Querida persona que lee

Querida persona que lee,

Espero que en la última semana ninguna ola haya sido demasiado grande como para surfearla, y que en la mejor parte de la última década te hayas podido encontrar en las cosas que pudiste lograr, incluso si la principal haya sido lograr llegar hasta acá.

Ayer se cumplieron cinco años desde que te envié un correo por primera vez. Y como de tradiciones estamos hechas las personas , quería honrarla y, con el placer de tu compañía, recorrer no solo este último año, sino también este peculiar lustro.

Cuando cumplimos el primer año traté de volver sobre mis palabras fundacionales, acerca de encontrar a la persona a la que le escribo siguiendo aquel consejo de Kurt Vonnegut: “Si abrimos la ventana y le hacemos el amor al mundo, por así decir, nuestra historia se agarrará neumonía”. Por eso no le escribo al mundo y en cambio te escribo a vos, querida persona que lee.

Para el segundo año el Club de la curiosidad (o “club de fans de la curiosidad” por aquel entonces) ya había abierto sus puertas y aunque todavía no me había animado a dejarlo todo para dedicarme a esto la opción se volvía cada vez más posible. Además ese año comencé a hacer donaciones en nombre del Club para aquellas personas o proyectos que lo ameritaran, y empecé a hacerme cargo del poder que tenía, sin haberme percatado, de estar para otras personas:

“En todos estos años de Cómo funcionan las cosas en cada correo me dediqué a poner pequeños ‘easter eggs’, mensajitos desperdigados para que quien quiera note que cada correo es único, que cada texto es editado cuidadosamente cada semana, que ni siquiera el enlace para desuscribirse es el mismo. … Pero quizá el mayor secreto escondido entre mis líneas era demasiado obvio y por eso puede pasarse de largo: el botón de responder. Del otro lado de este paredón de palabras que te envío estoy yo, Valentín, y podés escribirme por lo que sea.

…Y por eso quería insistir una vez más en que estoy del otro lado. El universo es un lugar a veces quizá demasiado amplio y entre todas las cosas que parecen estar pasando, agujeros negros que se evaporan, otros que se forman, robotitos en Marte haciendo de las suyas, y todo eso, es difícil hacer pie. Yo lo sé, y si hay algo que tengo dolorosamente claro es que cuesta horrores entender cómo funciona cualquier cosa.

De repente la pertenencia, y la capacidad de reconfortar a otras personas en el esfuerzo por reducir mi propia incomodidad se volvió difícil de ignorar. Comenzó a pesarme el imperativo por ser más como Clark Kent y no aspirar a ser Superman, incluso si no eligiera tener una identidad secreta (¿o sí?).

El tercer año nos encontró con el agua recién hasta los tobillos de lo que sería la pileta de la pandemia. Y a mí me encontró con la mejor misión que alguna vez me había propuesto: ser artífice de la distracción. “Toda distracción profunda entreabre ciertas puertas, y … hay que distraerse si no se es capaz de concentrarse”, decía Cortázar. En un momento en el que el planeta entero parecía haber quedado patitas para arriba sin saber qué demonios hacer, me propuse incansablemente darte espacio para la distracción en mi “intento por robarte de la vida real, aunque sea por un ratito”.

Para entonces tenía un poco más claro que esta se había convertido en mi vida —real o del tipo que fuera— gracias a que el Club me había empujado a dejar mi último trabajo y adoptar este como el modo más extraño de llegar a fin de mes. En aquella reflexión recuperaba mi misión en una serie de objetivos: lograr un hábito de escritura; apuntar al despliegue de puntos de partida, y no a la exhaustividad, para que cada persona que lee pudiera hacer su propio recorrido de su curiosidad; evitar la preocupación por los números que solo pueden sumar a la vanidad, en tanto escribir sería un acto de dedicación para quien quisiera acompañarme; y, finalmente, escribir con la frecuencia que pudiera para mantener cortito el césped de la sensación de soledad, propia y de cada persona que lee.

Luego de un primer año en el que descubrí que podía escribir, vino otro en el que descubrí que podíamos ser un montón, un tercero en el que me animé a descubrir que podía vivir de esto, y un cuarto en el que aprendí, junto a vos, a navegar la incertidumbre.

Siguiendo aquel mandato en favor de la distracción, el cuarto año me dediqué a enviar una cantidad exagerada de correos con cuanta cosa interesante pudiera encontrar:

“Nadie quiere ser Aquaman. Cantamos «pri» ser Superman, Batman, la Mujer Maravilla, pero nadie piensa en el pobre protector de los siete mares cuando piensa en heroísmo. Eso es, claro, hasta que nos tapa el agua. Es entonces cuando el específico conjunto de habilidades de nuestro mitad-humano mitad-atlante sale a relucir y salva el día.

Cuando hace un año nos dijeron que debíamos pasar una cantidad descomunal de horas en casa porque nos iba a tapar el agua, yo supe que era mi momento. Hora de ser Aquaman”.

Y eso hice. Con Eli pusimos en línea nomesientobien.com buscando sacarte alguna sonrisa con algo que quizá no supieras que ahí estaba para deleitarte, incluso si alguien pudiera decir que la curiosidad, si vamos al caso, no sirve para nada: “Para todas las aventuras parecía alcanzar con otras personas con mejores trajes y superpoderes. Pero la curiosidad es mi aventura, y por suerte en algún momento elegiste sumarte vos también. Gracias, una y mil veces, por darme la oportunidad de brillar”.

El último año nos encontró en una incómoda, aunque quizá bienvenida, transición. Llegaron las vacunas y las personas se fueron animando a salir de sus cuevas. Eso no siempre es fácil, sobre todo para las personas a las que los cambios nos pueden caer un poco pesados.

La necesidad de ponerle mi voz a estas palabras se volvió imperante y volví a grabar cada uno de mis correos sin saber si allá afuera encontraría a alguna querida persona que escuchara. Este sencillo ejercicio no solo me puso de frente a la diferencia que supone escribir para leer, sino también a que cien ya era un número enorme de cosas sobre las que había escrito. Creo que nunca me costó tanto escribir como en el último año.

Para no faltar a nuestro tácito acuerdo, un montón de domingos elegí repasar viejos correos y ampliarlos, ajustarlos y mejorarlos para ahora grabarlos. Volver sobre las propias palabras, como si sobre un mapa marcáramos el camino recorrido, suele tener el inesperado efecto de hacernos notar lo lejos que llegamos y, sobre todo, el largo camino que tenemos por delante si elegimos seguir.

También me volqué a escribir más acerca de las cosas que me pasaban, más allá de lo que pudiera llamar mi curiosidad. O, en otras palabras, me animé a orientar mi curiosidad hacia adentro. Animado por la confianza e intimidad que me da el Club de la curiosidad, uno a uno fui compartiendo borradores e ideas a veces incompletas en un intento por explicar por qué a veces no podía con todo lo que me proponía.

Cómo funciona dejar de funcionar” surgió precisamente de un intento por poner en palabras lo tortuoso que a veces resulta ser lidiar con un equipo cognitivo que no siempre quiere salir a la cancha, que luego se convirtió en un correo que me animé a enviarle a toda la lista. También pude compartir reflexiones sobre qué significa a veces ser el hermano mayor de una persona de un talento incontenible, o incluso qué puede representar el verano para quienes crecimos con una adolescencia rota en el medio de la montaña.

Fue en gran parte motivado por la oportunidad de hacer regalos con palabras, como cuando grabé la lectura de Where the Wild Things Are, que unos días luego de mi cumpleaños a mitad del año pasado se me ocurrió preguntarme y preguntarle a cuanta persona tuviera cerca qué cosas le hacían bien. Y sin que nadie lo esperara puse en marcha mis “28 días para sentirse un poquito mejor”, probablemente lo más arriesgado que intenté hasta ahora.

Siempre desencajado de lo que otras personas pudieran esperar de mí, reconozco que me obsesiona desafiar las expectativas. De igual modo que no sabía qué respuesta podía esperar de algo así, creo que nunca fui privilegiado con tantas respuestas hermosas a mi esfuerzo. De repente miles y miles de personas se encontraban en mi humilde recopilación de cosas de todo tipo que alguna vez me habían hecho sentir un poquito mejor. No eran cosas que hubiera encontrado en internet, o que tuvieran por detrás algún fundamento razonable. Era una colección profundamente íntima de todo aquello que alguna vez me había corrido de mi desolación. El experimento funcionó.

El año pasado fue terriblemente difícil. Tanto que en un momento no podía sentir otra cosa más que asco por las palabras que pudiera usar para describir cómo me sentía. Y si hay algo traicionero de las palabras cuando las orientamos con toda su fuerza hacia adentro es que hacen difícil su uso para cualquier otra cosa.

Claro que nunca me siento más como mí mismo que cuando me dispongo, sin tener la menor idea del tema, a explorar cómo funciona alguna cosa. Pero a veces llegar a esa instancia se hizo tan imposible que en vez de elegir escribir al respecto renunciaba al desafío antes de empezar. Exactamente de lo que nos advierte cada persona que además de escribir alguna vez decidió darle consejos a quien viniera después.

Repaso mis palabras que cada año empaqueté para compartirte cómo habían sido los doce meses anteriores y una y otra vez aparece la soledad, como una sombra que nos tapa y nos hace temblar del frío. De lo que quizá tantas veces antes pude darme cuenta es de que a veces es precisamente nuestra sombra la que nos impide sentir soledad.

A veces cuando empiezo una hoja en blanco y trato de sentarme bien para que no me intimide me siento un poco solo. Antes de una primera palabra siempre hay silencio, y es al silencio a lo que podemos temerle cuando ponemos el punto final de lo que queríamos escribir.

A veces alcanza con recordarnos que lo que sea que ahora tapa todo no es lo único que sucede en nuestras vidas. Un gran alivio podemos encontrar en aquello que no está tan mal de nuestro día a día.

Y a veces hay algunas cosas que por más que intentemos dejar a un lado, todos y cada uno de los días se nos presentan como una niebla que no nos deja ver lo que hay más allá de la punta de los dedos.

No soy especialmente bueno para entender cómo funcionan las personas. Qué les gusta, qué les asusta, qué puedo hacer para que quieran tenerme cerca. Nada de esto tiene nada de especial, y nuestra insoportable naturaleza social sin importar cuánto hagamos para escaparle nos hace buscar refugio en las personas que queremos tener cerca.

El año pasado enfrenté la muerte de un modo que no había hecho antes. A veces, sin embargo, duele más permanecer con vida. Enfrentar la distancia que alguien extiende cada vez que nos acercamos puede ser por momentos incomprensible pero la mayor parte del tiempo insoportable. Si tan solo pudiéramos cambiar nuestra polaridad y lograr que alguien quiera volver a contarnos qué pasó en su día, qué le hizo bien y qué le hizo mal, qué descubrió en su tránsito alrededor del sol.

No sé si eso me hace una persona que escribe poco digna de serlo, pero no siempre logro encontrar alivio en las palabras que puedo poner en orden. A veces preferiría un abrazo.

El año que pasó no fue como ningún otro, pero cualquier persona que piense que hay dos años iguales creo que se engaña a sí misma. Había dejado en el párrafo anterior para dedicarme a preparar todos estos números que vienen a continuación, y creo que algo en ellos me hizo caer en la cuenta de que aunque en este último año que pasó envié menos correos acerca de “cómo funciona” alguna cosa, el tiempo que ahora dedico a cada uno es casi el doble que en el año pasado y casi cuatro veces el que invertía cuando empecé.

Aunque siempre me da un poco de terror estar incurriendo en una forma de estafa cuando envío, luego de revisar y ampliar, algún correo sobre un tema del que ya escribí, cada vez que lo hago me encuentro en la diferencia. Mis ojos ya no son los mismos que hace cinco años, y aunque miedos tengo de todos los colores, hay algunas cosas a las que ya no temo.

Hace algunos párrafos que crucé la marca de las dos mil palabras, algo con lo que antes era un poco más cuidadoso. Pero no es a las personas a las que leer les espanta un poco a quienes les escribo. Te escribo a vos, querida persona que lee, y espero nunca escribir sin el respeto que le tengo a tu lectura. No sé si el año próximo repasaré estas palabras o si las dejaré allí en un difuso recuerdo. Pero cinco es un gran número y, por algún extraño motivo, se siente como la mitad de una posible década.

Puede que a todo esto le haya puesto un nombre que no coincide con el que lleva mi documento, pero esta no es más que una manera, quizá algo atolondrada, de poner en palabras una vida entera en la curiosidad. Una vida que vos hacés posible, y una a la que le das sentido con tu atención, quizá aquello que más atesoro en épocas en las que todo parece devaluarse a nuestro alrededor.

Espero en una semana a partir de este momento estar enviándote un correo acerca de cómo funciona alguna cosa, y espero que sepas que si eso sucede no es solo un prolijo rejunte de referencias y algún que otro chiste lo que busco compartirte. Es todo lo que me hace quien soy lo que busco capturar en cada uno de mis correos.

Mi primer correo comenzaba, en su primerísima línea, contándote que “esto es un experimento. Y si estás leyendo es porque decidiste ser parte de él. Por eso, gracias. No, de verdad”.

Por eso, gracias. No, de verdad. Alguna vez quise señalar, cuando tuve oportunidad, que aunque la curiosidad es a lo que dedico cada una de las horas y minutos en las que logro funcionar, mi vida es una en la que no podría haber sobrevivido de no haber sido por empujar los límites de mi ingenio para tratar de dar cuenta de un mundo en el que hasta lo más pequeño parecía escaparse. Acumulo varias décadas, y al menos la mitad de una, tratando de reducir el universo de aquello que no comprendo, pero jamás podré dar cuenta del privilegio que supone poder hacerlo acompañado, querida persona que lee.

Desconozco qué pasará una vez que ponga “enviar” y le pierda el rastro a estas palabras, pero me contento con imaginar que allá afuera hay un puñado de personas que quizá me quiera leer.

Ojalá en los años que nos queden podamos encontrar algo de paz sabiendo que poder proyectar una sombra no es poca cosa.

Gracias por acompañarme en esta aventura y ser el sol en mi cara cuando siento frío como si fuera invierno.

Te mando un abrazo grande, y para lo que necesites,

Valentín

Ahora un montón de números

  • Desde el primer correo se suscribieron 30.097 personas en total, de las cuales 5.464 luego se arrepintieron.
  • En el último año se suscribieron 4.870 personas, casi la mitad que el año anterior, y 1.422 se arrepintieron, prácticamente el mismo número que el año anterior.
  • En total llevo archivadas 9.767 personas que en algún momento pasaron más de tres meses sin abrir ninguno de mis correos.
  • Este correo lo recibieron 14.866 personas que leen. Algunas seguro luego se desuscriban. Con mi último repaso anual se desuscribieron 67.
  • En promedio, cada semana se sumaron 94 personas, un 67% menos que el año anterior.
  • En promedio, cada semana se borraron 27 personas, un 54% menos que el año anterior.
  • Luego de enviar mi correo acerca de mis “28 Días” en junio de 2021 se sumaron 1,063 personas en una semana. Le siguieron el reenvío de “Cómo funciona dar gracias” y “Cómo funcionan los vampiros”, con 446 y 321 suscripciones respectivamente.
  • Luego de reenviar “Cómo funciona dar gracias”, se desuscribieron 80 personas.
  • En el último año envié 28 correos distintos que en promedio fueron abiertos por el 53.17% de las personas que los recibieron, 10 correos menos que el año anterior y una apertura de apenas 0,03% más alta en promedio.
  • En el último año para el Club de la curiosidad envié 63 correos, que incluyeron más anécdotas vergonzosas, 102 curiosidades, 34 citas tomadas de mis anotaciones personales, dos diarios de viaje y muchas de esas cosas que no me animo a enviarle a nadie más.
  • 1 es la botella de Johnnie Walker Black que tomé escribiendo mi newsletter en el último año, dos menos que el año pasado.
  • Este año las personas que leen sugirieron 95 temas, un tercio menos que el año anterior, que ya suman unos 895 en total, aunque algunas personas sugirieron varios al mismo tiempo y se hace más difícil contarlos.
  • “Cómo funciona viajar por el mundo” sigue siendo el tema sugerido más veces que aún no escribí.
  • 325 horas con 54 minutos pasé investigando y escribiendo para mis “Cómo funciona”, un 41% más que el año anterior. Cada “cómo funciona” en promedio tomó 13 horas con 24 minutos de investigación y escritura.
  • 19 horas con 22 minutos pasé en total grabando y editando la lectura de mis correos.
  • 126 horas con 53 minutos pasé investigando, traduciendo, recopilando, redactando y enviando curiosidades para los correos EXTRA del Club de la curiosidad. La mitad de los correos que envié este año tomaron más de 12 horas cada uno y un tercio tomó más de 20 horas.
  • 125 libros y 74 artículos fueron los que cité y/o consulté para escribir mis “cómo funciona” en el último año. En cuanto a los libros que reviso y descarto, es imposible llevar la cuenta.
  • 14 horas con 43 minutos pasé armando diseños y preparando material para redes sociales, 10 horas menos que el año anterior.
  • 73 horas con 26 minutos pasé armando mis 28 Días, de las cuales 4 horas con 35 minutos dediqué a armar el final del día 28. Casi agrego un enlace pero no te quiero arruinar la sorpresa.
  • En el último año envié 659 cartas a 570 de las personas del Club de la curiosidad. A algunas personas tuve que enviarle dos veces su carta porque aparentemente un 20% se pierde antes de llegar a destino.
  • 47 horas con 41 minutos dediqué a armar mis cartas, de las cuales 6 horas con 53 minutos dediqué a armar los sobres, 5 horas con 50 minutos a ordenar y preparar las direcciones, 4 horas con 30 minutos a firmar mis cartas, y el resto en preparar todo para poder llevar al correo.
  • En el envío de cartas por correo postal llevo invertidos $94.471 pesos argentinos, que incluyen costos de envío, materiales, impresión y obsequios.
  • 6 horas con 20 minutos pasé armando este correo, de las cuales 2 horas con 54 minutos pasé analizando todos estos números y 3 horas con 25 escribiendo estas palabras.
  • En el último año no envié correos de misceláneas, pero envié 2 de algunas grandes preguntas hechas por niños y 2 de citas apócrifas.
  • 7 de mis correos fueron reediciones de textos que ya había publicado o enviado antes, 11 menos que el año pasado.
  • 56 días fue el máximo tiempo que pasé sin enviar un correo, exactamente el doble que el año pasado. Auch.
  • En el último año pagué $1.890 dólares por el servicio de Mailchimp. En total llevo $4.514,61 dólares invertidos en enviar correos. La conversión a pesos sería muy deprimente así que queda de tarea.
  • En 2021 doné $104.595,60 pesos argentinos y en 2022 llevo $39.507 pesos argentinos donados a varias organizaciones y proyectos que valoro. Entre ellos Fundación Huésped, Médicos Sin Fronteras, Hacé Feliz a un Gato, Bicho Feliz, Refugio Zaguates, Museo del Cine, Internet Archive, The Marginalian (Brain Pickings), Wikimedia, Parque Podcast, Revista Seúl, entre muchas otras.
  • Gracias al Club de la curiosidad, mensualmente colaboro con los siguientes proyectos: Parque Podcast, Míralos Morir de Santiago Calori, Hacé Feliz a Un Gato, Bicho Feliz, Médicos Sin Fronteras, Derechos Humanos y Tecnología de Carolina Martínez Elebi, Observando de Axel Marazzi, La Loca del Taper de Dafna Nudelman, Club Elis de Eliana Masci, diezpalabras de Marcela Basch, Mariana Matija, Venga El Líquido de Nati Torres, The Marginalian (Brain Pickings), Internet Archive, Revista Seúl, El Gato y La Caja y Harta(s) de Flor Sichel. Unos 6 más que el año pasado.
  • 1.743 respuestas mis correos (un 89% más que el año pasado).
  • En el último año respondí 1.330 correos y aún me quedan 414 por responder.
  • 58 horas con 17 minutos dediqué a responder correos de personas que leen, un 47% más que el año pasado.
  • 1.157 personas reciben actualizaciones mías a través de mi canal de Telegram, un 101,5% más que hace un año. En el canal de Cómo funcionan las cosas quedan 1.438 personas, 20 más que el año pasado.
  • Casi todos los correos fueron escritos bajo el influjo de café y la mayoría de ellos escuchando en repeat los discos de blackbear, The Maine, Machine Gun Kelly, With Confidence y mucho jazz y música electrónica. Acá más detalles.
  • Como muchas personas a lo largo de los años me preguntaron dónde podían encontrar todos y cada uno de mis correos, esta semana pasé 10 horas con 22 minutos ordenándolos y clasificándolos, y luego 48 horas con 23 minutos programando el Museo de Cómo funcionan las cosas.
  • Y si en algún momento no te sentís bien, tenés 64 curiosidades que me dediqué a buscar y agregar al final de mis correos para que puedas sonreír… Y que gracias a Eliana Iñiguez podés encontrar ilustradas en nomesientobien.com
  • 341 personas me contaron por qué les gusta lo que hago y cada mensaje es más lindo que el anterior.
  • En el último año 108 personas me contaron por qué les gusta lo que hago y cada mensaje es más lindo que el anterior que ya suman 449 mensajes en total.

En cuanto al Club de la curiosidad, en el último año:

  • Junio y julio del año pasado fueron nuevamente los meses en los que más personas se decidieron por apoyar económicamente mi trabajo.
  • Desde octubre hasta enero, y por primera vez, cada mes el Club se fue achicando y tuve un poco de miedo, pero en febrero comenzó a crecer otra vez.
  • No hay un solo día en el que no me parezca increíble tener el mejor trabajo del mundo gracias a las personas que creen en mí.

No tienen que ver estrictamente con el newsletter, pero estos números también son su consecuencia:

  • En Twitter me empezaron a seguir 1.650 personas, un 6% menos que el año pasado.
  • En Instagram me empezaron a seguir 6.553 personas, un 26% menos que el año pasado.

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, y recibir contenidos exclusivos, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es el correo enviado el 17 de abril de 2022. 
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