Querida persona que lee,
Espero que en el último año hayas podido pasarte de estación porque tus pensamientos se volvieron tan entretenidos que le ganaron de mano a la realidad.
Esta semana se cumplieron 8 años de enviar casi todas las semanas un correo acerca de cómo funciona alguna cosa distinta y quería celebrar el privilegio que tengo de contar con vos.
Y aunque las referencias, inspiraciones y fuentes de las que pude robar como un artista fueron cambiando, mutando, creciendo o achicándose, una de mis primeras inspiraciones y aquella que aparece en mi primerísimo correo es obra de Austin Kleon.
Este escritor que dibuja publicó tres libros fundamentales para la vida creativa que completan un arco narrativo. El primero, Roba como un artista (2012), se propone como respuesta a la ingenua pregunta acerca de cómo obtener inspiración: nadie que quiera vivir del arte puede depender de ella. Puede ser bienvenida, pero nunca un requisito.
Su segundo libro, Show Your Work (2014), atiende el desafío de compartir con el mundo aquello que hacemos. Aunque ofrece muchas observaciones, todo se reduce a la importancia de que otras personas puedan encontrarnos, de que lo que hagamos sea fácil de encontrar.
Aún sigo intentando descubrir cómo robar como un artista y lograr que alguien me descubra, pero alcancé el punto que Kleon explora en Keep Going (2019), el último de la trilogía, donde se detiene en lo que eventualmente descubrimos: nunca se vuelve más fácil.
No aprendí a trabajar con alguien que me ayudara para enfocarme en investigar y escribir, y así poder abrirme de aquellos menesteres, como entender cuál es el esquema fiscal detrás de lo que hago, o me ayudara a comunicarme con aquellas personas que consideraron buena idea maltratarme.
Este proyecto es realizado 100% por humanos, por uno que me cae simpático: yo. Es por mi humana fragilidad que este proyecto — si no mi proyecto de vida — ha estado muy peligrosamente cerca de terminar. Sentado en ocho años de trabajo, cientos de correos enviados y millones de palabras escritas, seguir adelante parecería ser algo que no debería tomar mayor esfuerzo. Pero es la parte más difícil.
El motivo por el cual un libro como el de Kleon existe es que a todas las personas que nos exponemos al mundo con algo que contar, nos pasa exactamente lo mismo. La facilidad nunca aparece. Como dice Kleon, la vida es un arte y no una ciencia, y nuestros resultados pueden cambiar. Lo que conviene es tomar de donde podamos lo que nos sirva y dejar el resto. Seguir adelante y cuidarnos.
Suele hablarse de la actividad creativa como una travesía, un recorrido, una odisea. Pero puede que sea demasiado heroico. Muchas personas el único recorrido que hacemos es de la cama al escritorio, ida y vuelta, como en El día de la marmota (1993) aquella película en la que Bill Murray se ve forzado a repetir el mismo día, todos los días.
De algún modo, hacer arte o responder a nuestra vocación implica también algo de eso. Kleon dice que la vida creativa no es lineal, sino que es más parecida a un bucle en donde volvemos constantemente al punto de partida. Cada vez que me siento a escribir un “cómo funciona”, en más de un sentido empiezo desde cero.
Los temas que más me atraen son aquellos de los que realmente no sé nada. Partiendo de esta absoluta ignorancia trato capturar el paso del desconocimiento al asombro de manera que no solo me resulte entretenido, sino que pueda ser replicable por cualquier persona que lea. El rigor que procuro reflejar en lo que hago no valdría nada si no dejara las pistas para que cualquiera pueda replicar mi trabajo, si se tomara el tiempo.
Cuando termino un nuevo “cómo funciona” siento alivio, porque incremento el contador de temas y apoyo empíricamente la afirmación de que tengo intereses muy amplios. Pero también siento algo de nostalgia porque probablemente por un buen tiempo no visite de nuevo aquel tema con el que, luego de tantas horas, me encariñé.
No hay un punto de llegada en todo esto, porque el desafío se renueva cada semana. No hay un objetivo último de abarcar todas las cosas, porque no habría vida que alcanzara. Nada de esto apunta a ser una enciclopedia sino “un recorrido personal de la curiosidad a través de la ciencia, la literatura, el arte y la filosofía”.
Es difícil hacerse a un lado de las preocupaciones heredadas: el éxito, el fracaso, el caos exterior y la falta de control. Intento que lo que escribo sirva de refugio de la vida cotidiana y su sofocante e inescapable coyuntura, porque ese lugar ocupa en mi propia vida.
El mundo está lleno de cosas lindas, pero también parece diseñado para ocultarlas, para que apartemos una afirmación que debería ser tan poco controversial. Todo parece dispuesto para recordarnos qué tan poco control tenemos sobre lo que sucede a nuestro alrededor y en nuestras vidas.
Una vez resueltas ciertas tareas necesarias para nuestra supervivencia — pagar el alquiler o comprar comida — no queda lugar para elegir en qué ocupar nuestros días. No sé si lograré entender cómo sucedió, pero desde hace casi seis años, gracias a las personas que encuentran valor en mi misión — y en mi trabajo — tengo cierta libertad para elegir cómo ocupar mis días. Porque, en un sentido bastante literal, vivo para esas personas.
Desde que acepté que vivo de nutrir mi curiosidad para poder compartirla con quienes encuentran valor en ella, lo tomo como una responsabilidad. Tuve que aprender a mantenerme vivo a partir de esa búsqueda, incluso en mis peores episodios, incluso luego de despertar de un desmayo con un corte en la cabeza, cuando la soga se cortó. Busqué en cualquier oscuridad la curiosidad y tuve con quién compartirlo en el Club de la curiosidad.
Si la manera en que pasamos nuestra vida se reduce a cómo pasamos nuestros días, trato de no perder de vista que vivo en la búsqueda de algo interesante que contar. Siempre que alguien lo quiera escuchar, esa rutina será lo único que nos quedará a las personas que no solo no nacimos genios, sino que nacimos un poco distintos, un poco fallados, al menos en los ojos de un mundo que hubiera preferido que no existamos.
En cuanto al asunto de la inspiración, muchas veces me apoyo en las sugerencias de temas que hacen las personas que leen, pero la mayoría de las veces la encuentro en algo más. Esa búsqueda no sucede cerrando los ojos para arrimarme al abismo infinito sino saliendo al mundo a explorar con qué me puedo encontrar.
Me pesa reconocer que esa salida es mucho más metafórica que literal, porque gran parte de los últimos cinco años los pasé encerrado. Salir al mundo, en sentido estricto, es algo que no se me da con facilidad. Este día de la marmota autoinfligido requiere entonces de una rutina en la que pueda volver a encontrar qué hacer sin tener que inventarlo nuevamente. Tampoco soy muy bueno en eso. Pierdo horas y horas antes de recordar cómo hago eso que hago todos los días.
Kleon sugiere inventarnos una cárcel de nuestro propio diseño, una rutina que en vez de restringir nuestra libertad nos dé la libertad de protegernos de una vida que insiste en cambiar nuestros planes. Para lo insoportablemente estructurada que parece ser mi mente, una rutina es algo que no me sale bien.
Mantengo una lista con más de mil sugerencias de las personas que leen para tener un punto de partida, un hilo del que tirar. Incluso si algunas son demasiado específicas o algo imposibles, sirven para ponerme en marcha cuando no sé qué escribir o qué hacer con mi vida.
Algo irritante pero imposible de anticipar es que nunca sé si cierto tema puede “funcionar”. Paso cinco, seis, diez horas explorando temas sobre los que no sé si podré escribir. A veces no encuentro referencias, y, resignado, me toca reconocer que si alguien fuera a escribir un libro sobre ese tema sería yo, porque nadie antes lo hizo.
Fantaseo con algún día escribir el libro de Cómo funcionan las cosas. Aunque hace un par de años tuve la experiencia de publicar uno, el resultado fue agridulce. Al día de hoy aquel libro no se consigue en el país en el que nací. Me duele no haber podido darle a mi mamá la experiencia de encontrar un libro con mi nombre en alguna librería de Bariloche. El año pasado finalmente di con la idea del libro que quiero escribir, pero las oportunidades van y vienen, y toca esperar que vuelvan otra vez.
Mientras tanto, afortunadamente, tengo mis correos. Kleon insiste en que no deberíamos machacarnos demasiado con las cosas que no nos salen. A veces, el objetivo solamente es llegar al final del día.
Los años también ayudan a quitarle importancia a cada cosa que hacemos. Conviene recordar que a nadie le importa demasiado. Las personas tienen sus propias preocupaciones. Si todo sale bien, al día siguiente quizá tengamos oportunidad de intentarlo nuevamente.
La creatividad, dice Kleon, gira en torno a la conexión con otras personas pero también tiene que ver con la desconexión, con alejarnos del mundo lo suficiente como para poder pensar, practicar el silencio y encerrarnos a hacer algo que podamos compartir.
Por eso no escribo sobre lo que haya pasado en la última semana. Esas cosas rara vez son importantes. Las cosas que me importan suelen ubicarse un poco por fuera del tiempo. Es imposible concentrarse en nuestros intereses, en nuestra curiosidad, en nuestro apetito por el asombro si estamos pendientes de lo que sucede allá afuera.
Cuando nos alejamos del mundo y sus notificaciones, podemos descubrir y abrirnos a la posibilidad de acercarnos luego con algo que contar. Parafraseando a Thomas Merton, si no nos alejamos un poco, no podemos empezar a ver. Y si no podemos empezar a ver, no podemos pensar.
Este deliberado refugiarse del mundo no solamente tiene que ver con cómo hago las cosas, sino con lo que quiero que estas logren. En mi escritura busco ofrecer refugio de la ansiedad y el caos de la vida cotidiana, de las noticias que rara vez nos enriquecen. Espero estar logrando dar un espacio, aunque sea mental, para que la interioridad de las personas pueda desplegarse y bailar.
Refugiarse del mundo y de la horripilancia de las noticias no es enterrar la cabeza en la arena o mudarse a una cabaña en el medio de la montaña. Es una obligación democrática, porque conectar con nuestros intereses, con la persona que somos y queremos ser, parece hacernos un poco mejores. Gran parte de nuestros problemas puede que tenga que ver con que las personas no conectan demasiado con sus propios intereses, pero tampoco con sus ansiedades y temores, obstruyendo la posibilidad de aportar desde su lugar.
Siempre tuve problemas con los sustantivos. Nunca soy demasiado algo para ser eso, ni demasiado poco para excluirme”. Mi hermana Guadalupe me enseño cómo funciona el sustantivo “escritor“: es simplemente una persona que escribe. Y aunque nunca me sentí cómodo definiéndome como tal, creo haber dejado pasar suficientes años como para reconocer que quizá tenga algo de eso.
Me llevo mejor con “curioso”, un sustantivo que me adjetiva muy bien. Me divierte que una persona curiosa pueda ser tanto aquella que persigue su curiosidad como aquella que suscita curiosidad: “¡Qué curiosa esta persona! Todo le llama la atención”. O bien: “¡Qué curiosa esta persona! Quisiera entender cómo funciona”.
En caso de que no sea obvio a esta altura, todo lo que hago no es más que un juego en torno a los intereses que rasco de todo lo que me cruzo. Un juego que funciona mejor si se comparte.
La invitación detrás de todo lo que hago no es a maravillarse conmigo, ni siquiera con mi trabajo, sino con aquello de lo que escribo. El modo en que lo hago probablemente no sea el mejor, sino simplemente el que supe encontrar; el que a mí me sale. El juego al que trato de invitarte, querida persona que lee, es a que explores tu propia curiosidad, incluso si no fuera a través de un tema distinto cada semana. Que explores qué es lo que te hace cosquillas en la parte de atrás de tu cerebro, hasta que se vuelva tan difícil de ignorar que tengas que salir al mundo para descubrirlo.
Gran parte de Keep Going se dedica al asunto de cómo vivir de lo que nos gusta. Muchas veces intenté reconstruir cómo sucedió eso en mi vida. En septiembre de 2018 agregué tímidamente un par de botones y para junio de 2019 la suma de ese apoyo no era mucho pero era exactamente lo que pagaba de alquiler.
Decidí tomar eso como una señal de que, si lograba esforzarme más, podría pagar también las compras del supermercado y algún que otro libro o videojuego. Solo restaba tirarse a la pileta.
Kleon dice que puede ser riesgoso tomar aquello que nos mantiene vivos espiritualmente y convertirlo en aquello que nos mantiene vivos literalmente. Vivir de mi escritura introdujo libertad creativa pero también preocupaciones que antes no tenía. Nunca se hizo fácil lidiar con el rechazo.
La única manera de sobrevivir es ignorar deliberadamente números y métricas que nos tienta interpretar como indicadores de calidad o sentido. Todos esos números inexorablemente dejan afuera aquello que cuenta pero que no necesariamente puede contarse.
Los números no indican cuántas veces alguien mencionó un texto mío a su pareja justo antes de dormir, cuántos terapeutas me citaron en sus sesiones, ni cuántas veces alguna de las pavadas que digo quedó dando vueltas en alguna cabeza.Cuando ponemos algo en el mundo, lo liberamos a su suerte. Pretender saber con absoluto detalle qué pasa luego solo puede frustrarnos.
Nunca logré aquel número mágico de los “mil fans verdaderos”. El Club de la curiosidad alguna vez se arrimó a las 900 personas, pero hace años que ese número se aleja. El monto promedio del apoyo que recibo es de 440 pesos argentinos por mes (unos 0,35 dólares).
Llegar a mil personas siempre fue un capricho, un lindo número. Alcanza con saber que cuento con un puñado de personas a las que puedo escribirles el domingo a la mañana, o en cualquier otro momento, y compartirles sin demasiado filtro cómo es vivir en mis zapatillas — con plantillas ortopédicas.
A veces, cuando lo que tengo para contar es muy íntimo, mis correos comienzan con un querida familia, y la respuesta suele corresponderse. Cuando descubrimos que nuestra creatividad se agota, Kleon propone hacer un regalo. Con ese espíritu hace tres años empecé a regalar mi tiempo a las personas que leen.
Llevo más de 260 horas en conversaciones uno a uno con personas del Club de la curiosidad. Durante esas llamadas, que pueden extenderse por horas, busco volver a sentirme útil. No suelo sentirme un miembro valioso de la sociedad. Por eso intento devolver mi gratitud a partir de todo lo que pueda aportar.
Aunque no suelo encontrarlo interesante, entiendo que quizá la forma en que intento entender cómo funcionan las cosas no sea tan común como imaginaba. Me revuelve un poco el estómago que insistan con vincular lo que hago con mi autismo, porque a diferencia de lo que aquella descripción taxonómica pueda decir de mí, lo que hago puede hablar por sí mismo.
Lo que hago refleja una intención, un esfuerzo y una dedicación, una manera de hacer las cosas, de contar y compartir mi manera de ver el mundo, más allá de las etiquetas.
Puede que lo que hago tenga algo de especial, pero no por eso es inalcanzable. Lo que cada persona hace es especial en virtud de la persona que lo hace. Toda mirada, si surge de un esfuerzo deliberado y una intención, puede ser valiosa.
Nunca logré hacer de mi nombre una marca, ni de mi personalidad algo que pudiera vender. Algo de comodidad encuentro en que no me salga tan bien.
Viví momentos de interés en mi trabajo que jamás hubiera imaginado. Recuerdo con cariño los primeros años de la pandemia, cuando mi escritura o mis “28 días para sentirse un poco mejor” parecían dar respiro en un momento en que los barbijos lo hacían más difícil.
Pero, inmediatamente después, vinieron años en los que mucho me costó respirar a mí también. Terminé recurriendo a Keep Going porque enviar estas palabras significa que logré seguir adelante. Muchas veces me fue muy difícil seguir, si no casi imposible, seguir. Abrirse al mundo implica portazos en la cara.
Pude seguir porque siempre hubo un puñado de personas que se preocuparon por hacerme saber que lo que hago tenía algún lugar en sus vidas, que no les pasaba desapercibido. Y que, aún cuando ninguna tragedia sería que dejara de hacerlo, lo extrañarían. Mientras ese puñado de personas siga existiendo, tendrá sentido cualquier esfuerzo.
No podemos valernos de nadie más para seguir adelante, incluso cuando otras personas le dan sentido a lo que hacemos. Conviene mantenernos fieles a nuestro propósito, a la misión que nos inventamos para seguir adelante. A veces, con suerte, nuestra obra dará la vuelta al mundo, y otras ni siquiera dará la vuelta a la manzana. Allí estaremos para intentarlo otra vez.
Mi trabajo se mantuvo con la misma intención todos estos años, persiguiendo un mismo capricho, incluso si algunos temas funcionaron y otros provocaron que algunos ojos se revolearan con desdén.
Quizá no logré construir una marca personal porque me empeciné, a costa de mi salud mental, con mantenerme humano. Cuando alguien escribe, respondo con mis dedos. Cuando alguien comenta en redes sociales, estoy del otro lado. Cuando alguien agenda una charla, saludo del otro lado de la pantalla. Solo hay una persona que quiere compartir con el mundo lo que hace.
Seguir adelante implica hacerlo sin mirar demasiado a los costados, tapándonos los oído y muy frecuentemente la nariz. Es cuestión de tirarse a la pileta una y otra vez incluso cuando nos aterra empaparnos.
Si tuviera que hacer de esto como un “cómo funciona seguir escribiendo”, probablemente se sobrepondría demasiado a “cómo funciona seguir viviendo”. Cuando hacemos algo durante suficiente tiempo, la creatividad para encontrar motivos que nos empujen a seguir se resiente. No es lo mismo empezar a escribir que seguir escribiendo.
Cuando comencé Cómo funcionan las cosas, sería exagerado decir que sabía lo que hacía. Tenía ideas pero también ganas de regalarme una excusa semanal para investigar y ordenar esas ideas. Lo que los años generosamente nos regalan es perspectiva. No sabemos qué parte de lo que hagamos podrá ser importante, y suele sorprendernos aquello que subestimamos. Esa incómoda incertidumbre puede regocijarnos una vez que le tomamos el gustito.
Escribir o hacer arte es como cuidar un jardín. Si es suficientemente amplio, mucho de lo que hagamos se nos olvidará. Pero los años también nos dan oportunidad de pasear y descubrir que algo que plantamos ahora hace sombra y que de alguna de sus ramas podremos colgar una hamaca y disfrutar un poco el vientito de primavera.
Nunca se hizo del todo fácil vivir y escribir por fuera del tiempo. Pero me reconforta saber que lo pude hacer igual.
Cada año te escribo para celebrar que llegamos hasta acá. Y siempre vuelvo al disparador original de mis correos, aquel que incluso aparecía en el primero que alguna vez te envié:
¿A quién intentas impresionar?
Si algún día tienes suerte y una gran audiencia aparece para ver lo que haces, es probable que solo haya un puñado de personas cuya opinión realmente te importe, así que mejor identifica a esas personas ahora, si aún no lo has hecho, y escribe para ellas, y luego sigue escribiendo para ellas…
Esa es la pregunta a la que vuelvo cada vez que me siento a hacer algo.
Y luego sigo escribiendo para vos, querida persona que lee.
Gracias por compartir estos ocho años conmigo.
Te mando un abrazo grande, y me ofrezco para lo que necesites,
Valentín
Un montón de números
Respecto de mis correos, en el último año…
- 1.548 personas se suscribieron y 1.460 se desuscribieron.
- 14.360 personas recibieron este correo, 126 menos que hace un año.
- 30 personas se suscribieron cada semana, en promedio, un 8% más que el año anterior, y 28 se borraron, un 23% más que el año anterior.
- 170 suscripciones generaron mis “ideas para leer con otros” (enero), seguido de mi “resumen anual de 2024” (abril) con 137 suscripciones.
- 169 fue el máximo de desuscripciones en una semana, cuando reenvié “cómo funciona nuestra voz en la cabeza” en septiembre.
- 15 veces mis correos fueron marcados como spam.
- 42 correos envié, que en promedio fueron abiertos por el 55,59% de las personas, 5 correos más que el año anterior y una apertura 0,37% más baja.
- 16 correos fueron para las personas del Club de la curiosidad.
- 11 nuevos “cómo funciona” envié, que en total suman 149 temas distintos.
- Entre mis correos especiales, envié 2 de misceláneas, 1 de algunas grandes preguntas hechas por niños y 1 de citas apócrifas, 7 fueron reediciones de textos enviados antes.
- 135 libros y 44 artículos cité y/o consulté para escribir mis correos.
- 57 sugerencias de temas recibí, 10 más que el año anterior, que ya suman unos 1.081 en total, aunque algunas personas sugirieron varios temas al mismo tiempo y se hace más difícil contarlos.
- “Cómo funciona viajar” (en tren, en avión, por una habitación, etc.) sigue siendo el tema sugerido más veces que aún no escribí.
- 49 días fue el máximo tiempo que pasé sin enviar un correo, 65% menos que el año anterior.
- 1 libro pude presentar en Buenos Aires, y 53 fueron las dedicatorias únicas que escribí para las personas que vinieron a retirarlo en persona.
- 0 ejemplares de mi libro serán impresos en Argentina por decisión de Santillana, que tiene la exclusividad de los derechos.
- Casi todos los correos fueron escritos bajo el influjo de café y ansiedad, y en su mayoría mientras escuchaba The Maine, Christian French, Machine Gun Kelly, Neck Deep, y algo de jazz y música electrónica.
En cuanto al tiempo…
- 299 horas con 37 minutos pasé investigando y escribiendo para mis correos, un 19,45% más que el año anterior.
- 6 horas con 5 minutos pasé en total grabando y editando la lectura de mis correos, un 40% más que el año anterior.
- En promedio, cada “cómo funciona” tomó 17 horas con 10 minutos.
- El que tomó menos tiempo fue “cómo funcionan las despedidas” (junio), con 9 horas y 13 minutos.
- El que tomó más tiempo fue “cómo funciona andar descalzo” (enero), con 27 horas y 12 minutos.
- 28 horas con 33 minutos pasé armando nuevamente mis 28 Días, al que se sumaron 334 personas en el último año.
En cuanto a las personas que leen…
- Recibí 643 correos en respuesta a los míos (15 respuestas en promedio por cada correo enviado).
- Me tomé 72 horas con 25 minutos para responder 882 correos, algo así como 4 minutos con 56 segundos por cada uno.
- Como de costumbre, aún me quedan 640 correos por responder.
- 574 personas me contaron por qué les gusta lo que hago y cada mensaje es más lindo que el anterior. Gracias.
- 44 recomendaciones fueron enviadas en el último año.
- 337 ideas para sentirse un poco mejor me acercaron las personas que recibieron mis correos de los 28 días, disponibles en este sitio web.
- Y si en algún momento no te sentís bien, tenés 64 curiosidades que me dediqué a buscar y agregar al final de mis correos para que puedas sonreír, que podés encontrar en nomesientobien.com
En cuanto al Club de la curiosidad…
- Diciembre, enero y febrero fueron los únicos meses en que el Club creció.
- Enero (53) y febrero (26) fueron los meses en que más personas decidieron apoyar mi trabajo.
- 171 personas se sumaron a apoyarme y otras 186 dejaron de hacerlo.
- 15 personas menos apoyan mi trabajo en comparación con el año anterior.
- 73,36% de las personas que me apoyan son mujeres.
- Tuve 59 llamadas con personas del Club de la curiosidad, en promedio de 1 hora con 35 minutos que sumaron 94 horas con 19 minutos. 10% más llamadas y 7,45% menos tiempo que el año anterior.
- En cuanto al foro del Club:
- 44 temas nuevos se publicaron, que generaron 840 respuestas.
- Enero fue el mes con mayor participación.
- Actualicé 1 famoso Museo, en el que están disponibles 495 de mis correos y aún restan cargar 58 correos.
- 0 días pasaron sin que me pareciera increíble tener este trabajo gracias a quienes creen en mí.
Respecto de nuestros encuentros de discusión de libros…
- 8 libros leímos y discutimos en el último año, a lo largo de 156 horas y 47 minutos.
- 61 horas con 49 minutos pasé haciendo resúmenes de cada encuentro, armando diapositivas y coordinando los encuentros.
Desde el comienzo…
- 35.103 personas se suscribieron y 9.651 se desuscribieron.
- 10.531 personas dejaron de recibir mis correos automáticamente luego de tres meses sin abrirlos.
- 554 correos llevo enviados en 8 años, de los cuales 149 fueron distintos “cómo funciona”, otros 189 fueron “extras” con misceláneas para el Club de la curiosidad, y el resto se reparten entre distintas aventuras literarias, filosóficas y científicas.
En cuanto al dinero…
- En el último año invertí $1,600 dólares en el servicio de MailerLite y otros $334.12 dólares en dominios, servidores y herramientas digitales.
- En el último año doné $690,66 dólares a las organizaciones y proyectos que valoro, que ya suman $3.843,82 dólares donados desde 2018.
- En total llevo $13,102.11 dólares invertidos en enviar correos.

