Cómo funcionan los payasos

“Sucedió una vez que un teatro se prendió fuego”, escribe Søren Kierkegaard, el filósofo emo. “El payaso salió al escenario para avisarle al público y, creyendo que se trataba de un chiste, lo aplaudieron. El payaso lo repitió y aplaudieron con más fuerza. Así es como creo que se terminará el mundo: con una ovación de parte de quienes creen que es un chiste”.

Quizá convenga tomarnos un poco más en serio a los payasos, pero quién los soporta. Son molestos, odiosos, y ni siquiera parecen lograr ser graciosos, en su patética desesperación por nuestra atención — y nuestras risas. Sobre todo, nos resultan desconfiables. Detrás de todo ese alborozo y entusiasmo solo puede haber oscuridad.

Los payasos —bromistas, bufones, arlequines, acróbatas, músicos, juglares— parecen haber existido siempre. Como cuenta Enid Welsford en The Fool: His Social and Literary History (1935), aparecen en la mayoría de las culturas: los payasos pigmeos hacían reír a los faraones egipcios en el 2.500 a. e. c.; en la antigua China imperial, algunos payasos eran los únicos que podían marcarle sus transgresiones al emperador; entre los hopi en Norteamérica existía la tradición de interrumpir los serios rituales de baile con ridículas payasadas; en la antigua Roma el stupidus tenía el papel de arruinar los planes en algunas obras de teatro; y los bufones de la corte de la Europa medieval eran una forma autorizada para reírse de quien tuviera el poder.

Quizá la historia del payaso, como lo conocemos, sea algo más reciente. A fines del siglo XVIII en Europa Occidental y Gran Bretaña era el payaso de pantomima, una especie de bufón torpe, la figura de payaso predominante. Pero como cuenta Andrew McConnell Stott en The Pantomime Life of Joseph Grimaldi (2009), fue un payaso en particular quien probablemente haya inspirado a su versión contemporánea.

Joseph Grimaldi, el Homo pagliaccio, era un actor de teatro y no un payaso circense, tan conocido que a veces se dice que todos en Londres o bien lo habían visto en vivo o conocían a alguien que lo hubiera hecho. Antes de Grimaldi el maquillaje del payaso podía consistir en algo de rubor, quizá para simular una ligera borrachera, pero no mucho más. Grimaldi, en cambio, introdujo la base blanca sobre la cara con brillantes círculos rojos en las mejillas, que acompañaba con un colorinche atuendo imposible de ignorar.

Grimaldi volaba por los aires, se paraba en su cabeza, peleaba consigo mismo y dominaba el arte de la imitación cómica. Pero como sucede con cuanto payaso podamos cruzarnos, su vida lejos estaba de la jovialidad de sus presentaciones. Atormentado por su propia depresión, un violento pasado a merced de un padre alcohólico, la muerte de su esposa—y su hijo—en el parto, y una serie de dolencias crónicas vinculadas a la violencia física de sus proezas, Grimaldi alguna vez comentó: “I am GRIM ALL DAY, but I make you laugh at night”, algo así como “estoy triste todo el día, pero te hago reír a la noche”.

Luego de su muerte a los 59 años, probablemente acelerada por su alcoholismo, la edición de sus memorias fue encomendada a un joven Charles Dickens, que con una ligera obsesión por los payasos había explorado su relación con el alcoholismo un año antes en The Pickwick Papers (1836), donde despliega este contraste entre la vida de los payasos arriba y abajo del escenario.

Como diría varios siglos más tarde Douglas Coupland, quizá los payasos beben para ahogar las penas de ganarse la vida atormentando niños.

Según Stott fue Dickens quien introdujo esta idea del payaso como una figura sombría que literalmente se autodestruye para hacer reír, haciendo imposible no preguntarse qué sucede realmente debajo del maquillaje. Del otro lado del canal, era Pierrot, el personaje del mimo Jean-Gaspard Deburau, quien deleitaba al público francés con sus payasadas, acentuadas por sus marcadas cejas negras y labios rojos sobre su cara blanca.

La identidad de cada payaso, generalmente anclada en su maquillaje facial, no solo apunta a establecer su unicidad, sino que artesanalmente es custodiada en registros pintados en huevos de cerámica hasta el día de hoy.

Pero mientras que la vida de Grimaldi había sido trágica, apunta Linda Rodriguez McRobbie, la de Deburau había sido siniestra. En 1836 mató a un niño con su bastón luego de que este se burlara de él en la calle. Qué payaso.

Por entonces el circo comenzaba a mutar del espectáculo ecuestre típico del siglo anterior al desfile de curiosidades y acrobacias entre el que se contaba, entre otras cosas, con los payasos como interludio cómico entre las presentaciones, quizá para que el público pudiera respirar un poco entre tanta tensión.

Teniendo más tiempo que llenar, las presentaciones de los payasos se volvieron aún más amplias y provocadoras, claramente marcadas por el humor físico y desafiante. Como menciona el crítico Edmond de Goncourt en Les Frères Zemganno (1879): “El arte de los payasos es ahora más bien aterrador y ansiógeno, con hazañas suicidas, gesticulaciones monstruosas y frenéticas imitaciones que le recuerdan a uno al patio de un manicomio”.

Mientras tanto, a fines de siglo en Italia se estrenó Pagliacci (1892), literalmente “payasos”, una ópera que relata la tragedia de un payaso que condena la infidelidad de su esposa asesinándola en el escenario.

Es esta fuente inagotable de tragedia en la vida de los payasos la que inspira aquel chiste de Rorschach en Watchmen (1986): “Un hombre va al médico. Dice que está deprimido, que la vida parece dura y cruel, que se siente completamente solo en un mundo amenazante donde lo que le espera es vago e incierto. El médico le dice: «El tratamiento es sencillo. El gran payaso Pagliacci está en la ciudad. Vaya a verlo. Eso debería animarle» . El hombre estalla en lágrimas, y le dice: «Pero doctor… Yo soy Pagliacci»”. Ja.

En Estados Unidos, según H. L. Mencken el “edén de los payasos”, el circo se volvió un espectáculo itinerante que fortaleció aún más el desarrollo del payaso triste y empobrecido, cuya profunda angustia, cara triste y aspecto harapiento hacía reír a carcajadas. Fue esta caracterización la que algunas décadas más tarde inspiró a uno de los más queridos personajes de Charles Chaplin. Nada más gracioso que la Gran Depresión.

En qué momento los payasos pasaron a ser un entretenimiento infantil es algo que amerita detenerse en su introducción masiva, gracias a la televisión. Para mediados de los años 60, la espera para entradas para ver al famoso Bozo el payaso era de diez años, y en 1963 McDonald’s, uno de los auspiciantes del programa, introdujo a su icónico payaso, Ronald, en una movida que alguna vez fue cuestionada como responsable de seducir a los niños hacia un estilo de vida menos saludable.

Pero si el atractivo de los payasos siempre fue su paradoja, el encanto de la contradicción entre su atormentada existencia y la alegría que buscan provocar, quizá nuestro desencanto solo sea el reflejo de un profundo malentendido y su inocencia una expectativa mal depositada.

Siempre fue la vida real de los payasos, esa que contra sus esfuerzos parece haberse filtrado en el imaginario colectivo, la que provocó fascinación por desentrañar lo que sucedía bajo el maquillaje. La desconfianza no es sino el resultado de lo que nos provoca descubrir que alguien esconde algo, muchas veces más oscuro que lo que se muestra.

Y nada peor que la confirmación de una sospecha puede sucederle a quien le persigue su paranoia. Entre 1972 y 1978, el asesino serial John Wayne Gacy, también conocido como Pogo el payaso, violó y mató a al menos 33 hombres en el área de Chicago y una vez declaró: “Viste cómo es… Los payasos pueden salirse con la suya”. Fue ejecutado en 1994.

Para qué. Poco tiempo después las representaciones de payasos malvados pasaron lentamente a ocupar un lugar privilegiado. En Poltergeist (1982), donde lo inofensivo se vuelve amenazante, un muñeco de payaso aterroriza a un niño y en It (1986), la novela de Stephen King, un demonio en la forma de un payaso ataca a los niños. Y nadie en ningún momento se puso a pensar en cómo podría afectarle todo esto a los payasos.

No es fácil ser payaso. Uno solo quiere hacer reír y la gente te mira como si hubieras matado a alguien.

Un día hace muchos, muchos años, mi tía nos contó que se había puesto de novia y estaba muy contenta. Impaciente porque lo conociéramos, nos lo presentó. Su novio era un payaso, literalmente. Bueno, en realidad “hacía clown”, que debe ser una de las maneras que los payasos encontraron para que los tomen un poco más en serio, y quién podría culparlos.

Claro que no existen estadísticas oficiales porque “payaso” no es una profesión que aparezca entre las opciones de un censo, pero los payasos parecen estar en marcada extinción. En 1991 se rompió el récord mundial de mayor número de payasos profesionales en un solo lugar, con 850 asistentes a la convención internacional de payasos en el Reino Unido, y desde entonces la cosa no mejoró. Cuántos lideres mundiales tuvieron que contenerse de apretar el botón rojo esa semana es algo que probablemente nunca sepamos.

Como cuenta Benjamin Radford en Bad Clowns (2016), el largo prontuario de los payasos no les ayuda a conservar su lugar en la sociedad. Si su ambigüedad los mantuvo interesantes, las últimas décadas no hicieron más que inclinar la balanza hacia la percepción de que su naturaleza es directamente oscura. Como dijo alguien alguna vez, existen dos tipos de personas: quienes odian a los payasos y los payasos.

Desde 2004 el número de miembros de la Asociación pasó de 3.500 a 2.500, y probablemente siga bajando. “Los últimos años no han sido los más fáciles”, escribió hace unos años el presidente de la World Clown Association, “pero podemos dejar todo eso atrás y concentrarnos en el futuro”. Ay, cosita.

Quizá nuestro rechazo —o temor— hacia los payasos se deba a que no solemos verlos en contextos que nos hagan quererlos. La influencia de las imágenes negativas, claro está, moldea nuestra experiencia del mundo y de todo lo que reside en él. Menos oportunidades de mostrar su aporte a la sociedad significan menos instancias en las que podamos disfrutar de sus payasadas sin temer por nuestra vida o nuestra ansiedad.

Claro que existe una fobia específica, la coulrofobia, que principalmente remite a la desconfianza que nos provocan las personas que ocultan sus rasgos reales y simulando una sonrisa perpetua son capaces de comportarse erráticamente, generalmente sin tener que enfrentar las consecuencias. De más está decir que en la política sobran oportunidades para payasos dispuestos a abandonar el maquillaje, como hace cien años supo remarcar Mencken.

Y, sin embargo, los payasos también encarnan un aspecto de la naturaleza humana al que rara vez prestamos suficiente atención. Es cierto que nos inquieta pensar en que estamos frente a un impostor y que el costo de nuestra confianza bien podría ser demasiado alto. Pero esto no le quita nobleza al interés por dedicar una vida a hacer reír no a través de nuestra sagacidad y lo ingenioso de nuestros comentarios sino a través del absurdo de nuestra corporalidad.

Probablemente antes siquiera de que descubriera la capacidad de hacer reír con mis ocurrencias, la mayoría de las veces torpes accidentes semánticos, me topé con la facilidad de hacer reír con mi propio cuerpo, seguramente al pie de una escalera de la que me había tirado para hacer reír a mis compañeras en el colegio. Evidencia de mi dominio del humor físico es el hecho de que nunca me quebré un solo hueso.

Quizá no nos gusten los payasos, pero suelen gustarnos las payasadas. Con mucho menos maquillaje pero iguales cantidades de histrionismo, Hollywood nos dio a grandes payasos como Buster Keaton, Charlie Chaplin y Jim Carrey, así como a Melissa McCarthy, Lucille Ball y Carol Burnett.

Es a través de sus numerosas encarnaciones de incompetentes payasos que Sacha Baron Cohen logra que muchas personas serias —y poderosas— dejen en evidencia su avergonzante falta de inteligencia. Cuanto más tonto parece ser, más obvio se vuelve quién es el tonto en realidad.

Robin Williams, sin ir más lejos, es recordado por su papel en Patch Adams (1998), inspirada en la historia real de Hunter Doherty “Patch” Adams un médico payaso que en 1972 fundó el Instituto Gesundheit! que promueve el uso de la risa en contextos médicos. Y aunque aún se necesita más evidencia para dar cuenta de su efectividad, la presencia de payasos parece reducir la ansiedad previa al quirófano en niños y en el caso de niños con afecciones respiratorias su interacción con payasos terapéuticos parece acelerar su recuperación.

El humor, en su forma más sencilla e inocente, incluso parece mejorar las probabilidades de lograr el embarazo en tratamientos de fecundación in vitro, y en geriátricos la presencia de payasos ancianos parece disminuir los síntomas del Alzheimer.

Este tipo de humor que prácticamente nada nos exige es precisamente el que cede ante el cinismo que nos consume, donde reírse de nuestra mera existencia parece haberse vuelto inapropiado. Pero reducir nuestra intrínseca capacidad de reír a la crítica social o la parodia parece no beneficiar a nadie. A veces lo que necesitamos es una distracción de nuestra vida y no una soga que nos impida escaparle. Este es el tipo de risa que, quizá torpemente, han intentado provocar los payasos desde un primer momento.

Los payasos nos incomodan por lo complejo de su filosofía. Nos preguntan por qué nos estamos riendo, si lo hacemos, y repiten su pregunta si no lo hacemos. Su encanto se apoya en la subversión de la lógica: el éxito de un payaso reside en su fracaso. Gana quien se ríe de su propia absurda existencia.

Cuando el Joker, el príncipe payaso del crimen, pregunta por qué tan serios y pone una sonrisa, con un cuchillo, en la cara de sus víctimas, no está siendo gracioso a pesar de aparentarlo. Cuando le pregunta a su víctima si le parece que está bromeando, explota subversivamente el sentido de la expresión.

Las payasadas son probablemente una de las formas más accesibles para explorar nuestra empatía y vulnerabilidad. Nos permiten ir más allá de la seriedad del mundo que nos rodea para fascinarnos incluso con lo patético de nuestra nostalgia y, en realidad, ni siquiera necesitan de un público.

Es a través de cierto estado mental que nos devuelve a la levedad del ser, más allá de un disfraz o un maquillaje, que podemos abrazar nuestros propios fracasos. No hace falta siquiera negar la seriedad de lo que pasa a nuestro alrededor, sino reconocer en las payasadas otra forma de enfrentarlo.

Por qué tan serios, pregunta el Joker, y quizá debamos prestarle atención.

Watercolor squirts” by Niccolò Angeli (CC BY-NC-ND 4.0)

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