El cielo está poblado de estrellas. Y las estrellas forman figuras de mujeres. Si prestamos atención, en la oscuridad de la noche en el hemisferio norte podremos ver a Casiopea, una de las tantas constelaciones que Ptolomeo identificó hace casi dos mil años. Sus cinco brillantes puntos apuntan a la estrella polar y podrían salvarnos de perdernos en el mar cuando la Osa Mayor no está a la vista.
Casiopea era la mítica reina de Etiopía a quien Poseidón castigó por su vanidad encadenándola a un trono. Andrómeda, su hija, debió sufrir también el castigo y fue encadenada a una roca a merced de Cetus, el monstruo marino. Justo a tiempo apareció Perseo, que luego la tomó como esposa. En las estrellas, sin embargo, Andrómeda sigue esperando encadenada a una roca.
“Una mujer con forma de monstruo, un monstruo con forma de mujer. El cielo está lleno de ellas”, recitaba en “Planetarium” la poeta Adrienne Rich a principios de los años 70. Este precioso poema que se pelea con la crisis de identidad femenina a través del lente de la astronomía fue escrito tras una visita al planetario. Allí Rich descubrió la vida de Caroline Herschel, una astrónoma alemana nacida en 1750 que, a pesar de descubrir ocho cometas y tres nebulosas, quedó opacada por las hazañas de su hermano, descubridor del planeta Urano.
Rich escribe acerca de “galaxias de mujeres, allí cumpliendo su pena por impetuosas”, fascinada por el descubrimiento de que la astronomía es quizá la única disciplina científica que abraza la tradición grecorromana para sus nombres. Como señala la escritora Leila A. McNeill, toda la fuerza de su pluma remite al trágico hallazgo de que las estrellas llevan nombres de mujeres condenadas por no haber cumplido con las expectativas de su sexo, mientras que las constelaciones masculinas se despliegan en demostraciones heroicas de poder.
“Descendemos de astrónomos”, narra Neil deGrasse Tyson en la nueva versión de Cosmos. Esto es tan poético como cierto. “El cielo nos pertenece; es el único reino que nuestros ancestros podían ver y conocer en su intimidad”, escribe Rebecca Boyle. “Pero desde que las lámparas de Edison colonizaron nuestras ciudades, la vasta mayoría de los humanos hemos dejado de ver el cielo”. Quizá la primera gran víctima de la modernidad haya sido el ciello estrellado.
En un mundo que ha dejado morir a la oscuridad de la noche es en aquellos espacios en los que el cielo es cultivado, mimado y escudriñado que las estrellas persisten. Es esta débil evocación de la vastedad del Universo la que aún puede recordarnos que solo somos primates que aprendieron a perseguir su curiosidad, deambulando por el espacio “en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol”, como supo poner Carl Sagan en hermosas palabras en Pale Blue Dot (1994).
Si bien nuestra especie evolucionó para ser diurna, esto se traspapeló en el trajín de lo cotidiano. Nuestras fábricas, centros comerciales, programas de televisión y odiosas pantallitas fueron diseñadas para combatir a nuestros ritmos circadianos en pos de conquistar la oscuridad. Pero la cosmología, el estudio e interpretación del Universo, siempre ha dependido de cielos iluminados por su propio esfuerzo, atiborrados de brillantes recordatorios de que allá lejos hay algo que escapa a las nimiedades de nuestras vidas.
En el cielo siempre pudimos confiar. Mirando las estrellas es que alguna vez pudimos notar que algo había cambiado, pero también que de esperar pacientemente un viejo cielo volvería a alzarse. En la oscuridad de la noche es más fácil orientarse que en el cenit del Sol, y es contando Lunas que podemos calcular que un mes ha transcurrido.
Son los tiempos de los cuerpos celestes los que nos fuerzan al constante diálogo con quienes vinieron antes, y fue esta conversación la que forjó a la astronomía como la más antigua de las ciencias naturales y la que con más fuerza despertó nuestra fascinación por leer el libro de la naturaleza.
Desde la Antigüedad se han diseñado y fabricado instrumentos que aprovechaban la regularidad del cielo para orientar los quehaceres en la Tierra. En 1901, entre los restos de un naufragio cerca de la isla griega de Anticitera, se encontró un peculiar mecanismo fechado en el Siglo II a. e. c. que podía ser accionado mecánicamente para reproducir los movimientos diurnos del Sol, la Luna, y los cinco planetas conocidos. Este planetario mecánico es el más antiguo que conocemos y de una complejidad tal que al ser encontrado fue ignorado por asumir que era falso.
Muchos siglos después, y casi en el punto cúlmine de la Edad Media, la obsesión por calcular posiciones astronómicas tomó múltiples formas mecánicas y, siguiendo la teoría geocéntrica de Ptolomeo, se fabricaron los más complejos y aparatosos instrumentos que zanjaban la distancia entre la teoría y su capacidad predictiva para mostrarnos cómo funcionaba el cielo.
Pero un día la Tierra no estuvo más en el centro del Universo y en los castillos de ilustrados hombres de ciencia comenzaron a instalarse modelos mecánicos del Sistema Solar que colgados del techo representaban a través de esferas los distintos cuerpos celestes. A veces acompañadas de sus lunas, estas esferas giraban según el ritmo al que se moviera una manivela, que permitía detenerse para observar la posición de los planetas en un momento particular. El espíritu de la Ilustración parece quedar perfectamente capturado en la ambición por contener al Sistema Solar en una habitación de un castillo.
Estos planetarios mecánicos —en inglés conocidos como ‘orreries’ en alusión a Charles Boyle, IV conde de Orrery, que no los inventó pero resultó tener uno en su castillo— mostraban al cielo desde afuera, como lo vería un dios creador, o más realistamente, como lo miraría desde la ventanilla de su nave un bebé alienígena aproximándose desde Krypton. En cualquier caso, muestran el cielo desde una perspectiva que nos escapa.
No parece mero accidente que los primeros teatros de estrellas, los planetarios de proyección, hayan aparecido justo cuando las luces inundaban las ciudades. Estos planetarios muestran el cielo desde adentro, situados en algún punto de su inmensidad. Y de algún modo nos dan algo que ni siquiera el cielo puede darnos: sin importar si afuera llueve, está nublado, en dónde estemos o siquiera en qué planeta, el planetario es el lugar donde brillan todos los cielos.
Allí podemos ver cuál era el cielo que cubrió a Julio César la noche siguiente a haber cruzado el Rubicón, cuando cenando con sus cómplices decidió su futuro como dictador del Imperio Romano. Pero también puede mostrarnos cómo era cuando algún dinosaurio que estaba haciendo sus cosas de dinosaurio se fue a dormir sin saber que esa sería su última noche.
En la ciudad más linda del mundo el Planetario aterrizó en los años 60 con forma de nave espacial. Como cuentan en Extraordinario Planetario (2019), el arquitecto Enrique Jan lo concibió en los años 60 como un ideograma arquitectónico; un edificio que pudiera transmitir un concepto sin hacer uso de palabras: “El puente por el que se ingresa era para él la llave entre el afuera y el adentro, la transición entre un paisaje terrenal — un plano de dos dimensiones — y una nave tridimensional en la que se producen y transmiten los conocimientos”.
Su ubicación cercana al Zoológico, el Rosedal y el Jardín Botánico no es coincidencia. Estos cuatro espacios fueron concebidos como símbolos de la búsqueda del conocimiento: “El antiguo Jardín Zoológico — hoy Ecoparque — era la enciclopedia viva de los animales provenientes de confines remotos y hábitats difícilmente accesibles, que podían ser observados en ese parque público. En el Planetario accedemos a fragmentos del universo, lejanos en el infinito, a los que nunca podríamos llegar ni viajando millones de años”.
Cuando el proyector Carl Zeiss fue instalado en el Planetario, la oscuridad total cedió en el domo y de un momento a otro en Buenos Aires brillaron estrellas que nunca antes lo habían hecho.
A propósito del espectáculo estelar que suponen los planetarios, en 1923 el astrónomo Elis Strömgren escribió en celebración de la primera función de la historia:
“Nunca antes un instrumento fue creado que fuera tan pedagógico; y nunca uno tan hechizante. Y nunca antes un instrumento le habló tan claramente a quien lo observa. La máquina misma es preciosa y aristocrática… El planetario es una escuela, un teatro y un cine en un aula bajo el eterno domo celestial”.
Al abandonar nuestra limitada perspectiva desde nuestro ínfimo rinconcito en esta mota de polvo que deambula por el Universo no es otra cosa que embriagante humildad lo que nos envuelve. Nuestros privilegios, nuestros deseos y temores, incluso nuestras miserias pasan a un segundísimo plano cuando caemos en la cuenta de que en toda esta inmensa oscuridad solo somos un puntito sobre un puntito apenas mayor.
En aquel hermoso texto Sagan nos recuerda que la astronomía además de haber dejado los cimientos para el desarrollo del resto de las ciencias supone la experiencia de la modestia, el quizá insoportable hallazgo de que ninguna importancia tenemos en el esquema general de las cosas. Muy por el contrario, es en lo más íntimo que nos debemos empatía y cuidado. Incluso si solo es por un momento, o tal vez con miles de años de diferencia, visitar el Planetario también nos recuerda que sin importar nada más estamos bajo el mismo cielo.
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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 24 de noviembre de 2019.
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