Este es un correo enviado a las personas que sostienen económicamente Cómo funcionan las cosas. Si te gusta lo que hago y crees que todo esto tiene algo de valor te pido que consideres colaborar mensualmente para que pueda seguir escribiendo.
Querida persona que está para mí en todas,
¿Cómo estás?
Espero que en la última semana no se te haya incendiado nada.
No fue hace mucho que te escribí por última vez, pero imaginé que te habías preocupado y me parecía un desatino guardarme estas palabras.
El viernes iba en el colectivo cuando el podcast que iba escuchando fue interrumpido por una llamada. El 152 se volvió mi favorita desde que hace dos meses me vine a vivir temporalmente a San Telmo hasta encontrar dónde instalar mi ego, con todas sus frustraciones, más permanentemente. Tiene aire acondicionado, y eso ya es ganar.
Era mi hermana Guadalupe: “Se quemó el estudio”. Sin problemas para descifrar lo que me estaba diciendo activé un protocolo de respuestas a malas noticias: “¿Están todos bien?”. “Sí”, me dijo, y me dio pie a la segunda pregunta: “¿Cuánto se quemó?”. “Todo, no quedó nada. Se quemó absolutamente todo”.
El “estudio”, como siempre le llamamos, era un cubo de 8 metros de lado que mi papá construyó al pie del terreno en el que está la casa en la que crecí, en el medio del bosque en Bariloche. La madera con la que lo hicieron vino del jardín de casa, de árboles que hubo que voltear cuando empezaron a desmejorar y se volvieron peligrosos. Una de las primeras cosas que nos vemos forzados a entender creciendo en el bosque es que a veces el bosque es una amenaza para las frágiles vidas que construimos.
Mi papá durante ocho años fue y volvió de Guatemala montando un proyecto llamado Por qué estamos como estamos, originalmente una exposición itinerante surgida a partir de la “Campaña nacional de diálogo interétnico” que exploraba las relaciones sociales en Guatemala al finalizar la cruenta guerra civil, no hace tanto tiempo. Mi papá de cada viaje se traía alguna máscara tallada en madera, algún tejido, alguna huevada que eventualmente se convertiría en cientos de miles de huevadas.
Todas las cosas interesantes de casa llegaron fortuitamente a través de una historia como esta. Un televisor que salió del premio de algún certamen de dibujo, tal cosa que compraron cuando plagiaron un cuadro de mi papá y tuvieron que pagarle derechos de autor, y así. El estudio era todos esos viajes a Guatemala que lograron hacer de un montón de árboles moribundos una guarida en el medio del bosque.
Las cosas en mi familia tienen la simpática cualidad de nunca estar terminadas. Mi mamá ahora mismo está instalando un baño en la casa en la que crecí que fue contemplado en la construcción original hace poco más de 30 años pero para el cual nunca habían tenido el dinero. Una jubilación de docente y tres pajaritos que dejaron el nido más tarde mi mamá de a poquito se puso en campaña para avanzar en continuar la casa interminable.
El estudio, aunque quedaría para siempre inconcluso, se pudo construir bastante de un tirón. Salvo por un pequeño cuarto de cemento en el que instalaron un termotanque, estaba hecho completamente de madera. “Una caja de fósforos”, como alguna vez alguien supo poner en palabras, a la que un día le llegó su chispazo.
Aunque nunca viví en aquel estudio, allí es donde creo que empecé el arduo camino desde ser una masa informe a convertirme en algo bastante parecido a lo que hoy soy. Cuando tenía 12 años y mi papá terminaba de trabajar, luego de cenar yo pedía permiso para irme al estudio. A mi casa de Bariloche no llegó la banda ancha hasta luego de que yo me hubiera mudado a Buenos Aires, por lo que lo más parecido que tenía era una conexión de dial up con tarifa plana a la que podía conectarme a 56K durante toda la noche, o hasta que me agarrara tanto frío o sueño que debiera abandonar por la jornada.
Un recuerdo que ahora tendré que preservar en estas palabras es el de mis dedos cada vez más adoloridos por el frío de la noche barilochense. Cada tanto me levantaba para ir a devolverles algo de vida en la estufa y luego seguir. Fue durante esas largas noches que aprendí a programar mis primeros sitios web. Si bien mi primer sitio web lo hice en el año 97 usando FrontPage, fue a los 12 que me metí a programar en PHP y no tanto después comencé mi primer blog, ahora congelado en algún backup.
Con frío en los dedos también me la pasé jugando al GTA, disfrutando más de las formas en que podía modificar su funcionamiento, cargándole canciones que a mí me gustaran en la radio de los autos y manejando durante la noche, ahogando penas adolescentes. Y tipeando desde aquel cubito de madera tuve mi primer romance por internet, del que algún día si querés te puedo contar.
Creo que alguna vez te conté que uno de los aspectos de mi cognición que más llama mi atención es la forma en que opera mi memoria. Hace unos pocos días me senté a tomar un café con una chica con la que alguna vez me había cruzado cuando me invitaron a dar una charla en mi Facultad. Claro que no desde la carrera de filosofía, sino en la de ciencias de la educación. La invitación era simplemente que fuera a contar de mis aventuras, de las que tengo montones.
Sin darle mucha importancia al asunto le dije que aunque habían pasado dos años me acordaba de ella. Fue con su reacción que me di cuenta de que eso podía leerse sin mucha dificultad como un grotesco alarde, un chamuyo. Ante su descreimiento le describí exactamente dónde estaba sentada mientras yo hablaba y a quien tenía adelante y atrás. No tuvo más que darme la razón. Por qué puedo recordar dónde alguien que estaba sentada alguien que vi una sola vez en mi vida hace dos años y no logro recibirme es lo que se pregunta todo el mundo.
Cuando escribo —y en especial cuando te escribo— trato de no entregarme al vicio de hacer estos recorridos memorísticos a los que atribuyo nulo valor literario. La palabra que busco es indulge en inglés pero en castellano no encuentro una traducción que me deje satisfecho. Es como un gustito que trato de no darme pero espero que tras todo esto me lo permitas por esta vez.
El estudio fue construido sobre un playón de cemento, lo único que hoy queda, y tenía dos entradas: una en un lateral y otra, a 90 grados, elevada y dando directo a un entrepiso de circulación. Desde esa segunda entrada podía bajarse a la planta baja, pasar al baño (montado encima de aquella única caja de concreto que mencioné arriba) o bien subir a la planta alta.
En la planta baja, al menos cuando todavía vivía en Bariloche, nunca hubo un espacio habitable. Allí amontonábamos las bicicletas, viejas computadoras y otros trastos. Era donde iban a parar todas las cosas que habían cumplido su ciclo en la casa, cosas que habíamos heredado, restos de cosas que en algún momento mi papá pensó que para algo podrían servir, y un montón de cuadros y objetos peculiares.
Mi papá sobre todas las cosas es un artista. Es raro ponerlo en esos términos porque no hay muchas personas que puedan describirse como tales y vivir de eso. Pero creo que mi papá fue el primer artista que conocí. Aquel estudio no había sido el primero, sino el digno sucesor de una mucho más pequeña caja de zapatos que quizá en parte aún sigue en pie, a unos metros de donde ocurrió el siniestro.
Aquel primer estudio, me contaba hace un par de noches mi papá, era de esas “casas” prefabricadas de 3 por 5 metros. “Un día vinieron con las paredes en un camión, las bajaron y las montaron. Era tan chico que cuando pintaba, incluso en invierno, tenía que salir al jardín para mirar desde lejos a través de la ventana cómo estaba quedando un cuadro”.
Cuando ya había oscurecido y mi mamá nos llamaba a comer, y yo era tan chico que no alcanzaba a los interruptores de luz, a veces me tocaba ir a avisarle. Bajaba en la oscuridad del jardín hasta su estudio a darle aviso y espiar en qué andaba. Recuerdo el aire enrarecido por el tabaco y las pinturas, y el grabador tipo boombox en el que escuchaba radio o algún cassette gastado. Todo en aquel lugar crujía, como si las maderas en realidad estuvieran hechas de cartón. Las maderas eran de un color negro, como si las hubieran sumergido en petróleo, y no cabía mucho más que lo que había.
Mi hermana recuerda, también con profunda nostalgia, la banqueta de madera en la que a veces nos sentábamos a hacerle compañía, aunque muchas veces en ella apoyaba algún vaso, algún pincel, algún instrumento de esos que no tienen mucho sentido hasta que alguien con cariño y paciencia nos explica para qué demonios sirve. Cuando construyeron el nuevo estudio y este cayó en desuso en parte del playón que quedó liberado aprendí a andar en skate. Patinar en Bariloche implicaba tener exactamente un espacio de dos por dos en el que aprender a picar e intentar fallidamente alguna pirueta.
De noche nos encantaba ir al estudio con mis amigos. Yo encontraba un especial placer en la fascinación que ese lugar provocaba en todo el mundo. Aquellos objetos que yo había naturalizado suscitaban preguntas y miradas de asombro. “¿Y esto lo hizo tu papá?” alguno preguntaba apuntando. No hay espacio que mi papá habite que no se convierta en una especie de museo, o espacio de interpretación. Es como su superpoder, y por eso es que se le da tan bien con eso de lo que trabaja de día: diseñando exhibiciones de museos.
Mi hermana pasó los últimos dos días recuperando lo poco que se salvó. Desde hace algunos años que en aquella cajita de madera vivía Fer, una especie de cuarto hijo que mi mamá adoptó como inquilino. Le daba vida a aquel estudio y, sin duda alguna, hacía más feliz la vida de mi mamá. De a poco el estudio fue mutando y muchas de las extravagantes decoraciones acumuladas con los años fueron descolgándose para que Fer pudiera desplegarse. Un hito de aquel largo proceso fue el envío de unas quince cajas que hace apenas una semana me tocó descargar de un camión y subir al departamento en San Telmo. No puedo empezar a describir lo pesadas que eran, pero supongo que a eso se refieren con el peso de los recuerdos.
Por un momento pensamos que esas quince cajas eran todo lo que insospechadamente había quedado de aquel estudio. Y luego empezaron a llegar las fotos. Cuadros chamuscados, cuadernos de los años 70 empapados, algunos poemas que no sabíamos que mi papá había escrito con máquina de escribir desparramados por el jardín. En el plan de liberar espacio para Fer muchas de las cosas de mi papá habían ido a parar a un rinconcito debajo del termotanque en aquel escondrijo de cemento que resultó ser lo único ignífugo de aquella maldita caja de fósforos.
Mi hermana sigue enviando fotos. Todo lo que había repartido por el jardín para que el sol lo secara ahora está desperdigado por la casa de mi mamá, al menos para pasar la noche. Creo que el momento en que aquellas fotos —y videos— de mi hermana adoptando el papel de restauradora empezaron a caer provocó un calorcito en el centro del pecho que no sentía hace mucho tiempo. En el grupo que compartimos entre mis hermanos Guadalupe va pasando el parte: “Se salvó la carpeta con tus dibujos del 80, por afuera estaba derretida pero recuperé lo de adentro”, y si algo me enseñaron cada vez que me sentí muy feo es que lo que importa es lo de adentro.
Quizá la parte más trágica de todo este asunto sea que todo este vaciamiento fue motivado por una linda noticia: al estudio se iban a mudar junto a Fer su novia y la hija de ella. Al momento en que todo se prendió fuego y los vidrios comenzaron a derretirse estaban todas sus cosas, junto a las de ellas. Fue un segundo. Unos dicen que fue un enchufe que estalló, otros dicen que fue un electrodoméstico. Están quienes insisten con la pregunta acerca del seguro, pero nadie te asegura una construcción con tal proporción de madera. No, nada estaba asegurado.
Lo único seguro es que donde hay fuego está Guadalupe. Según su cuenta este es el tercer incendio en el que le toca estar. Uno fue en casa de mi abuelo el día que mi papá tuvo un infarto, algo de lo que escribió en Air Carnation, otro fue en casa de mi mamá una noche en que las llamas casi se llevan también aquellos recuerdos.
El día en que las llamas se morfaron parte de nuestra vida Guadalupe escribió:
“Así sucede: estás por almorzar y lo siguiente que sabés es que tenés un matafuegos vacío en una mano y una manguera en la otra y las llamas de 30 metros consumen la casa y el aire duele en la piel y el polvo blanco del matafuegos te es devuelto por el viento sin siquiera tocar el fuego, y los ojos te dicen que te podés acercar más y lograrlo pero el cuerpo se niega a avanzar hacia el dolor, y duele pero más duele no intentar. La barrera es invisible y determinante, todo quema y te alejás y lo ves todo. Todo se quema y lo único que querés es que pare. Ya no importa que se perdió toda la obra, todos los cuadros que pintó mi papá, una casa entera, que Fer nuestro inquilino y hermano por adopción se quedó con lo puesto y lo mismo su compañera, importa que pare, que por favor pare ya porque es aterrador, porque no conozco una violencia de pisos que se caen y vidrios que explotan y ese dibujito que hice cuando tenía tres años y esa banqueta salpicada de pintura que era lo único que yo un día quería heredar porque es la imagen feliz de mi infancia, y el olor de esa casa que hoy se quemó hasta los cimientos y no quedó nada, más que el ardor en el pecho y el brazo que sostenía el matafuegos y saber que esta noche habrá el estruendo del techo que desiste y mañana los amigos vendrán a llenar containers de escombros de lo que fue tan hermoso. Por favor hagan donaciones a les bomberes que son VOLUNTARIOS. Es la tercera vez en mi vida que paso por el instante eterno de esperarlos y los veo literalmente ser héroes y heroínas. Gracias a les bomberes hoy no se incendió todo mi barrio comunicado a través de espesos árboles. Estamos bien, mi mamá se esguinzó un tobillo y yo me chamusqué un poco pero estamos las dos bien. Gracias a les amigues que acompañaron esta rotunda muestra de que nada es para siempre.
Guadalupe es algo de otro planeta. Hasta hace unos años… Bah, hasta que te mandé mi primer correo hace casi tres años ella era la escritora, mi hermano era el músico y yo bien gracias. Pero ella es quien me enseñó que para ser escritor hay que escribir, y eso trato de hacer. Pero mis palabras son bien distintas de las suyas. A veces me da la sensación de que hacen piruetas muy distintas en su cerebro y en el mío. Y yo me desvivo por leerla.
Y hace un rato Guadalupe me dijo: “Esto es mucho. No sabes lo que daría porque estés acá”. Y yo lo pensé.
Desde diciembre que vengo pensando en irme unos días a ver a mi mamá y mi hermana en Bariloche, pero me prometí conseguir departamento antes de ir y eso no estaría resultando. Tuvo que suceder un incendio para que revisara mis esquemas. Y yo lo vuelvo a pensar.
Voy a viajar a Bariloche, en probablemente el peor momento para ir: temporada alta. Los pasajes oscilan entre los 13 mil y 30 mil pesos. Un mes de alquiler, prácticamente.
Muchas personas me preguntaron en redes sociales si había una forma de ayudar y yo me resistí a darles respuesta. Pero ante el mensaje de mi hermana voy a animarme a encarar este viaje.
Mi hermano desde el otro lado del mundo me escribe llorando y me dice que piensa en abandonar todos sus grandes planes para venir acá y yo me pongo mi mejor sombrero de hermano mayor para tranquilizarlo y rogarle que no haga algo así. Pero a él también podría tranquilizarle que yo ponga en práctica mis recursos científicos y filosóficos para reconstruir todo lo que hoy ya no existe.
Entre toda la conmoción aún no se organizan los esfuerzos para pensar en el futuro, pero alguien tiene que dar el primer paso.
Mi plan es ir a Bariloche a abrazar a Guadalupe y a mi mamá, ayudar a recuperar lo que se pueda recuperar y usar hasta el último de mis recursos para hacer de esta historia una de esas que luego dan ganas de contar en la sobremesa. Desconozco cuáles son mis chances pero en esta lo sigo a Han y pido que no me las digan.
Como hice en oportunidades anteriores apoyando organizaciones rescatistas de animales como Hace feliz a un gato y Bicho Feliz, mi plan es donar lo más que pueda del Club de la curiosidad del que sos parte para que esta situación sea un pelín más llevadera para todas las personas que la están sufriendo.
El año pasado cuando viajé a Bariloche te escribí cada un par de días. Esta vez espero hacer lo mismo. Es posible que me atrase un poco con los ‘cómo funciona’ pero espero confíes en que voy a tener que aprender cómo funcionan un montón de cosas y sin mucho tiempo que perder.
Life is an ocean and it moves like this.
Gracias, de verdad.
El mero hecho de tenerte hace la diferencia.
Te quiero mucho,
Valentín
PD: Hice una lista con algunas de las canciones que escuché en repeat desde que empecé a escribirte estas líneas hace tres horas.

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, y recibir contenidos exclusivos, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es el correo enviado a las personas del Club de la curiosidad el 2 de febrero de 2020.
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte acá. Además, podés encontrarme en Instagram, Facebook o Twitter.

