Cómo funciona hacerse un tatuaje

“No, no me voy a arrepentir”.

Lo repetí, durante días, meses y años, hasta el instante mismo en que la aguja tocó mi piel. Lo repetí hasta que me resultó absolutamente convincente. Me aseguré, a fuerza de tiempo, de no estar siendo impulsivo.

Pasaron los años y allí estaba, igualmente potente, el deseo de hacerme un tatuaje.

Desde hace más de un siglo se dice que los tatuajes estén de moda y que finalmente se están popularizando. En 1908 el New York Times titulaba “Tatuajes en aumento: la costumbre no se limita sólo a los marineros” y debajo decía que “aunque los tatuajes se han originado como ornamento de pueblos no civilizados” era probable que “la difusión de esta costumbre nunca haya sido mayor”, incluso si ya no tantas personas tatuadas adoptaban el mar como medio de vida”.

Cien años más tarde, otro artículo afirmaba que “nunca antes tatuarse fue un hábito tan generalizado como lo es hoy en Occidente”. Una despreocupada proyección nos haría concluir que para cada momento de la historia, nunca antes hubo más personas tatuadas, ni tanta fascinación con una novedad que no lo es.

Y que nadie diga insista con que son un tabú: el mero hecho de que sus versiones temporales se repartan sin reparo como souvenir en cumpleaños infantiles parece indicar que se trata de algo más bien normalizado.

Como sugiere el historiador Matt Lodder en Painted People (2022), la historia de los tatuajes está plagada de clichés: que ahora todo el mundo se tatúa (¡hasta las mujeres y los ancianos!), que los tatuajes son cosa de malvivientes y motoqueros, que son una forma de subversión contra una sociedad que no nos comprende y que no son otra cosa que una moda pasajera que conviene evitar.

Y las reacciones, ahora y entonces, parecen ser siempre las mismas: que cuál es su significado, que cuánto dolor hay que soportar y que si no tememos la trágica, trágica posibilidad de “arrepentirnos más adelante”.

Cualquier caprichosa bibliografía acerca de los tatuajes es atravesada por estos temas.

Los tatuajes no son ni tan nuevos ni tan originales. Como explica Carl Zimmer en Science Ink (2011), una encantadora colección de tatuajes con motivos científicos, puede ser tentador desestimarlos como errores de juventud, destinados a desgastarse o a ser borrados con un láser, pero los tatuajes están grabados en lo más profundo de nuestra especie: dos de las marcas distintivas del Homo sapiens son la decoración y la autoidentificación.

Sería apresurado comparar todo tatuaje en mera virtud de cómo fue producido. “Las pinturas rupestres, los frescos renacentistas y los grafitis en un baño no son comparables simplemente porque están pintados sobre paredes”, acota Lodder. Los tatuajes, en cambio, son parte del patrimonio cultural intangible. Ofrecen una visión más profunda de las personas que los hicieron, las personas que los vistieron y sus contextos culturales.

A menudo pensamos en los tatuajes como declaraciones de identidad: esto es lo que soy, lo que amo, en lo que creo. Pero también podríamos inscribir en nuestra piel lo que tememos, lo que odiamos, lo que esperamos ser pero aún no podemos lograr. O algo que no queremos olvidar.

El avistaje de un tatuaje parece evaporar los límites a la privacidad que los buenos modales deberían dictar. “Es como estar embarazada”, escuché por ahí, “tu cuerpo se vuelve tema de conversación no solicitada”. La pregunta acerca de qué significa aquello que llevamos en la piel se nos abalanza sin mesura y un intercambio irrelevante se vuelve un ejercicio de hermenéutica cutánea, a veces incómodo, en tensión con cierto deseo de que nuestro cuerpo sea respetado en su intimidad. De fondo se percibe el prejuicio de que alterar nuestro cuerpo por mero placer estético no es lo suficientemente noble sino algo banal, un atropello.

Un tatuaje puede percibirse como una exteriorización de nuestro mundo interior, pero no siempre cumple ese objetivo. A veces, para tener el privilegio de conocer un mundo interior debemos contar también con el de conocer una ropa interior: muchos tatuajes no son para nadie más que la persona que los porta.

Reducir un tatuaje a la mirada ajena es tan necio como pensar que el modo en que nos vestimos, nos delineamos los ojos o nos pintamos las uñas solo apela a la opinión de quien nos cruce. El modo en que nos mostramos es primero íntimo.

Un tatuaje es una imagen, un objeto de interpretación pero ya no aquella irreflexiva y forzada sino una íntima, la de la búsqueda de sentido que una imagen, en este caso grabada sobre nuestra propia piel, puede tener a lo largo del tiempo. De igual manera que nuestros frágiles recuerdos suelen cobrar diversos y a veces incompatibles sentidos a medida que son agrupados con otros más recientes, nuestros tatuajes se renuevan incluso a medida que sus tintas se degradan.

“Todas las imágenes tienen un significado y guardan cierta relevancia”, escribe Lodder. “Sin embargo, las imágenes tatuadas, que se adquieren de forma lenta y dolorosa y transforman para siempre los cuerpos de quienes las llevan, son quizá las que poseen el mayor significado y relevancia de todas”.

Como resume Zimmer, “hace setenta mil años nuestros antepasados perforaban agujeros en caracoles, probablemente para hacer collares, y molían ocre para pintarse el cuerpo. Hace treinta mil años, creaban magníficas pinturas en las paredes de las cuevas. Seguramente podrían haber convertido sus propios cuerpos en paredes de cuevas para exhibir los animales que adoraban, o para marcar su pertenencia a una tribu”. Cambian los animales y cambian las tribus, pero el espíritu se mantiene más o menos igual: la piel es un lienzo más.

Claro que al hablar de “tribus” la mente se nos dispersa y la distancia con cualquier forma de “civilización” se nos alarga. Quizá por eso durante demasiado tiempo se creyó que la práctica del tatuaje —ajena y, ciertamente, algo salvaje— recién había sido introducida en Europa gracias a los viajes por el Pacífico de los exploradores.

La evidencia más antigua de la práctica tiene poco más de cinco mil años, tanto en Europa como en Egipto. Se suele decir que Ötzi, el hombre tatuado más famoso de la historia (perdón Beckham), “revolucionó” la historia de los tatuajes. Este cazador que vivió hace 5.300 años fue descubierto por casualidad en los Alpes italianos, momificado naturalmente por el frío. Los 61 tatuajes que cubrían su cuerpo, principalmente en forma de líneas y cruces, probaron la existencia de una rica cultura del tatuaje durante la Edad de Cobre.

No es que en Europa no hubieran personas tatuadas, pero esta práctica (que carecía de nombre propio) era motivo de sospecha y se asociaba con criminales, marineros y extranjeros, entre otros grupos marginados, con una profunda connotación negativa.

Fue recién cuando el capitán James Cook visitó Tahití en 1769, durante el primero de sus tres viajes al océano Pacífico, que los europeos se mostraron por primera vez curiosos por la práctica e incorporaron la palabra tattow (luego tattoo), tomada de la onomatopeya samoana tátau que significa “marcar” o “golpear dos veces” (en referencia al método tradicional de aplicar sus diseños), que eventualmente llegaría al castellano a través del francés tatouage.

No obstante, la práctica del tatuaje en la Polinesia ya era conocida. Expediciones como la de Pedro Fernandes de Queirós en 1595, Samuel Wallis en 1767 y Louis Antoine de Bougainville en 1768 documentaron su existencia, aunque sin profundizar en detalles ni mostrar demasiado interés. Mientras que los relatos españoles eran breves y superficiales, Wallis, en particular, prefirió intentar una incursión violenta. Bougainville —quien unos años antes había dado su nombre a las Islas Malouines o Malvinas— apenas estuvo diez días en Tahití y luego siguió camino.

En cambio, como describe el antropólogo Nicholas Thomas en Tattoo (2005), durante la misión de Cook —que no era colonizadora sino que epitomaba el espíritu secular de la Ilustración— fue cierto apetito por el asombro lo que les permitió detenerse con mayor respeto e interés en el modo en que las personas que habitaban las islas dibujaban sobre su piel, procurando un sentido de confianza mutua e intimidad.

La tripulación de Cook —que incluía naturalistas, artistas y marineros— estaba dispuesta a someterse a la “violencia controlada del ritual del tatuaje” y permitió que los artistas tahitianos marcaran sus cuerpos. El detalle crucial es que para cuando llegó Cook los tahitianos, bastante pillos, ya sabían cómo lidiar con europeos para sacarles provecho.

En su regreso a Europa el mito del origen polinesio del tatuaje, junto con el fabuloso término, quedaron bien establecidos, en gran parte gracias a los libros que en su desfachatez e ignorancia dieron por “descubierta” una tradición milenaria y prácticamente universal, presente en Europa durante miles de años antes y después de la muerte de Ötzi en los Alpes.

Los pictos, una confederación de tribus celtas al norte de Gran Bretaña, por ejemplo, estaban cubiertos de tatuajes azules (lo que podría explicar su nombre, cuya raíz es la misma de pintura), y en el siglo X, el escritor árabe Ahmad ibn Fadlan escribió que entre los Rus (de las actuales Ucrania, Rusia y Bielorrusia) “desde la punta de los pies hasta el cuello, cada hombre está [tatuado] en verde oscuro con diseños”.

Los tatuajes nunca desaparecieron. Solo había que interesarse.

En mi caso, creo que descubrí los tatuajes cuando tenía 5 años. O al menos entonces fue la primera vez que me llamaron la atención.

Con mi amigo Mateo éramos inseparables. Vivíamos en el bosque y nuestras casas estaban a un breve trote de la otra. Eran intercambiables, como nuestros recuerdos, y solíamos entrar y salir sin tocar la puerta. Iba directo a su habitación, me fijaba si estaba y si no, me iba.

Una tarde de verano, en una de mis invasiones domésticas, me saludaron desde la sala. Estaban de visita sus abuelos de Buenos Aires, y eso significaba con elevado grado de certeza algún juguete nuevo con el que nos podríamos ocupar.

Superando mi timidez, me acerqué a Papú y Yayá (del griego παππού y γιαγιά, abuelo y abuela) que tenían un extraño acento, de esos que solo pueden guardar una gran historia. Papú por algún motivo estaba convencido de que yo era muy inteligente —y a Mateo eso no le gustaba. Dice que me metían demasiada presión. Yayá era más difícil de descifrar pero también era una abuela, y con las abuelas no hay tanto que entender. Solo hay que hacer de nieto.

Absorbido como estaba, probablemente con alguna caja, me hicieron saber que correspondía saludar. A medio camino noté que en el brazo tenía numeritos. De lo poco que podía entender de cómo funcionan los números no pude darle sentido a sus marcas, pero sí a su abrazo.

Auschwitz fue el único campo de concentración nazi donde se llevó a cabo sistemáticamente el tatuado de prisioneros, con el objetivo de llevar un mejor registro de los cadáveres sin tener que valerse de etiquetas en la ropa. Estos tatuajes buscaban deshumanizar, controlar y despojar a toda persona de su identidad, que ahora se reduciría a un número.

La idea no era original: pueden rastrearse prácticas similares de castigo e identificación en la antigua Grecia, el Japón del período Edo o las prisiones rusas del siglo XVIII, aunque hasta ahí llegan las comparaciones. En Auschwitz despojar de los nombres en vida era un objetivo secundario.

Pero la relación entre los sobrevivientes de Auschwitz y sus tatuajes no es lineal ni homogénea.

Si bien fueron concebidos como instrumentos de degradación y control, para algunos sobrevivientes se convirtieron en emblemas de supervivencia y parte de la identidad de quienes soportaron esos horrores. Para otros, algo de lo que nunca querrían volver a hablar.

Como cuenta la profesora Gila Safran-Naveh luego de entrevistar a más de cien mujeres sobrevivientes de Auschwitz, muchas habían desarrollado una relación inesperada con sus marcas y cicatrices. Estos tatuajes violentamente grabados sobre su piel otorgaban un macabro sentido de unicidad: algunas interpretaron la inscripción como indicio de que vivirían, otras lo mostraban como un adorno o buscaban sentido en los números. “Sin saber lo que significaban, le dieron su propio significado”, dice.

Mateo me contó que un tiempo antes de morir Yayá se borró su tatuaje.

Desafortunadamente, aún persiste la absurda idea de que un cuerpo “marcado” es un cuerpo arruinado, algo evidente en la vetusta y misógina idea de que es honrosa la “virginidad”, un concepto mayormente religioso sin correlato objetivo cuyo fin último no es otro que el control sobre mujeres y niñas.

Probablemente el ápice de este sinsentido sea aquel episodio emitido en 2002 de Curb Your Enthusiasm en el que Larry David descubre que su madre fue enterrada en una sección especial del cementerio luego de que se le descubriera un tatuaje porque supuestamente —y esta es la clave— lo prohíbe “la ley judía”.

La ley en cuestión puede encontrarse en Levítico 19:28: “Y no haréis rasguños en vuestro cuerpo por un muerto, ni imprimiréis en vosotros señal alguna”. Quien dice “señal” dice “marca” y quien dice “marca” dice “tatuaje”, pero la palabra no existía.

Puede que no ayude a hacer buena televisión, pero no existe tal prohibición y los cementerios judíos no prohíben el entierro bajo este criterio. Incluso, como cuenta el periodista Shaun Raviv, a medida que la generación del Holocausto envejece y muere, las personas tatuadas en el judaísmo son parte de una minoría que crece dentro de otra que se achica.

Es difícil encontrar una religión que no se obsesione por indicar qué debe hacer cada persona con su cuerpo, y sus argumentos suelen ser variaciones de lo mismo: alterarlo es volverlo impuro.

Pero un tatuaje es, en realidad, una forma de reclamar nuestro cuerpo, de hacerlo indeleblemente propio. Tatuarse implica en primer lugar hacernos responsables de nuestra realidad física, en su sentido último, y de las decisiones que sobre ella tomamos. Al contrario de toda esa perorata religiosa, un tatuaje puede ser el modo en que un cuerpo marcado, lastimado, abusado puede volver a sentirse hermoso. Es esta imposición de nuestra voluntad lo que nos permite volverlo puramente propio.

Nos sometemos a un ritual doloroso por su poder transformador. De esto deriva el cliché que no mencioné más arriba: hacerse un tatuaje puede ser una experiencia “sanadora” o “terapéutica”. Cerramos una etapa, enfrentamos un duelo, inauguramos un amor que —confiamos— durará para siempre, y lo marcamos en la piel.

O tal vez creemos que un tatuaje tiene, también, poderes curativos: los tatuajes de Ötzi se encontraban principalmente en articulaciones lesionadas, lo que sugiere un propósito médico que desafía la idea de que los tatuajes europeos solo servían para identificar y castigar.

Incluso si solo resulta así por mera fortuna y accidente, muchas personas que hacen tatuajes pueden ser confundidas con terapeutas. Como una visita a la peluquería, prestar nuestro cuerpo para que sea manipulado con fines estéticos es una ocasión que por efímera no es menos íntima.

Confiamos en las manos de quien dibuja sobre nuestra piel y quizá, como quien dibuja mariposas, nos prestamos a una pequeña metamorfosis. Cambia nuestra piel y con ella cambia la mirada. Duele la transformación, sin dudas, pero quien reduce toda la experiencia de un tatuaje al asunto del dolor no es más que un idiota.

Hacerse un tatuaje —al igual que comer comida picante o mirar una película de terror— es una forma de “masoquismo benigno”, que sirve para explicar por qué se nos da por hacer cosas dolorosas cuyo riesgo es controlado, por puro placer. Esa idea, también recurrente, de que luego del primer tatuaje saldremos queriendo otro muy probablemente se explique también por lo que Paul Rozin llama “reversión hedónica”: algo que nos desagrada profundamente cuando lo vivimos por primera vez luego de una serie de experiencias se vuelve disfrutable.

Yo tengo 144 cicatrices en todo el cuerpo.

La mayoría en los brazos, quizá demasiado a la vista de quien sepa mirar, pero también en las piernas, el pecho y cualquier último centímetro que pudiera encontrar y, a veces, ocultar.

Recuerdo el día y momento exacto, un fatídico 11 de diciembre de 2007, en que me ganó el insoportable empecinamiento del mundo por convencerme de que acá no era bienvenido, y la penetrante idea de que debía lastimarme a mí mismo en, al menos, igual medida que lo que sentía se instaló a la orden del día.

No son cicatrices que resultaron de intentar escapar de los zombis, pero quizá un poco sí.

The Last of Us es un videojuego cuya primera parte caló profundísimo en mí: un fin del mundo que sucedió hace décadas, con un presente y futuro que no podrían prometer más que lo que ya se tiene. Cuenta la historia de Joel, un aguerrido sobreviviente, y Ellie, una adolescente que a pesar de haber sido mordida nunca se infectó.

Esa marca en su brazo es su condena: quienes la ven inmediatamente temen lo peor.

Principalmente, esta historia insiste en aquella embarazosamente obvia conclusión de que en cualquier momento, y sin importar qué tan horrible sea el mundo, solo se trata de encontrar a esas personas a las que quisiéramos proteger.

Cuando a fines de 2016 salió un brevísimo adelanto de su segunda parte, Ellie no solo era cinco años más grande sino que ahora llevaba un tatuaje cubriendo la marca en su brazo.

Quizá de manera forzada, no pude evitar encontrar un paralelo entre su fatídica marca y las que yo me hice a lo largo de quince años. Me dieron muchas ganas de hacerme ese mismo tatuaje, para recordarme frente al dolor que solo se trata de lograr alcanzar el borde del universo y regresar: soportar y sobrevivir.

Una semana antes de mudarme de continente me hice el tatuaje. Ahora mi brazo izquierdo está cubierto por dos ramas de helechos (Coryphopteris simulata y Asplenium pinnatifidum) y una polilla.

Tengo 144 cicatrices en todo el cuerpo, pero ahora también tengo un tatuaje que me recuerda buscar la luz cuando me encuentro en la oscuridad.


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