Los juguetes fueron hechos para desarmarse. O al menos de eso estuve convencido toda mi infancia. Regalarme algo, lo que fuera, era en parte estar de acuerdo con la idea de que yo iba a desarmarlo. Si algo tenía tornillos, se los sacaba. Y si no los tenía, seguro de algún modo podía verse lo que tenía adentro. Desde muy temprana edad mi principal preocupación en la vida era entender cómo funcionaban las cosas.
Quizá fue por eso que no mucho tiempo después de que aprendiera a leer me regalaron Cómo funcionan las cosas, un libro de tapa dura enorme, el más grande que había visto en mi vida. Podía abrirlo y entre sus ilustraciones leer desde los principios de la mecánica o el funcionamiento de un reactor nuclear, hasta un yate, un piano o un avión.
Todo lo que leía me cautivaba, y eran tantos los intereses que me generaban esas páginas que entre los 5 y los 11 años cambié mil veces de carrera. En algún rincón de la casa de mi mamá todavía debe estar aquella tarea del colegio donde contaba que un día iba a ser bioquímico.
Pero por mucho que me interesara saber un poquito acerca de todo, había algo en poder hacer que una luz se prenda, un motor se mueva, un parlante chirríe. Creo que el kit de electrónica, con sus LEDs y cablecitos, fue el mejor regalo que alguna vez me hicieron.
Una mañana de aquel año de la electrónica desperté con varicela y me quedé en casa. Vivíamos en Bariloche, en el medio del bosque, siempre silencioso. Mi cuarto quedaba al final de un pasillo en el primer piso. Cuando al mediodía mi mamá volvió del trabajo, le dieron la bienvenida una sinfonía de chicharras y lucecitas dispuestas a avisarme que alguien había cruzado la puerta.
Si bien ella se sorprendió, creo que un poco ya se había acostumbrado a mis inventos. De haberle dicho que en el patio tenía un cohete listo para viajar a la Luna probablemente me hubiera dicho que me abrigue y le escriba cuando llegue.
Nada de especial hay realmente en la historia de un niño que lo desarma todo. Ni siquiera debería sorprendernos: recién cuando desarmamos algo es que nos los adueñamos. Y algunas de las personas que más admiro en el mundo dicen que “si no podemos reparar algo, no es nuestro”. Entender cómo funcionan las cosas bien podría ser solo el primer paso. Cambiar cómo funcionan, arreglar lo que no funciona o incluso hacer de otra cosa algo nuevo es tímidamente cambiar nuestra realidad.
Las cosas se nos presentan como si estuvieran hechas para cumplir con una sola función y nada más. Obedientes las tomamos y les hacemos caso. La rebeldía está en reapropiarnos de ellas y hacer oídos sordos a cualquiera que fuera su propósito original.
La importancia de entender cómo funcionan las cosas está en el poder que nos da para cambiar cómo funcionan. Y con cada cambio de a poco vamos cambiando también nuestra realidad.
¿Quién dice que cuando algo “deja de funcionar” se convierte en basura? Con un poco de ingenio e imaginación los depósitos de chatarra y los galpones se convierten en ferreterías.
Este acto de rebeldía frente a las cosas, el libre ejercicio del ingenio, no es más que hackear. Hackear es reapropiarse de la tecnología, es explorar los límites de las cosas. Es justamente hacer que las cosas funcionen como nosotros lo proponemos.
Hackear es averiguar hasta dónde podemos llegar, sin perder ni por un segundo la sensación de que lo que hacemos tiene sentido y es significativo. Es por esto que un hacker no es más que alguien que se divierte con el ingenio y siempre intenta ir un poquito más allá.
Puede haber hackers de cualquier cosa, hasta hay hackers de bicicletas. Y los hackers tienen una forma muy característica de comportarse. Es por esto que hablamos de una cierta manera de vivir, de una ética hacker.
Si bien se trataba de valores en común, compartidos por grupos de personas en muchas partes del mundo, la primera vez que se habló de una ética hacker fue en 1984 cuando el periodista Steven Levy escribió en Hackers lo que encontró luego de entrevistar a un montón de personas terriblemente curiosas. Casi todas coincidían en la importancia de compartir abiertamente lo que sabían, de descentralizar ese conocimiento y de garantizar el libre acceso a las computadoras. Sobre todo, compartían un intoxicante deseo por mejorar el mundo.
Como era de esperarse, aquel primitivo interés en las cosas con lucecitas eventualmente maduró en mi interés por las computadoras. Supongo que una cosa llevó a la otra, pero en otro de mis cumpleaños, creo que apenas empecé el secundario, me regalaron The Hacker Ethic (2001), del filósofo Pekka Himanen, una exploración filosófica de la relación de los hackers con el trabajo.
Lo que encontré entre sus páginas fue que no solo muchas personas a mi alrededor adherían a la ética hacker sin saberlo, sino que era muy importante promover esas ideas a mi alrededor. Si antes era insoportable, ahora era insoportable con argumentos.
Y no es realmente difícil empatizar con la ética hacker. Entre otras cosas, lo que propone es que la curiosidad sea el motor detrás de lo que hacemos y aprendemos, que las personas sean autónomas y libres en la exploración de sus intereses, y que compartir entre todos no sólo la información sino también las herramientas es un deber moral.
Todos estos valores, que podemos resumir en la idea de que un mismo problema no tenga que ser resuelto dos veces, además venían aparejados de una postura muy poderosa: no reclamar que se hagan las cosas sino exigir que se nos quiten los obstáculos para que podamos hacerlos nosotros mismos.
Por supuesto que suena utópico, pero solo hasta que caemos en la cuenta de que estos fueron los valores a los que suscribieron aquellas personas que construyeron gran parte de la infraestructura de internet y dieron el patadón que puso en marcha el mundo en el que vivimos.
No es que la ética hacker sea realmente novedosa en su propuesta, sino en cómo abreva de muchas intuiciones y esfuerzos previos. En especial, la ética hacker es una ética del juego.
Jugar es enfrentar la incertidumbre con libertad, creatividad y autonomía. Como ética del juego, la ética hacker nos ubica a nosotros y a nuestras pasiones e intereses en el centro de nuestro mundo. Si nos consideramos ‘jugadores’ y no ya ‘trabajadores’ ampliamos inmediatamente la idea que tenemos de nosotros mismos y de lo que somos capaces de hacer.
Cuando jugamos existe un desafío, algo que se resiste, que nos invita a indagar, y es por eso que el juego es una de las mejores formas de aprender. Esto es lo que investiga David Perkins, un profesor de la Universidad de Harvard que usa al juego para estudiar el aprendizaje verdadero, es decir, “la habilidad de pensar y actuar con flexibilidad a partir de lo que sabemos”.
Entender no es solo poder pensar sino también poder hacer. Recién cuando podemos realizar una tarea concreta que nos hace poner esa comprensión en juego es que podemos darnos cuenta de si entendimos algo. Y cuando el juego no está funcionando o simplemente no podemos entender cómo funcionan las cosas es que se vuelve indispensable contar con alguien que nos de la mano que nos falta.
Una de las anécdotas que más le gustaba contar a Einstein acerca de su niñez es la de cómo se sintió cuando a los cinco años le mostraron una brújula. Su papá se la trajo una tarde que estaba en cama por un resfrío. El pequeño Albert la giraba y la aguja no le hacía caso. Una fuerza invisible la llevaba siempre hacia la misma dirección. Había algo más que lo que alcanzan a ver los ojos. “Una maravilla”, pensó.
Este mismo tipo de curiosidad es a lo que él le atribuyó toda su carrera. “No tengo ningún don especial”, decía con insoportable humildad, “solo soy apasionadamente curioso”. Como su papá con la brújula, una de las claves de perseguir la curiosidad está en contar con alguien que nos acompañe y cuando haga falta nos lleve de la mano: un mentor.
Para Sócrates al conocimiento se llegaba a través de las conclusiones que podemos sacar por nosotros mismos y no a partir de lo que nos enseña alguien más. Ese es el rol del mentor: orientarnos, darnos las herramientas que necesitamos y destrabarnos.
Una de las cosas más lindas del momento en el que vivimos es que este rol de mentores a veces puede ser cumplido ya no por una persona sino por toda una comunidad. El conocimiento se construye entre todos y luego es a través de tutoriales, ensayos, videos, etcétera, que podemos aprender a hacer lo que sea. Lo más lindo es que no necesitamos ser expertos: alcanza con ser apasionados amateurs, ávidos de compartir lo que sabemos.
Amateur es una linda palabra francesa que viene del latín para ‘el que ama’, y me gusta porque rescata la pasión de los que amamos lo que hacemos. Cuando estamos apasionados por resolver algo o alcanzar una idea, podemos lograr un montón de cosas sin ser expertos, en mera virtud de buscar y estudiar lo que vamos necesitando a medida que lo vamos necesitando.
Todas estas distintas cosas que vamos aprendiendo, a veces tan disímiles entre sí, se condicen directamente con lo diverso de nuestros intereses personales. Por eso para problemas muy específicos suelen ser las comunidades creativas las que logran dar con una solución que de otra manera difícilmente se hubiera alcanzado.
Tantos son los problemas que puede interesarnos resolver y tantas pueden ser las cosas que nos interesan que muy difícil una carrera pueda satisfacerlos a todos. Es por esto que el perfil del hacker está tan relacionado con el del autodidacta, y en última instancia, con el del polímata.
Los polímatas son aquellas personas que saben de muchos campos distintos; en la antigüedad la mayoría de quienes hoy llamaríamos científicos eran polímatas. El ejemplo por excelencia es Leonardo Da Vinci, que, además, para muchos fue un hacker del Siglo XV, pero ejemplos realmente sobran.
En pocas palabras, hacker es quien se dedica a entender cómo funcionan las cosas, que procura saber un poquito acerca de todo, y divertirse con su ingenio. Hackear no es más que jugar, y jugar es realizarnos como individuos. El desafío está en hacer coincidir el juego de la curiosidad con el interés por el hackeo, por reapropiarnos de la tecnología.
Lo que buscamos a fin de cuentas es sentir que somos actores sobre la realidad y no meros espectadores de las acciones de los demás. Pero para cambiar el mundo no alcanza con cerrar fuerte los ojos y hacer fuerza. Hacen falta buenas ideas, y para tenerlas tenemos que poder reconocer con qué contamos.
La creatividad no es más que hacer algo nuevo con las cosas con las que ya contamos. Es por esto que el truco para tener buenas ideas no está en irnos a una cabaña lejos del mundo a tener grandes pensamientos, sino en conseguir más y más puntos que unir. Esto es precisamente lo que nos invita a ejercitar la ética hacker: poder reconocer, más allá de la superficie, con qué contamos para tener nuevas ideas.
Esto es lo que inspira la propuesta de perderle el miedo a entender cómo funcionan las cosas. Es crucial que las personas sepan que está a su alcance la comprensión, y que si no lo estuviera, siempre hay alguien dispuesto a ayudarnos en aquello que nosotros no podemos hacer. De algún modo, tenemos que animarnos a jugar más y a desarmar nuestros juguetes para ver cómo funcionan. Tal como hacen los niños.
Creo que hay un grave peligro en perder el interés por entender cómo funcionan las cosas. Si el mundo a nuestro alrededor nos resulta permanentemente impenetrable e insoportablemente ajeno difícilmente podamos reconocer en nosotros el más mínimo poder para alterar nuestro entorno.
Por eso incluso más importante que entender cómo funcionan las cosas es procurar entender cómo funcionan las personas. A fin de cuentas van a ser nuestros intereses personales los que definan nuestras aventuras explorando el Universo. Pero cuesta imaginarlo sin el esfuerzo por reconocer nuestras diferencias y contribuir a que cada persona pueda jugar el juego de la curiosidad, siendo mentores y amateurs y cultivando comunidades en las que se comparta el conocimiento.
Ojalá mucho más seguido encontremos personas a nuestro alrededor que quieran dedicarse a entender cómo funcionan las cosas, y, por qué no, a cambiar el mundo.
Este texto está basado en una charla TEDx presentada en 2013.

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 19 de noviembre de 2018.
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