Querida persona que lee,
Espero que esta semana no hayas encontrado una valija con incontable dinero en una moneda que ya no existe de un país que ya no existe que podrías haber cambiado en su momento si te hubieras avivado antes de que la misma dejara de circular a mediados de los años 90, con la que podrías haber comprado, finalmente, esa sartén a la que no se le pega nada sin importar cuánto tiempo la olvidaras en el fuego.
Mi semana, sorprendentemente, comenzó a cambiar a medida que se acercaba el sábado. No solo me acercaron algunas propuestas que me entusiasman —y desafían— sino que pude sentirme un poco más útil.
Creo que no te conté mucho al respecto, pero mi hermano Julián, a quien hace ya un par de años no sé si debería seguir llamando “hermanito” porque pronto va a cumplir 30, se mudó a la ciudad de Nueva York.
Pero como todas las historias de los hermanos Muro, tiene mucho más de suerte y aventura que glamour.
Puedo escudarme en ser el hermano del medio para explicar que guardo igual admiración y fascinación hacia Guadalupe como hacia Julián. Y, por algún extraño motivo, en los últimos años pude ubicarme en un cómodo lugar desde el que ambos me hacen sentir por momentos como una especie de guía espiritual. Yo asumo que ellos no solo sospechan sino que saben que de sabiduría no tengo un pomo, pero que puedo dejar una buena impresión no tengo dudas.
Mi hermano se fue hace algo así como tres años a probar suerte haciendo lo que sabía hacer. No solo tuvo un montón de aventuras y desventuras trabajando en un montón de montañas europeas sino que encontró el modo de compatibilizar eso con su música.
Mi hermano Julián es músico, pero qué tragedia sería reducirlo solo a eso.
Y a mi hermano Julián le gusta la montaña.
Yo no sé cómo funciona realmente, pero aparentemente cuando sos una persona de montaña tenés acceso a una exclusiva red social, casi un círculo secreto, que te conecta con virtualmente toda otra persona de la montaña. Tan es así que sin importar a dónde te quieras dirigir, si hay un refugio hay un puñado de grados de separación que te arriman a alguien que te puede conseguir un trabajo.
No recuerdo los detalles, pero tampoco importan. Julián un día se fue a Europa, donde alguien conocía a alguien, y terminó trabajando de preparar el desayuno y pasar música en un hostel en Portugal. Apenas unas semanas más tarde estaba trabajando de algo parecido en un refugio en Alemania, aunque supongo que ahí no practicaban surf.
Para la próxima vez que me fijé se había instalado por un buen tiempo en un refugio en el límite entre Suiza e Italia, donde la amabilidad y generosidad alemana había sido reemplazada por una abusiva relación laboral que me daba ganas de armarme una valija únicamente con una de esas barras de metal que usan los ladrones en las películas para ir a quebrarle las rodillas a quien se hubiera metido con mi hermanito.
Después terminó en un pueblito alemán donde habían menos de diez casas (de verdad, se veían claramente desde el satélite) y una pareja amiga de nuestros vecinos que vivían en la casa de al lado de la nuestra en Bariloche lo adoptó hasta que se pudiera reencontrar con su música y su rumbo.
Creo que al cabo de unos buenos meses de desconexión germana volvió a aquel refugio en Alemania donde tan bien lo habían tratado y consiguió una beca para irse a Canadá durante unas semanas para aprender a poner bien los dedos en la guitarra y esas cosas, supongo (no sé cómo estudian los músicos).
Como mi hermano es la persona más encantadora que conozco, allá conoció a un músico que según me cuenta es mega archi recontra capo (pero que yo nunca vi en los estantes de Musimundo así que no me consta) que aparentemente le dijo: “Sos muy bueno. Con mi guía creo que podrás ser el próximo Madonna”. (Tampoco recuerdo las palabras exactas, pero me gusta imaginarlo tocando jazz con uno de esos corpiños plateados).
Así que mi hermano músico de montaña se embarcó en la no poco desafiante aventura de lograr estudiar música en The New School sin un peso a su nombre.
En el medio, como quizá recuerdes, se incendió parte de la casa de mi mamá en Bariloche y hubo que hacer como los Power Rangers que se suben a sus mega-robots y se unen con un objetivo común para lograr convencerlo —papá, mamá, Guadalupe y yo— de que no se volviera.
“No te preocupes, acá está todo de diez”, le contábamos mientras las topadoras arrastraban restos chamuscados del jardín de la casa de mi mamá y se nos mojaban las medias por el agua que subía de tanto llorar y todo eso.
Desconozco los detalles, pero aparentemente hubo que liberar un virus extraño en China para lograr que no viajara —ni él ni nadie— y lo logramos. (Perdón por estos dieciocho meses, no calculamos bien el resto).
Su primera audición para su futura universidad neoyorquina sucedió un par de semanas luego del incendio, que resultó coincidir con una lesión de su pareja, a quien acompañaba en su reposo. Entre las decenas de consejos que le di —alguno tenía que funcionar mientras que no se contradijeran, pensé— estuvo el que mejor me viene funcionando con vos, querida persona que lee, hasta ahora: “Sé honesto”.
Y eso hizo. No fue su mejor performance, dice, pero en vez de esforzarse en vano por hacer de cuenta que nada pasaba optó por abrirse respecto de su vida, que lejos de haber sido lineal se parecía más bien a una onda, que subía y bajaba pero siempre lo empujaba.
Una línea no suena. Es lo que muestra un electrocardiograma cuando un corazón ya no late. Quizá nos arrima más rápido a nuestro destino, pero sin música.
Tampoco sé bien cómo lo hizo, aunque seguramente no fue con una presentación con gráficos como hubiera hecho yo, pero eventualmente la universidad aceptó cubrir 97% de sus gastos, lo cual todavía dejaba varios miles de dólares que pagar, pero para eso literalmente se había roto la espalda subiendo y bajando de montañas.
Que nuestros padres nunca pudieran costearnos aventuras solo es porque en ningún lado aceptan todo su amor como medio de pago. Y, sin embargo, nos las arreglamos, cada uno a su manera.
A todo esto Julián se había mudado a España y se había sumado a este hábito de enviar cartas por correo electrónico.
Claro que “estudiar en Nueva York” no significa lo mismo si de hecho estás en aquella gran ciudad, pero a mitad de año comenzó su cursada, aunque por videollamada.
Y le fue bien. Recontra bien.
Luego llegaron las vacunas, Estados Unidos cambió de presidente y se acercó el momento de conocer a todas esas personas que durante un año no fueron más que cabecitas en una pantalla.
También llegaron los huracanes, y algunos planes quedaron pasados por agua. La habitación a la que iba a mudarse quedaba en un subsuelo, que aparentemente es a donde tiende a ir el agua durante las inundaciones.
Pero por suerte había un filósofo en la sala para ayudar.
Apenas pude reconectar un par de cables por acá me ofrecí a ordenar un poco la situación y como mínimo reducir lo más que pudiera la incertidumbre.
Mi generalmente frustrante incapacidad para lidiar con las emociones propias y ajenas tiene la maravillosa cualidad de volverse una característica muy preciada en momentos de crisis. Y mi hermanito siempre puede contar con ello. Está en el contrato.
Pasamos las últimas dos semanas repasando opciones, planes, proyecciones y presupuestos. Redactamos en conjunto correos en los que aceptábamos pagar una habitación, para luego tener que redactar otros en los que pedíamos la devolución del dinero porque una cosa es mudarse a un sótano y otra muy distinta es mudarse a una pecera.
Cómo funcionan las cosas no solo es un proyecto literario y aquello de lo que vivo. Es un recorrido personal de mi preparación para la vida.
Y la vida es, sin más, una preparación para la vida.
Poder compartirlo con vos, querida persona que lee, para luego poder compartirlo con Guadalupe o Julián lo resignifica todo.
Todo lo que alguna vez leí buscando satisfacer mi propio apetito por el asombro —y, en el mejor de los casos, sorprenderte— se me hace presente en los momentos en que alguien me necesita.
Como cuando mi papá tuvo su infarto, o cuando se me ocurrió que compartir curiosidades sin relación alguna con nuestra asfixiante realidad, de repente puedo sentirme útil.
Y no voy a dar la discusión respecto de la utilidad de las personas. Ahora no, Kant, estoy escribiendo. Ser útil no es algo malo. Nuestra utilidad no nos reduce a ella.
Lo que guía mi vida y generalmente me domina en cada curso de acción que tomo es el imperativo de hacer que valga la pena el oxígeno que consumo.
Y si puedo sorprender, o hacer que mi hermanito se sienta a salvo, no podría nunca elegir hacer otra cosa.
Solo espero que algún día Julián se cope en armar conmigo una banda de covers de blink-182, pero por ahora lo veo difícil.
Que tengas un fin de semana que no se termine nunca,
Valen

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