“Solo seis personas nos separan de cualquier otra en el planeta”, le dice a su público Ouisa, la protagonista. “Lo leí en algún lado: seis grados de separación. El presidente de Estados Unidos, un gondolier en Venecia, quien se te ocurra”. Es una idea abrumadora. Pero no se trata de cualquier persona, sigue Ouisa, sino que el desafío está en encontrar a las seis personas indicadas. El mundo es un pañuelo.
Como si de un inabarcable juego de unir los puntos se tratara, pensar en cómo podemos conectar a dos personas cualquiera puede ser muy entretenido. Cuando Jane Jacobs — periodista, autora y activista del urbanismo — se mudó a Nueva York desde su pequeño pueblo en Pennsylvania, solía jugar con su hermana a imaginar cómo dos personas muy diferentes podían estar conectadas entre sí. Por ejemplo, un verdulero en Esquel con una afinadora de pianos en Beirut. Quien pudiera imaginar la cadena más corta ganaba.
Podríamos especular con que el verdulero tiene un primo esquiador que en el verano austral viaja a Europa para trabajar. Allí — en Andorra, por ejemplo — podría haber compartido habitación con una escritora italiana que andaba viajando por el mundo. Esta, asimismo, podría venir de una familia dedicada a la exportación y su padre, muy rico, podría ser un entusiasta de la música clásica que en uno de sus viajes de negocios (Líbano importa un 9% de sus bienes de Italia) podría haber conocido a la afinadora de pianos libanesa.
Pero a veces Jacobs y su hermana optaban por usar a la Sra. Roosevelt, una mujer de mundo que conocía a las personas más extraordinarias y disímiles y acortaba así toda cadena necesaria para que un mensaje pudiera llegar de una persona a la otra. Probablemente sin reparar en ello, lo que Jacobs y su hermana discutían eran las estructuras matemáticas mismas de las sociedades, aquellas que influyen en toda discusión acerca de historia, sociología, antropología o incluso filosofía y ciencia.
En The Death and Life of Great American Cities [Kindle] (1961) Jacobs se pregunta por aquello que distingue a las ciudades y la forma en que estas crecen, evolucionan y, de algún modo, viven. En los barrios, analiza, suelen emerger distritos a partir de las interacciones de sus habitantes. En este complejo entramado las personas se unen a través de intereses comunes o meramente el hecho de compartir el mismo rinconcito del planeta Tierra.
Clubes, iglesias, asociaciones, o incluso grupos activistas que se reúnen en torno a una causa compartida acercan a personas muy distintas entre sí. “Las pequeñas organizaciones o grupos de interés brotan en nuestras ciudades como hojas en los árboles, y a su manera se vuelven maravillosas manifestaciones de la persistencia y determinación de la vida”.
En 1967 el psicólogo social Stanley Milgram realizó un peculiar experimento para probar cómo es que el mundo, visto como una enorme red social, podía ser de algún modo “pequeño”. Citando el juego de Jacobs, Milgram quería explorar si era posible encontrar una cadena que uniera a dos personas cualquiera. Se le llamó el “problema del mundo pequeño” en alusión a la gastada expresión, típica de eventos sociales, que se usa para remarcar lo fortuito de descubrir que dos personas están inesperadamente vinculadas.
Pero más allá del nombre — que alude a nuestra facilidad para maravillarnos con resultados triviales — lo que Milgram buscaba estudiar no era precisamente por qué solemos toparnos con el amigo de un amigo en una fiesta. Esto tiene mucho más que ver con la poca atención que ponemos a los casos negativos: sobreestimamos qué tan seguido nos pasa porque no llevamos la cuenta de cuántas veces esto no sucede.
En cambio, Milgram quería mostrar que incluso cuando no tenemos a nadie en común es probable que conozcamos a alguien que conoce a alguien, que conoce a la otra persona. Y la pregunta es, entonces, cuántas personas hay en el medio entre dos personas cualquiera.
Prestado a probar su hipótesis, Milgram diseñó una técnica que aún hoy se conoce como el método del mundo pequeño, que consistía en darle cartas a algunos cientos de personas elegidas cuasi-aleatoriamente en Boston, Massachusetts y Omaha, Nebraska. Estas debían ser enviadas a una sola persona — un corredor de bolsa que trabajaba en Boston — bajo una extraña regla: solo podían ser enviadas o bien al destinatario final o bien a alguien a quien conocieran que pudiera conocerlo.
Como señala el incansable explorador de las redes Duncan J. Watts en Six Degrees [Kindle] (2003), para Milgram la zona de Boston era el ombligo del mundo y nada podía quedar más lejos que Nebraska, en el centro de Estados Unidos. Dada su estimación de cientos de saltos entre remitente y destinatario, cuando el resultado arrojó que en promedio había 5,2 personas entre remitente y destinatario parecieron quedar establecidos los famosos “seis grados de separación”.
Pero Milgram jamás usó esa expresión. La leyenda es que Guglielmo Marconi en su discurso de aceptación del Premio Nobel de física en 1909 calculó en 5,83 la cantidad de antenas que eran necesarias para cubrir el planeta. Claro que nadie se preocupó en leer su discurso porque no hay mención a tal estimación, ni ninguna de las personas que investigó formalmente el fenómeno de los mundos pequeños cita a Marconi como inspiración.
Quien sí parece haberse detenido en la incipiente conectividad de la época fue el autor y dramaturgo húngaro Frigyes Karinthy, que en 1929 escribió “Láncszemek” (“Enlaces”), un relato tan breve como magnífico en el que se discute cómo nuestro planeta se ha vuelto increíblemente diminuto. Tanto que podríamos tomar a cualquier persona entre los “mil millones y medio de habitantes” (oh, la nostalgia) y a través de no más de cinco personas conectarnos con ella.
Pero no fue hasta los años 90 que la idea de los seis grados cobró popularidad con Six degrees of separation [Kindle] una obra de teatro escrita por John Guare estrenada en 1990 y adaptada al cine en 1993. En ella el personaje de Ouisa, en el clímax, mira al público y cuenta que leyó en algún lado que cualquier persona en el planeta está separada de cualquier otra por apenas seis personas. Lo difícil es encontrar a las seis personas indicadas.
Milgram apuntaba mucho menos alto se contentaba con unir dos personas que estuvieran razonablemente lejos dentro de Estados Unidos. Pero, como comenta el fan número uno de las redes Albert-László Barabási en Linked (2002), está claro que las personas miran más películas que lo que leen artículos de sociología.
Sin embargo, y más allá de cuántos sean los grados que nos separan del presidente de Estados Unidos, hay algunos problemas en esta manera de pensar. Supongamos que tenemos 100 amigos o, al menos, personas a quienes no nos molestaría (tanto) cruzarnos por la calle. Es un montón. A un grado estamos conectados con cien personas, a dos con cien veces cien, es decir 10 mil personas. Luego un millón, cien millones, y en cinco grados con más o menos nueve mil millones. Mamita.
Si cada persona tuviera cien amigos, entonces, estaríamos conectados con el resto del planeta. Así nomás. Pero este razonamiento esconde un error fatal. Incluso si nos cuesta pensar en cien personas (o nos hace doler la cabeza), si pensamos en nuestras diez personas más cercanas y nos preguntamos quiénes son sus diez personas más cercanas, es probable que tengamos figuritas repetidas. Esto no solo se cumple en las redes sociales sino en las redes en general y se llama clústering o agrupamiento.
Lo primero que debemos considerar en el estudio de las relaciones sociales es que nuestros vínculos rara vez son aleatorios. Si tomáramos por ejemplo a Estados Unidos — como en los años 50 hicieron de Sola Pool y sus amigos — y asumiéramos que cada persona se vincula aleatoriamente con otras 500, la probabilidad de que haya solo una persona de distancia entre esta y cualquier otra sería del 50%.
Claro que no es así cómo de hecho nos vinculamos y la estructura de la sociedad tiene una incidencia no despreciable: las personas ricas tienden a vincularse con personas de su mismo poder adquisitivo y, a la inversa, las personas pobres rara vez acceden a los círculos sociales más adinerados. Las sociedades no se forman al azar sino fragmentadas en clases sociales y otras formas de segregación.
De hecho, más que amistades nuestra tendencia es a tener grupos de amistades, que se forman en torno a experiencias o intereses compartidos. A veces somos quienes conectamos a dos personas que de otro modo no se conocerían pero a medida que nuestras amistades se conozcan entre sí menos útiles nos serán para conectarnos con alguien inesperado.
La paradoja que el experimento de Milgram puso en evidencia es que por un lado el mundo está profundamente clusterizado, dividido en una miríada de pequeños mundos, pero también que podemos llegar lejos si exploramos la forma en que nuestras amistades se conectan con las suyas. Pero aunque cincuenta años pasaron desde aquel primer experimento la naturaleza de la compleja trama que une a quienes habitamos el mundo sigue produciendo perplejidad.
Estos espeluznantes seis grados de separación nos abruman porque a pesar del inmenso tamaño de la población humana podemos encontrar razonable que dos nodos cualquiera de los más de siete mil millones que existen están, en promedio, a solo seis de distancia. Pero quizá más increíble sea detenernos en lo impresionante que es que haya siquiera alguna cadena que nos vincule. Pero, como nos insiste Barabási, conectar una vasta red requiere de muy poco. Apenas con que tengamos poco más de un vínculo ya estaremos siendo parte de la sociedad humana.
Milgram nos despertó la idea de que no solo las personas estamos conectadas sino que en nuestro mundo apenas un puñado de apretones de manos nos separa de cualquier otra persona. Y eso, de algún modo, hace que vivamos en un mundo pequeño.
En otras palabras, el mundo es un pañuelo.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 10 de noviembre de 2019.
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