Cómo funcionan los vampiros

Yo no sé qué haría si fuera un vampiro.

Seguramente volaría un montón, me iría a dormir tan tarde que sería temprano y aprovecharía para mirar muchas películas, y todas esas series largas como la vida misma. Supongo que leería los mismos libros mil veces hasta poder citarlos de memoria.

Pero sobre todo supongo que me aburriría mucho. Aquella insoportable sensación de nunca tener tiempo daría lugar a la consciencia de que teniendo por delante toda la eternidad, cualquier tarea puede dejarse para después. Si fuera un vampiro probablemente nunca haría nada. Tengo todo el tiempo del mundo para recibirme, por qué ponerme a estudiar hoy.

Los vampiros, al menos como los imaginamos hoy, nacieron hace doscientos años. En una noche ventosa de aquel “año sin verano” de 1816 un grupo de amigos se juntó a sacar el mejor provecho posible de unas vacaciones arruinadas por un volcán cuyas cenizas cubrieron medio planeta.

En aquella casa, a orillas del lago Lemán en Ginebra, estaban parando el poeta Lord Byron con su médico, el joven John William Polidori, y no muy lejos se habían instalado Mary Wollstonecraft Godwin, con su novio, el escritor Percy Bysshe Shelley, y su media hermana Claire Clairmont.

En algún momento de la noche, aprovechando el hartazgo y el aburrimiento, Lord Byron propuso una inocente competencia para ver quién lograba escribir la mejor historia de terror. Si bien fue Mary quien ganó por goleada al enseñar cómo se crea un monstruo, de aquella competencia también salió The Vampyre, de un resentido Polidori que basó a su protagonista en folclore, ansiedades y su resentimiento hacia el insoportable de Byron.

En aquel breve relato Polidori incorporó dos elementos que se volverían centrales: el vampiro como héroe romántico y como una especie de muerto vivo. Lord Ruthven, inspirado en Byron, era misterioso, rico, pálido, y un poco miserable. Un seductor incapaz de controlar sus impulsos que luego de cautivarlas drenaba a sus víctimas hasta su última gota de sangre.

Pero vampiros eran los de antes.

En la Edad Media los vampiros eran cadáveres hinchados y particularmente desagradables que se levantaban de la tumba para chupar sangre y causar enfermedades extrañas.

A comienzos del siglo XVIII en la península de los Balcanes se dio una fiebre vampírica que muy poco tenía que ver con adolescentes pegando pósters en sus cuartos y mucho con familiares desesperados desenterrando a sus parientes muertos para mutilar sus cadáveres por temor a que se escaparan de sus tumbas para arruinarle la vida a un pueblo entero.

Luego del tratado de Passarowitz de 1718 gran parte de la península había sido cedida por el Imperio otomano a la monarquía de Habsurgo, que espantada por las condiciones en que había quedado la región luego de la guerra puso especial atención en lo que allí sucedía. Fue por aquel entonces que una serie de brotes de vampirismo en Serbia llamaron la atención de las nuevas autoridades.

Las historias eran todas más o menos parecidas: alguien fallecía y un tiempo después aparecía nuevamente en el pueblo, a veces pidiendo comida o zapatos, robando leña, ahuyentando a los caballos, e incluso muchas veces ayudando con las tareas de la casa— y oliendo a podrido. A veces, también, asesinaban a sus víctimas chupándoles la sangre y las contagiaban con una misteriosa y letal enfermedad.

Ante estos reportes los vecinos se organizaban para exhumar a quien se sospechara de vampiro y al desenterrar los cuerpos confirmaban sus hipótesis: la piel no se veía podrida, aunque sí un poco hinchada, pero lo más alarmante era la sangre alrededor de la boca, evidencia de su peculiar dieta. Los cuerpos luego se estacaban, se les cortaba la cabeza y muy frecuentemente se los incineraba.

Según el informe presentado en 1732 por el médico austríaco Johannes Flückinger, enviado para investigar aquellos sucesos extraños, de cuarenta cuerpos unos trece fueron identificados como vampiros. Una década más tarde el término “vampiro” había sido incorporado al alemán, al francés y luego al inglés.

La representación del vampiro como una bestia salvaje, que infecta a través de mordeduras, su capacidad para transformarse en animales específicos como lobos y murciélagos, y el método para eliminarlos en sus ataúdes mientras dormían, son todos elementos tomados directamente del folclore eslavo, que se mezclaron rápidamente con las ideas de brujería cultivadas durante casi trescientos años en la Europa occidental.

Lo que todos estos miedos y ansiedades tenían en común era su origen en la forma en que se entendían eventos naturales como la muerte, la descomposición y la transmisión de enfermedades antes del advenimiento de la medicina científica, e ilustran la preocupación presente en muchas sociedades cristianas por la delicada línea que parecía separar a los humanos de los animales.

Los vampiros servían para explicar por qué a algunas buenas personas les podían pasar cosas malas sin una obvia explicación, antes de que la ciencia pudiera dar cuenta de los patrones climáticos, la transmisión de enfermedades — y la descomposición de los cuerpos.

En aquellos pueblitos serbios, la temperatura en la época de los relatos apenas superaba los cero grados centígrados, por lo que la lenta descomposición era esperable: un cadáver podría permanecer casi intacto durante semanas e incluso meses. Lo más probable es que la enfermedad no fuera vampirismo sino rabia.

El vampiro de Polidori, sin embargo, contrastaba con estas preocupaciones, e incorporaba muchas otras. Lord Ruthven era un cruel seductor y un depredador sexual, especialmente antojado por mujeres vírgenes. Byron, la inspiración, había dejado embarazada a Clairmont a quien no solo ignoró sino que solo se comprometió a cuidar de su hija, Allegra, si ella no volvía a aparecer. La pequeña falleció a los cinco años. Nunca confíes en un vampiro.

La figura del vampiro como eminentemente erótica pasó a ser quizá la caracterización predominante desde entonces. Algo de esto había estado presente en un poema de Heinrich August Ossenfelder de 1748, quizá la primera referencia literaria, en el que un hombre rechazado por una mujer la visita por las noches, bebe de su sangre y busca probarle que sus enseñanzas son superiores a las del cristianismo de su madre.

A mitad de siglo el encanto de los vampiros, cuyo erotismo contrastaba con el puritanismo típico de la época victoriana, comenzó a tomar impulso. Las historias de Varney the Vampire, publicadas entre 1845 y 1847 en una serie entregas periódicas conocidas como penny dreadful (terror de penique), contaban las andanzas de Sir Francis Varney e introdujeron tanto el tropo del vampiro visitando a sus víctimas por la ventana como sus característicos colmillos afilados.

Apenas unos años más tarde aparecería la novela clásica Carmilla (1872), de Sheridan Le Fanu, situada en el Ducado de Estiria, actual Eslovenia. Pero en vez de seducir hombres, Carmilla persigue a otras mujeres, las muerde en lugares sugestivos y les provoca “peculiares síntomas”. Claramente Carmilla representa no solo el temor a una lujuria descontrolada, sino específicamente al apetito sexual femenino, y lesbiano, algo evidentemente aterrorizante para los hombres victorianos.

Esta historia no solo logró establecer que el club del vampirismo aceptaba mujeres sino que los antiguos castillos de Europa central podían ser grandes escenarios. Notablemente, la homosexualidad de fondo nunca es cuestionada sino que se mantiene sutil y ambigua. Varney y Carmilla, a pesar de su popularidad, no eran precisamente parte de la alta cultura, pero sin embargo sus vampiros inspiraron a poetas de gran reputación como Baudelaire o Gautier.

Todas estas historias fueron preparando el momento para que a fin de siglo un desconocido Bram Stoker publicara Dracula (1897) estableciendo la descripción definitiva de los vampiros como seres endemoniados, lujuriosos, hambrientos —y contagiosos— en una sociedad obsesionada con la tuberculosis y la sífilis.

Dracula es básicamente un rejunte de todo lo que se había escrito hasta el momento: un vampiro rico y encantador, que es atendido por mujeres vampiras que lo habilitan en su incontrolable apetito, interesado en mudarse a Inglaterra y llevar con él su atemorizante enfermedad extranjera.

El arquetipo de vampiro se moldeó así no solo en torno al miedo concreto a que nos chupen la sangre sino al miedo metafórico de los ricos y aristocráticos chupándole la sangre a los menos afortunados, dejando cierto lugar a la contemplación de la posibilidad de vivir para siempre en un castillo bajo la atención de servidumbre hipnotizada. No me lo propongas dos veces.

Stoker, que a pesar de su oficio como empleado público escribía críticas teatrales para el diario de Le Fanu, se había enamorado del teatro en su Dublin nativo. Si bien nadie quería a los críticos, la calidad de sus observaciones llamó la atención de Henry Irving, el actor más famoso de su época.

Stoker se casó con Florence Balcombe, el amor adolescente de Oscar Wilde, y pocos años después Irving invitó a los recién casados a Londres para que Stoker administrara su Lyceum Theatre. Para entonces ya había escrito varios libros de los que hoy no hubiéramos escuchado nunca si no hubiera sido por su famoso vampiro.

Pero a pesar de la buena recepción de su novela, al momento de su muerte en 1912 el matrimonio apenas si llegaba a fin de mes. Como cuenta David J. Skal en la biografía Something in the Blood (2016), Stoker no se preocupó por dejar un relato de su proceso de escritura, y su viuda subastó todos sus cuadernos y anotaciones pocos años después de su muerte. Aparentemente Stoker tenía una pésima caligrafía y sus notas eran indescifrables. Skal intuye que gran parte de sus apuntes fueron descartados.

Pero no solo Dracula inspiró más de 150 adaptaciones cinematográficas de su historia, de la mano de directores como Roman Polanski, Andy Warhol, Werner Herzog y Francis Ford Coppola, sino que también inauguró el nicho de la literatura acerca de la obra, especialmente en la segunda mitad del siglo XX.

Durante un tiempo los críticos freudianos hicieron su gracia, y escribieron cualquier cosa —y su contradicción— hasta que la atención comenzó a ponerse en sus aspectos políticos, raciales, de clase y de género. Casi sin material para trabajar más que la obra en sí, no pasó mucho tiempo hasta que Raymond T. McNally y Radu Florescu publicaran The Essential Dracula (1979) una edición anotada cuya principal promesa era la de develar la historia que inspiró al autor dublinés.

Estos historiadores habían conseguido algunas anotaciones de Stoker y anunciaron una nueva teoría: Stoker habría basado el personaje de Drácula en un tal Vlad Dracula, también conocido como Vlad Țepeș, un príncipe valaquiano del siglo XV que, al defender su tierra natal contra los turcos había adquirido fama por su inusual crueldad. Țepeș significa “el Empalador”, y aludía a su costumbre de ensartar a sus enemigos, junto con mujeres y niños, en estacas de madera.

La prensa no podía más. Todo cerraba por todos lados. Drácula era una figura histórica. Oh, las posibilidades. ¡Las posibilidades!

Lástima que, como pudo demostrarse incontables veces desde entonces, esto es deliberadamente falso. Como explica Matthew Beresford en From Demons to Dracula (2008), Stoker probablemente leyó acerca de Vlad y cambió el nombre de su personaje de Conde Wampyr a Conde Drácula. El nombre, en efecto, es un apodo otorgado a quienes pertenecían a la Casa de Drăculești, una de las dos dinastías gobernantes del Principado de Valaquia en Rumania. Esto además lo movió a situar su historia en Transilvania, y no Austria, que limita con Valaquia.

Una inspiración mucho más cercana, y probable, puede que haya sido el mismísimo Irving, que luego de ver una presentación de la adaptación teatral le habría dado su opinión a un ansioso Stoker: “¡Espantosa!”

Ambos poseían una figura aristocrática, alta, extravagante y fascinante con ardientes ojos y manos largas y elegantes cuyo egoísmo y encanto se traducía en una ambigüedad capaz de drenarle la vida a cualquiera, y sin embargo desplegar una fascinación irresistible. Cuando de vampiros se trata, los jefes maltratadores pueden ser una fecunda inspiración.

El atractivo de Dracula puede explicarse de muchas maneras. No solo su método narrativo a través de documentos supuestamente auténticos nos resulta honesto, sino que su diversidad suma a la experiencia de estar investigando un caso extraordinario. La multiplicidad de voces, a través de extractos de diarios, cartas, telegramas, cuadernos y otros soportes, le permiten a la historia respirar a pesar de lo asfixiante de su relato.

En las cartas, si vamos al caso, brota más fácilmente la honestidad.

Todas esas voces le dan textura e incluso dejan lugar para que sospechemos, y volvamos a confiar, a medida que las páginas se suceden. Explorar su historia es como armar un rompecabezas, anticipando el crudo final pero también logrando entreverar los diminutos fragmentos para darles sentido.

Otro aspecto no menor del éxito de Dracula probablemente sea la forma en que aparecen a lo largo de su trama nuevos dispositivos, como telégrafos y máquinas de escribir, una variedad de formas de comunicación, como diarios, bitácoras y registros de barcos, y elementos científicos de vanguardia, como las transfusiones de sangre, que ponen en conflicto una serie de mitos antiguos con el mundo del presente—y el futuro.

Dracula también tiene una “compleja trama de descubrimiento”, como lo describe Noël Carroll en The Philosophy of Horror (1990), es decir, no solo involucra el descubrimiento de las intenciones y planes de una fuerza maligna sino el trabajo de revertir el escepticismo de las mentes más científicas.

Como en el resto de la literatura vampírica, Dracula también simboliza con sus crímenes los horrores sociopolíticos que enfrentaban al final de la era victoriana. Como apunta Nina Auerbach en Our Vampires, Ourselves (1995), la migración de judíos desde Europa del este —y el miedo a que se diluya la sangre inglesa—, la homosexualidad —muy presente desde los juicios a Oscar Wilde—, e incluso la mera sexualidad y experiencia erótica eran temas recurrentes en la literatura de fin de siglo.

Auerbach, sin embargo, señala que Dracula es un relato insoportablemente heteronormativo. Quizá asustado por el caso de Wilde, Stoker pone especial énfasis en la fragilidad y bondad femenina, en contraste con el ideal de la Nueva Mujer y la fortaleza y endeble moralidad masculina. Aunque quizá su postura no fuera tan rígida: Mina, su heroína, es independiente, profesional, inteligente y razonable—casi feminista. También es compasiva y, por momentos, débil.

La novela se presta a interpretaciones sociopolíticas, pero su carácter es particularmente sexual. O, mejor dicho, gira en torno a lo prohibido del sexo, amenazante y tentador. Como escribe Joan Acocella: “El desnudar la carne de la mujer, reclinarla, penetrarla. Leyendo estos asuntos, ¿pensamos en la inmigración?”

Fueron un montón de mujeres quienes dieron vuelta las características fosilizadas de los vampiros y cultivaron la imagen que hoy tenemos de ellos. Luego de que el autor canadiense W. E. D. Ross publicara sus adaptaciones literarias de la serie televisiva Dark Shadows a fines de los años 60 —cuyo protagonista, el casi bicentenario vampiro Barnabas Collins, abandona las maldades para salvar a sus descendientes vivos— el terreno quedó preparado para la novedad.

Cuando apareció Interview with the Vampire (1976) de Anne Rice, los vampiros siguieron siendo crueles, aristocráticos y lujuriosos, pero se fueron acercando cada vez más a los héroes poéticos y ya no tanto a los villanos. Más cerca de como Lord Byron creía que era, y no tanto de como realmente era, como señala Acocella.

Nuestros vampiros se contienen, llevan sus no-vidas luchando contra el impulso de herir a quienes quieren. Porque nuestros vampiros también se enamoran. No son perfectos, ni ricos, pero son generosos. Algunos pueden recuperar su alma, y otros no solo pueden andar bajo el sol sino que resplandecen, y cada tanto comen fideos con pesto, supongo.

Los vampiros a veces, incluso, son prácticamente célibes, aunque estuvieron a esto de ser cancelados.

Eso sí: hoy en día los vampiros solo muerden con permiso.

Como sintetiza Charlotte Ahlin, la fantasía del vampiro contemporáneo es sencilla: el vampiro puede lastimarnos, pero elige no hacerlo. Es capaz de superar sus instintos, a un gran costo emocional y psicológico, pero lo prefiere antes que el malestar y la culpa que provoca recordar el daño que ha causado a tantas personas en el pasado.

Quiere que nos unamos a sus aventuras sexuales descontroladas y conectemos con nuestra más desenfrenada libido, pero bajo consentimiento informado.

Quizá en eso resida el inmortal atractivo de los vampiros, seductores villanos capaces de redimirse que viven en sus castillos con un guardarropas increíble. En una era de ambigüedades, el vampiro sale campeón.

Creo que por eso siempre quise ser un vampiro, y no únicamente para Halloween. Poder delinearme los ojos, y curtir un aspecto pálido, casi cadavérico, sin vergüenza ni temor a dar explicaciones.

Y si hubiera algún problema, puedo esperar un par de décadas y burlarme flotando desde la ventana de la incontinencia de mis enemigos.

“THE MAN WHO KNEW IT ALL” by Asta Ostrovskaja (CC BY-NC 4.0)

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