Cómo funciona no hacer nada

No hacer nada es muy difícil.

Tiene algo de perder el tiempo, de meditar, de perdernos en nuestros pensamientos o incluso de procrastinar. Pero todo eso ya es hacer algo.

Si le tomamos la palabra a Alan Watts y aceptamos que no tenemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo, entonces siempre estamos haciendo algo: movemos la sangre de un lado a otro, digerimos nuestro almuerzo, procesamos momentos y los convertimos en recuerdos e ideas que luego conectamos entre sí, hacemos que el aire nos inunde y nos abandone, o incluso hacemos que la luz que rebota en las cosas se convierta en señales que luego serán la base de nuestras vivencias.

Más allá de cualquier dificultad fisiológica, el mundo suele complotar en nuestra contra. En nuestra intimidad, todo parece hablarnos y demandarnos algo que hacer. Aquella notificación en el celular, esa lamparita que nunca cambiamos, los platos sucios, la ropa que no doblamos, esa biblioteca llena de libros que aún no hemos leído, o incluso, al interior de la mente, todos esos problemas que aún no hemos resuelto y que coleccionamos para más tarde. Para cuando nuestra agenda parece despejarse, no logramos encontrar el momento para no hacer nada.

Y sin embargo, muchas veces terminamos el día con la sensación de que no hicimos nada. Nos tiramos en el sillón y miramos televisión, vemos una, dos, tres, mil videos de gatitos en el teléfono, nos quedamos en silencio mirando el techo y pensando, o incluso nos sentamos en la esquina pensando cómo fui tan gil. Pero eso no es no hacer nada.

Son muy pocas las ocasiones y los modos en los que parece estar bien visto que no hagamos nada. Quizá la excepción sea enfermarse, cuando alcanzamos el punto en el que dejamos de funcionar y es nuestra humana fragilidad la que nos impide hacer cualquier cosa. “El atractivo de la enfermedad”, explican Carl Cederström y André Spicer en The Wellness Syndrome (2015), “reside en su capacidad para redimir uno de los mayores vicios de nuestra sociedad: no hacer nada”.

Por eso nos tienta parar un poco como estrategia productiva. Tomar un recreo nos permite renovarnos para trabajar mejor, para evitar que nuestra mente cuelgue el cartel de “fuera de servicio” e incluso hacer las cosas de manera más cuidadosa y más deliberada. No hacer nada, gracias a las delicias del aburrimiento, le permite a nuestros pensamientos deambular, chocarse contra las paredes del cerebro hasta que se pegoteen entre sí y surja alguna que otra idea que de otro modo no se nos hubiera ocurrido.

Para poder hacer más cada tanto hay que poder no hacer nada. Pero una linda manera de rebelarnos contra aquel tiránico mandato de la productividad es intentar no justificar todo lo que hacemos —o dejamos de hacer— en términos de qué tan útil podría resultar.

No hacer nada puede ser una forma de jugar, de experimentar la grandiosa coincidencia de nuestra existencia en este momento, en este preciso lugar. No hacer nada nos regala un momento para descubrir qué sentido tiene todo lo que hacemos.

En castellano los indefinidos negativos (nada, nadie, ninguno, etc.) requieren un elemento negativo delante del verbo cuando aparecen en posición posverbal, y por eso debemos decir “no hacer nada”. Pero algo parece escaparse en esa negación, como si no hacer nada no pudiera ser una actividad en sí misma.

Afortunadamente, esto no es así en todo idioma. “Niksen” es una palabra neerlandesa que se deriva de niks, una variante de niets, que significa “nada”, por lo que el verbo niksen significa algo así como “nadear”, un impropio pero genuino “hacer nada”.

La palabra se popularizó en 2017 gracias a un artículo en una revista de Países Bajos donde se proponía que “el niksen es el nuevo mindfulness” sugiriendo que tomarse el tiempo para no hacer nada podía ayudarnos a estar mejor.

Irresistible como suena, esta sencilla idea cautivó a la escritora y lingüista polaca Olga Mecking, que un par de años más tarde escribiría un artículo en el New York Times argumentando la importancia de no hacer nada.

Mecking llevaba más de una década viviendo en los Países Bajos y, con la mirada privilegiada de quien descubre un mundo a través de palabras prestadas, quedó fascinada por tan peculiar tendencia, una que no dudó en adoptar. Aquel breve artículo le valió algo de fama y sin vacilar lo amplió en Niksen (2020), un libro donde explora hasta el absurdo el asombroso mundo de la nada misma.

A diferencia de otros términos y conceptos manoseados en el afán por caracterizar ciertas culturas (hygge, zen, koselig, siesta, etcétera), Mecking cuenta que niksen no guarda ambigüedad alguna pero sí una paradoja: aunque los neerlandeses comprenden perfectamente el término, no siempre lo ven como una práctica habitual.

Países Bajos es un lugar ideal para el niksen gracias a su cultura y estructura social. No solo disfrutan de jornadas laborales cortas, amplio tiempo libre y un sistema de bienestar que facilita el descanso sin culpa sino que su mentalidad práctica, que valora la sencillez y rechaza la obsesión por la productividad —además de un “vivir y dejar vivir” que promueve la tolerancia al ocio— resultan en que el no hacer nada sea un aspecto más de la vida y no un indicio de pereza.

Notablemente, una vida muy estructurada en la que los compromisos sociales tienen horario de inicio y fin vuelve más sencillo articular en ella momentos para el niksen. En un país donde las personas no sienten necesidad de ocultar lo que piensan, si alguien quiere tomarse tiempo para no hacer nada no necesita inventar una excusa.

Aunque la palabra les pertenece, el concepto no es exclusivo: en Italia se habla del “dolce far niente” o el “dulce [no] hacer nada”, en las culturas hispanohablantes tenemos la siesta, e incluso podemos relacionarlo con el Shabat judío o el wu-wei taoísta que implican formas de inacción.

Todas estas propuestas contrastan con el agobio de lo cotidiano y se presentan como un impasse, como un momento extraordinario en el que se suspende la laboriosidad, solo por un ratito. Quizá el mejor reflejo de esto haya sido la tan ansiada invención del fin de semana.

Este contraste entre el tedio y el ocio inspira una industria del bienestar que escupe inagotables antídotos, recetas y soluciones que insisten en enseñarnos cómo podríamos estar haciendo todo mejor, cómo podríamos descubrir nuestra mejor versión. Pero, como dice el refrán, cuando alguien empieza a hablar de la felicidad, del bienestar, o de ser tu propio jefe, mejor guardar la billetera. O quizá era alcanzar el revólver. No importa. En cualquier caso, la sospecha es una buena respuesta a cualquier oferta de trucos, fórmulas, hábitos, o lo que nos quieran vender bajo la promesa de ser felices. Por supuesto, esto incluye también cualquier promesa de vida después de la vida y todo eso.

Los libros de autoayuda, y el ejército de influencers que los predican, tienen esta terrible costumbre de hablarnos como si se preocuparan por la manera en que hacemos las cosas pero sin nunca perder oportunidad para dejar en claro que nuestra vida podría ser al menos un poco más digna si les hiciéramos caso.

Leemos sobre autocuidado, hábitos y trucos de productividad y jamás sentimos alivio sino preocupación e inseguridad. Todo hacemos mal, todo. Cómo llegamos a ser este desastre. Podrías —deberías— hacer todo mejor. Zoquete.

Ya ni siquiera se intenta disimular que “funcionar” mejor en sociedad debe entenderse como una responsabilidad individual y no como resultado de desigualdades estructurales calcificadas en oportunidades que rara vez están bien distribuidas. Los obstáculos que enfrentamos deben superarse mediante fuerza de voluntad y empeño. Quién no alcanza el éxito no se esfuerza lo suficiente.

El “bienestar”, como defienden Cederström y Spicer, es una ideología contra los vulnerables, que deben cargar con su fracaso como un estigma. En otras palabras, si no estamos bien no solo producimos menos sino que podríamos ser una carga para el resto. Cero presión.

Si nuestro trabajo nos drena la energía, y la motivación, es porque tenemos que aprender a hacerlo mejor. Y si no logramos concentrarnos, seguramente nos falte meditar. Y si eso no sale, tal vez sea porque no caminamos lo suficiente o no comemos suficientes semillas de chía. Y si con eso no alcanza… Etcétera.

Para sentirse bien hay que trabajar. El estado físico depende de trabajar en nuestro cuerpo, el amor de otras personas es merecido cuando trabajamos en nuestras relaciones, y nuestra felicidad se logra trabajando en nuestra salud mental. Incluso si perdonamos esta pobre elección de palabras asumiendo que solo refiere a ocuparse de todo eso, trabajar no es la única manera de hacerlo.

Trabajar, trabajar y trabajar tal vez sean parte del problema. Quizá estemos haciendo demasiado, incluso si nada parece alcanzar, y podamos, por una vez, probar con el niksen, con hacer un poco más de nada.

A veces conviene no hacer nada si no hay nada que hacer, y otras conviene no hacer nada antes de que sea demasiado tarde y ya no podamos seguir haciendo nada. Y si una buena idea se nos presenta, que sea de yapa.

Puede que el niksen sea otra de esas modas pasajeras, pero tiene algunas características que lo blindan de las críticas más frecuentes.

El niksen no exige cambiar ni mejorar, ni implica trabajar de ningún modo. Podríamos pensar que simplemente reflexionar es una forma de no hacer nada, pero también puede ser una tarea. Lo mismo ocurre con evaluar cómo nos sentimos, planear el futuro o preocuparnos porque todos a nuestro alrededor estén bien. Esto último es trabajo mental y emocional, y es precisamente cuando no lo consideramos una forma de trabajo que estamos subestimando la carga mental que desproporcionadamente recae en las mujeres.

Mirar televisión, leer un libro o perdernos en una pantallita tampoco son formas de no hacer nada. Pueden ser formas de procrastinar, pueden ser formas de evitar el aburrimiento o la angustia, o incluso de relajarnos, pero todas estas actividades tienen un objetivo.

El niksen, por el contrario, es una elección consciente de no hacer nada sin un objetivo específico. No es una forma de pereza ni de aburrimiento, que surge del deseo de hacer algo satisfactorio que no estamos pudiendo hacer.

La nada nos intimida, nos asomamos en su abismo infinito y con absoluto terror de tropezar retrocedemos y seguimos camino, que aquí no pasó nada. La usamos como descripción de aquello que no tiene valor y respondemos “no estaba haciendo nada” cuando aquello que hacíamos jamás quedaría ubicado en un estante a la vista de todos.

No hacer nada se nos presenta como uno de esos placeres culposos, una actividad que no dejamos de hacer pero no nos animamos a confesar. Por eso la teñimos de vergüenza y asumimos que cualquier otra es más preferible. Pero no hacer nada no debería ser una recompensa. Es esto lo que nos inclina a hacer cosas hasta el punto del cansancio total, cuando ya ni siquiera nos queda energía para poder no hacer nada como corresponde.

Al considerar no hacer nada una pérdida de tiempo, una traición a nuestra productividad, ni siquiera podemos comenzar a darle su propio lugar, su propio espacio para respirar. No tenemos idea de por dónde comenzar mientras sentimos respirándonos en el cuello a todas las cosas que no estamos haciendo mientras no hacemos nada.

El niksen no es algo de lo que avergonzarse ni tiene demasiado que ver con el mindfulness, aunque sea sencillo confundirse. Ambas prácticas tienen algo de quietud, incluso de introspección, pero meditar no es una forma de no hacer nada. Enfocar nuestra mente, observar nuestra postura, nuestra respiración, nuestras emociones, implica esfuerzo, y eso traiciona el objetivo del niksen.

Incluso lo podríamos describir como una suerte de anti-mindfulness que no requiere consciencia alguna sino más bien un escape de tu cabeza, una excusa para perder tiempo sin salir luego a buscarlo.

Pero no hacer nada no requiere más que hacer cualquier cosa pero sin un objetivo, sin un propósito, como mirar por la ventana, caminar por la vereda, sentarse un ratito o simplemente contemplar las nubes sin juzgar ni intentar ponerles nombre. El niksen se encuentra escuchando un disco solo por el breve goce de los sonidos, cuando nos sentamos a no hacer nada mientras el sol nos entibia sobre el pasto, cuando logramos resistir sacar el teléfono o cuando miramos a las personas que pasan. Y si el sueño nos envuelve, que no le avise a los mosquitos.

Quizá la forma más bella del dulce hacer nada sea el soñar despierto, el libre deambular de nuestros pensamientos sin intento alguno de capturarlos ni registrarlos, solo porque sí. Tomar un café, pero sin exigencia alguna de saborearlo. Y si algo sacamos de todo esto, que sea nuestro accidente favorito. No se trata de un esfuerzo, sino de darnos permiso para no producir o lograr absolutamente nada más que nada.

Cuando no estamos haciendo nada estamos haciendo algo importante. Estamos haciendo nada.


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