Querida persona que lee,
Si lo describiera pensarías que la escena fue tomada de mis peores pesadillas. Un montón de personas, todas gritando; un montón de olores, todos entremezclados; la luz, la penumbra, los colores; el roce, los empujoncitos, los abrazos; la incertidumbre en su máxima expresión, y todo esto haciendo a una de las noches más lindas que ha vivido el mundo.
Lo que muchas veces se me hace muy difícil de explicar es que yo estaba muy solo. Probablemente no en sentido estricto, pues nunca me faltó un abrazo cuando lo necesité, pero sí en ese sentido en que las personas se sienten parte de algo más grande. Como alguna vez te conté, mis intuiciones antiteístas maduraron a muy temprana edad y los deportes nunca fueron algo que me cautivara. Amor nunca me faltó, pero nunca supe cómo funciona festejar un gol.
De un lado para el otro, trataba de seguir lo mejor que podía la regla de los tres minutos que había concebido unas horas antes: intentaría pasar un ratito con cada una de las casi cien personas que decidieron venir a festejar el primer año de Idea Millonaria con nosotros. Al segundo vaso de cerveza me costaba mucho mantener la atención en cada conversación y en el segundero mental. ¿Era el segundo vaso? Quizá fue con la mitad del primero. Entre tanto barullo olvidé comer y quizá eso fue bastante poco sensato para alguien que se jacta de querer entender cómo funcionan las cosas, porque así no es como se logra funcionar razonablemente bien.
Hace algo así como tres semanas tuve la peculiar iniciativa de armar un grupo de conversación en tiempo real para que las personas que leen pudieran hablar entre sí. Si en estos dos años y monedas mantuvimos hermosas conversaciones, vos y yo, quedaba pendiente que las personas que hacen de la curiosidad una forma de vida pudieran conocerse entre sí. Yo solo soy la pauta que conecta, y lo que hago no es más que aquello de lo que se puede hablar para romper el hielo. Pero no me pesa reconocer que tampoco soy tan interesante y que para una persona que persigue insaciablemente el asombro no hay nada mejor que otra persona que en toda su complejidad tiene intereses análogos pero no idénticos.
Jamás se me hubiera ocurrido, pero no hubiera sido desatinado contar, hace unos veinte años, que cuando fuera grande quería ser una excusa para que un montón de personas hermosas pudieran hablar entre sí. Y si en este momento un rayo cayera sobre mi cabeza no me molestaría que mi epitafio leyera “Autista en patineta, insoportablemente curioso”. En la literatura científica se comentaría el curioso caso del autista que solo quería conectar; no solo cosas entre sí, sino también personas y todo lo que estuviera a su alcance.
En mi afán por no ser tan Valentín logré vencer, aunque solo fuera por unas horas, el hechizo cognitivo que me previene de ser parte del mundo. Hay más de una metáfora escondida en la forma en que Batman logra seducirme. Mis malos no andarán vestidos con calzas cometiendo fechorías pero no por eso son menos reales. Gracias a tu compañía es que tengo el privilegio, el lujo, de cagarlos a palos y poder tirar alguna frase heroica mientras los hombres vestidos de azul se los llevan.
La entusiasta de la vulnerabilidad Brené Brown escribió hace unos años acerca de algunas de las cosas que trato torpemente de comentarte. En Daring Greatly (2012), por ejemplo, define a la conexión entre las personas como aquella sensación de sentir que nos ven, que nos escuchan y que nos valoran; en última instancia que podemos dar y recibir sin que nos juzguen. La pertenencia, que viene de la mano, no es más que “el innato deseo humano de ser parte de algo más grande que nosotros”.
Tanto nos pesa esta necesidad de pertenecer que con vergonzosa frecuencia nos forzamos a encajar y a buscar la aprobación de los demás, “que no son sino vacíos sustitutos a la genuina pertenencia, e incluso obstáculos”. Según Brown el verdadero pertenecer se da cuando podemos presentarnos de forma auténtica e imperfecta. Después de todo nuestra sensación de pertenencia nunca puede ser mayor que nuestra aceptación de quienes somos.
Hace ya mucho tiempo, en el primer correo que te envié, te contaba que era un puñado de motivaciones lo que me empujaba a salir al mundo en forma de palabras. Uno de ellos, sino quizá el más importante, era un eco de palabras que leí de alguien mucho más gracioso que yo. La idea era algo así como intentar “escribir un poco más sobre lo que pienso, lo que siento, lo que me gusta y lo que no”. Y si un poco el dolor podía calmarse abriéndome y practicando una inusitada honestidad, la oportunidad era demasiado atractiva como para rechazarla.
No hay una sola semana en que no sienta este vértigo al momento de volcarme en tu bandeja de entrada. Ya ni siquiera es una preocupación, querida persona que lee, más bien creo que se ha vuelto una adicción. Pero algo que alguna vez también discutimos es el refugio que supone escribirte un correo cada semana. No solo porque evita que mi curiosidad se humedezca a la intemperie, sino porque mantiene una prudencial distancia, necesaria para que este frágil ego no se quiebre ante la amplitud térmica de internet.
Toda esta distancia, meticulosamente calibrada, se rompió cuando nos vimos las caras. Cuando, por una vez en la vida, tuve que hacerme cargo de todas y cada una de las palabras que acá tan corajudamente escribo. Cuando mirar para otro lado se vuelve engorrosamente complicado. Cuando la prueba de ácido de este vínculo que construimos toma la forma de sonidos, olores, colores, roces y todo lo que hace al bar más lindo del mundo.
Y por un momento la descripción de todo esto que hago, que me dejás hacer, se hizo eco de aquellas palabras que casi al final de su vida F. Scott Fitzgerald le dijo a su amante Sheilah Graham luego de leerle “Ode on a Grecian Urn” de John Keats y “To His Coy Mistress” de Andrew Marvell: “Esta es en parte la belleza de la literatura. Descubres que tus anhelos son universales, que no estás en soledad y desconectado del mundo. Que perteneces”.
Puesto a encontrar mi propia tribu tuve que diseñarla.
Vos sos el gol que yo festejo.
Valentín

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 28 de julio de 2019.
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