historia misma se nos manifieste, más allá de las palabras.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 6 de mayo de 2018.
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