Cómo funcionan los paraguas

En mi pueblo no se usaba paraguas. Una temporada allí alcanza para saber que abrirlo solo compra un problema. La lluvia nunca viene sola y aún no existen paraguas que protejan del viento.

No es que no los conociera, pero rara vez pensé en ellos. La lluvia y la nieve se enfrentan de otras maneras: pesados abrigos, botas, y una estufa con la que secar todo al volver a casa. Al dejar la montaña por la ciudad, empecé a cruzármelos por doquier.

En mi pueblo tampoco había muchas veredas sobre las que aprender a esquivar sus puntas a riesgo de perder un ojo. Seguramente alguien usara paraguas, porque en aquel pueblo había muchas personas que no nacieron allí y los hábitos, como los yuyos, son difíciles de desterrar. Vivir en la ciudad es vivir en sociedad y esto, alguien podría decir, implica usar paraguas.

Como las flores, los paraguas tienen su encanto. Existen en dos estados mutuamente exclusivos que, al desplegarse y florecer, nunca dejan de ser un poco fascinantes. De todas las formas y colores, en su interior atrapan a cualquiera. Algunos se hacen pasar fácilmente por un bastón y otros, más pequeños, pueden activarse apenas con un botón.

Casi como un artilugio de James Bond, su mecanismo automático se nos presenta como una obra maestra de ingeniería. Primero su largo se extiende y luego un cielo se desdobla sobre nuestras cabezas. Unos pocos resortes, alambres, y un poco de tela nos regalan el privilegio de un asombro que se despliega.

Los paraguas tienen cierta teatralidad. Al abrirse rara vez pasan desapercibidos y aunque tengan dueño, existen en constante peligro de ser perdidos, abandonados, secuestrados, ubicados en algún lugar poco conveniente, si no de avergonzarnos al abrirse de forma inoportuna.

Se nos presentan algo misteriosos, un caso a ser resuelto. Un paraguas cerrado no es más que un bastón que guarda un secreto. Que espera, bajo el brazo de quien lo porta o relegado en una oscura esquina de un bar, el momento de brillar cuando el cielo ya no lo hace. Como cualquier delincuente sabe, alcanza con pasar por un café el día siguiente a una tormenta y preguntar por un paraguas negro para llevárselo gratis.

Los paraguas pasan de indispensables al olvido en lo que sale el sol. Como accesorio pueden resultarnos irrelevantes, un mero indicio de que la persona que lo lleva es precavida, o tal vez cobarde. Pero también pueden ser blandidos como un arma, sin previo aviso, si la ocasión lo amerita.

Tan bien hacen su trabajo que nos cuesta imaginar que los paraguas no siempre hayan sido una opción. Puede que se usaran otros materiales, otros colores, o cumplieran otra función, pero una idea tan elegante nos resulta ineludible. Y, sin embargo, en algún momento debieron ser inventados.

Como sintetizaba en 1855 el fabricante e historiador de los paraguas William Sangster: “Sencillo, útil y sin pretensiones, si alguna de las invenciones del hombre alguna vez mereció una sincera consideración debería ser el paraguas”.

Si salimos a la aventura de encontrarlos en el registro arqueológico, lo primero que descubrimos es que su función original era opuesta a la que hoy imaginaríamos. Es decir, los paraguas de la antigüedad servían para hacer sombra, aunque principalmente para impresionar.

Esto se descubre incluso en las palabras que usamos. Aunque en castellano se distingue claramente entre paraguas y sombrilla o parasol, en el inglés o el italiano, la palabra proviene del latín umbra (sombra), como es el caso de umbrella y ombrello. En francés, en cambio, se hace una distinción similar al castellano, utilizando parapluie (paraguas) y ombrelle (sombrilla). Notablemente, umbrella tiene mucho de ella.

Podemos encontrar sombrillas representadas en arte egipcio de hace aproximadamente 4.500 años, pero es probable que las primeras plegables aparecieran un milenio más tarde. Aunque en Egipto se adoptaron principalmente por su utilidad, además de su función ceremonial, en lugares tan distantes como China o Mesopotamia los parasoles se asociaban con el estatus.

Una leyenda china le atribuye su invención a la esposa de un arquitecto, que al presentarla le explicó: “Con gran ingenio haces casas para los hombres, pero es imposible moverlas. En cambio, este nuevo objeto puede llevarse sin importar la distancia”. El paraguas es una casa que llevamos a todos lados.

En la Antigua Grecia, las sombrillas estaban asociadas principalmente a la mujer y la fertilidad, y un hombre solo podía utilizarla sin ser considerado afeminado si la sostenía para proteger a una mujer. Hay cierta evidencia de que allí se inventó el mecanismo para abrir y cerrar, como menciona Aristófanes en su obra Los caballeros, pero la idea de usar sombrillas como paraguas parece haber surgido en Roma: algunas mujeres las cubrían con aceite para que resbalara el agua. Pero la idea no prendió: después de la caída del Imperio Romano el uso del paraguas y el parasol fue largamente olvidado.

La única notable excepción fue la iglesia católica, que adoptó el paraguas como objeto honorífico y simbólico, e incluso como ofrenda de paz: el papa Pablo I le regaló un paraguas con joyas a Pipino el Breve, padre de Carlomagno y rey de los francos. Este representaba protección y autoridad, pero también respeto al rango de quien lo recibía. Esta obstinada obsesión por no mojarse, luego de insistir por mil años, resultaría en que los paraguas lentamente volvieran a ponerse de moda al finalizar la Edad Media.

A principios del siglo XVII en Italia los parasoles se veían como un accesorio de jinetes, en Francia eran objetos grandes y engorrosos que se usaban durante la caza, y en España tenían forma de abanico redondo bajo el nombre de “quitasol”. En 1710, en París, Jean Marius introdujo el primer paraguas plegable ligero, con varillas y un bastón articulado, fácil de desmontar y llevar.

Pero el paraguas cargaba con una pesada connotación. Como señalaba un diccionario de 1768: “La costumbre es nunca salir sin él, y molestarse en llevarlo bajo el brazo durante seis meses, usándolo como mucho seis veces. Quien no quiere pasar por gente común prefiere correr el riesgo de mojarse, … porque el paraguas es la señal definitiva de que uno no tiene carruaje”. Las nenas y los pobres usan paraguas, los nenes bien andan en carruaje.

Mientras tanto, en la capital internacional de la lluvia, un tal Jonas Hanway tuvo la revolucionaria idea de salir con paraguas. Luego de regresar a Londres tras sus viajes por el mundo, en 1750 decidió importar la idea pero no de los franceses sino de los portugueses, que según había notado se cuidaban compulsivamente del sol. Aterrorizado por el pensamiento de enfermarse en caso de mojarse bajo la lluvia adoptó la costumbre, no sin críticas y ataques.

Notablemente, a los británicos les tomó bastante más que a sus vecinos franceses adoptar el paraguas como objeto cotidiano indispensable. Algunas décadas antes habían tenido una reacción igualmente exagerada ante la aparición de los sombreros de copa. La famosa resistencia al cambio, en su versión más empapada.

A Hanway los londinenses lo consideraban afeminado y ridículo. Los niños lo perseguían y se burlaban de él, y los conductores de carruajes, temiendo perder su negocio, lo salpicaban con barro. Pero Hanway, el único héroe en esta historia, persistió durante décadas, hasta su muerte.

Entre sus causas también se encontraba una inquebrantable oposición al consumo de té, una bebida que provocaba mal aliento, fealdad y debilidad en los nervios. Le preocupaba especialmente que Gran Bretaña comerciara con China. Gracias a su influencia, hoy los paraguas —y el té— son emblemas de la identidad británica. Todo no se pudo.

La adopción tomó su tiempo. Los diseños aún eran grandes y toscos, llegando a ser tan pesados que necesitaban ser apoyados en el hombro, y solían gotear. En 1787 se anunció el primer modelo portátil y de bolsillo, y en 1801 se publicó una guía de Sugerencias a los portadores de bastones y paraguas, claramente aludiendo a un mercado que no sabía bien cómo comportarse. Pero el furor era real: entre 1808 y 1851 se patentaron más de cien mejoras relacionadas con sombrillas y paraguas.

En su libro, Sangster suelta sin pudor: “Incluso podemos contar [el paraguas] entre las causas que han contribuido a alargar el promedio de la vida humana”. También podríamos darle algo de crédito a las vacunas, inventadas medio siglo antes, a la vuelta de la esquina.

Para mitad de siglo XIX el paraguas era un elemento central de la vida en las ciudades —y la literatura. Charles Dickens los menciona más de 100 veces en sus obras, donde aparecen como armas y escudos, elementos eróticos, símbolos de clase y objetos de analogías, usualmente cruciales para la trama de sus relatos. En uno de sus ensayos incluso lo compara con el juicio estético y la propia subjetividad: cuando entregamos nuestro paraguas estamos renunciando a la protección y a nuestro espacio personal. Quizá a eso hacía alusión Nietzsche con aquel misterioso fragmento, perdido entre sus manuscritos inéditos: “He olvidado mi paraguas”.

El paraguas como refugio personal, uno que no conviene abandonar, aparece también en otro comentario de la época: “Hay tres cosas que solo un tonto presta, o —habiendo prestado— puede esperar recuperar: libros, paraguas y dinero”. Esto resuena, también, con aquel dicho del mundo financiero, que de tonto no tiene nada: “Los banqueros solo prestan un paraguas cuando sale el sol”.

Al calor de la revolución científica, en un tratado sobre la “filosofía de los paraguas”, Robert Louis Stevenson citaba a un supuesto amigo científico, que le explicaba que la propiedad más curiosa del paraguas es “la energía que despliega al afectar los estratos atmosféricos”. Aunque los meteorólogos no supieran explicarlo, lo único en lo que acordaban es que llevar un paraguas “produce la desecación del aire, mientras que dejarlo en casa produce vapor acuoso, que pronto se deposita en forma de lluvia”.

En otras palabras, la única afirmación absolutamente indiscutida de las ciencias de la atmósfera es que llevar paraguas reduce las chances de que llueva, perteneciente a la misma clase que explica que “al descender una rebanada de pan tostado untada con mantequilla, ese lado quedará abajo”.

Un cambio fundamental para su adopción fue el reemplazo en 1851 de los pesados y frágiles marcos de hueso de ballena por la estructura de varillas que forma un octágono, construido en acero liviano e inspirado por la arquitectura de los puentes, que simplificó la fabricación y redujo los costos, la misma que aún hoy se utiliza. Pero el factor principal fue la aparición de la clase media, que ahora podía comprar artículos de lujo —o sus imitaciones—, y así emular estatus y refinamiento sin gastar demasiado.

Como sugiere Marion Rankine en Brolliology (2017), los paraguas, de siglo en siglo, pasaron de ser indicador de pobreza (por carecer de un carruaje), y luego de riqueza (por su costo), a ser el símbolo de la clase media especialmente en el caso de las mujeres, que los usaban para alardear de los ingresos de su marido. Incluso bajo el sol, protegerse ayudaba a preservar su blancura, preciada marca de superioridad en la era victoriana.

Estos objetos otrora frívolos, antes considerados parte de la corrupción aristocrática, ahora eran vistos como una ventaja para la sociedad, como un apoyo a la producción y la creación de empleo, y un modo de diferenciarse de la clase trabajadora. “Todos los hombres son creados iguales, siempre y cuando tengan un paraguas”.

Un poco más literalmente, hace diez años el paraguas se volvió instrumento de resistencia pasiva contra el gas pimienta que la policía de Hong Kong hizo llover encima de quienes exigían democracia. El paraguas también es símbolo de resistencia contra la injusticia, contra un clima de época empecinado en debilitarnos, como tanto temía Hanway. Ante la lluvia de gases lacrimógenos, comentaba un participante: “Cuando nos sentimos amenazados, abrimos los paraguas y levantamos las manos”. Un paraguas puede ser revolucionario.

Llevar un paraguas indica que podemos anticiparnos al futuro, que podemos planear nuestro día con antelación, o que nos preocupa tanto lo que pueda pasar que nos prevenimos ante lo inevitable. Salimos con paraguas, abrimos el paraguas, desconocemos el futuro pero dejamos que nos encuentre preparados. Y cuando finalmente lo abrimos enfrentamos el deber moral de ser conscientes de los ojos ajenos, nunca jamás haciéndolo puertas adentro bajo la amenaza de desatar un infierno.

Los paraguas pueden ser nucleares, un improvisado paracaídas, una decoración en una ridícula bebida. Pueden ser un gran negocio para oportunistas, un símbolo político que corta en cualquier dirección, o el escondite para escapar de los nazis con obras de arte bajo el brazo. Pueden darnos la oportunidad perfecta para ser amables.

“Es cierto que no se puede expresar el valor real de ninguna cosa sin ser irrelevante”, escribía G. K. Chesterton en un comentario sobre Dickens. “Si tomamos una cosa frívolamente, podemos tomarla por separado; pero en cuanto la tomamos en serio, aunque solo fuera un viejo paraguas, será evidente que aquel paraguas despliega encima nuestro la inmensidad de todo el universo”.

Fingerprint — Black rain” by Nicolas Jolly (CC BY-NC-ND 4.0)

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