9 de junio de 2021
Querida persona que lee,
Espero que esta semana no te hayas quedado sin agua caliente en el medio de un baño. Odio cuando pasa eso.
Quería compartir con vos algo que hice hace unas noches.
Hace poco menos de un año filmé la lectura de Where the Wild Things Are (1963) de Maurice Sendak, mi libro favorito de la infancia.
Ya ni recuerdo cómo lo grabé, pero no me gustaba la cadencia. Supongo que haciendo malabares entre el video, pasar de página y leer, se perdió algo de magia.
Pero la otra noche me senté e hice el doblaje de mi propio video. Creo que quedó bastante lindo. Además, me tomé el trabajo de subtitularlo en castellano e inglés.
En casa solo tengo dos libros de mi infancia. Uno es Where the Wild Things Are y el otro Cómo funcionan las cosas (1988) de David Macaulay.
Como alguna vez te conté, Where the Wild Things Are es un libro que puedo leer cuando ser un monstruo me hace sentir mal. En sus páginas encuentro que rugir de vez en cuando también está bien.
Hoy es mi cumpleaños y anoche torpemente publiqué unas palabras y una foto en la que me veo imposiblemente feliz.
Es una foto hermosa que tomó mi papá. No sé cuántos años tendría. Tampoco nunca aprendí a estimar la edad de alguien en su infancia a partir de fotos. Pero vamos a asumir que tengo no menos de un año y no más de tres.
Probablemente no por pudor, porque los cachorritos barilochenses aprendemos eso de más grandes, pero aparezco inclinado hacia adelante, apretando mis manos entre mis muslos y con la sonrisa más enorme que entraba en esos cachetotes.
Es una foto hermosa.
La primera vez que me leyeron Where the Wild Things Are, sin embargo, fue varios años más tarde. Lo trajo mi papá de un viaje de trabajo a Estados Unidos en 1996. Él se dedica a hacer museos, y esa afirmación necesariamente siempre viene acompañada de una pregunta, porque como te podrás imaginar no es muy frecuente escuchar hablar acerca de alguien que hace museos.
Pero hacer museos, en realidad, es armar una historia. Eso es todo. No hay mucho más.
Claro que no es poco, como cualquiera que haya intentado armar una historia alguna vez lo sabe.
Yo me dedico a armar historias, también, aunque nunca tuve oportunidad de hacer un museo.
Y quizás por eso me cuesta tanto mentir, también. Porque si estamos hechos de historias, y algunas de ellas no son ciertas, no tengo idea de cómo se hace para asegurarse de que sea nuestra misma existencia la que se mantiene verdadera.
Eso me asusta un poco, aunque cada vez menos.
No recuerdo mucho de la adaptación cinematográfica que hicieron de Where the Wild Things Are, pero sí recuerdo el primer fragmento del primer adelanto de la película, que publicaron en 2009.
Uno de los monstruos, que en la película llamaron Carol, le dice a Max:
I didn’t wanna wake you up… But I really wanna show you something.
Y por algún motivo, de esos que difícilmente tengan un verdadero sentido, es la única línea que recuerdo de toda la película.
Y creo que como aquel monstruo un poco es como me siento cuando, si logro terminar de escribir lo suficientemente temprano, te mando un correo: “No te quería despertar, pero tenía muchas ganas de mostrarte algo”.
Mi papá me enseñó un montón de cosas. Muchas de esas no me sirven de mucho en donde vivo, porque no tengo árboles hasta donde alcanza la vista, pero me acompañan de igual modo.
Y una de las cosas que me enseñó fue a mirar.
Pero no a mirar cosas en museos, que quizá sería el corolario lógico de toda esta historia. Si tenías ganas de invitarme a mirar cosas en vitrinas y paredes esperando alguna observación ingeniosa, quizá sea mejor ajustar expectativas.
Creo que mi papá me enseñó a mirar para encontrar lo que quiero contar. Y aunque algunas cosas las aprendemos de forma explícita, muchas otras, quizá la mayoría, las aprendemos sin que nos demos cuenta de que estamos aprendiendo.
Aprendemos mirando cómo otras personas miran.
Porque aunque yo no mire mucho a los ojos — y perdón por eso — sí me la paso mirando todo el resto.
Hoy es mi cumpleaños y hace un rato pensaba en mi memoria.
Creo que si alguna vez tuve alguna gracia comparable con un parlor trick o truco de salón fue poder recordar lo que otras personas no. Recuerdo una vez que quise seducir a una chica que me gustaba, hace casi 15 años. Un par de días luego de pasar la mayor parte de un día con ella, tuve la iniciativa de escribir en una hoja de papel en segmentos de 15 minutos todo lo que había pasado aquel día, incluso con fragmentos de conversación.
Por supuesto, el hecho de que pensara que eso era a) simpático, b) adecuado, y c) seductor, da cuenta de lo mucho que tuve que aprender acerca de cómo funcionan las personas en todo este tiempo — pero también de mi relación con el etiquetar y catalogar mis experiencias.
Vivir con una gran memoria puede ser bastante vertiginoso, también. Por ejemplo, cuando tengo crisis nerviosas generalmente no formo bien los recuerdos. Y para alguien que se acostumbró a poder reconstruir en fragmentos de un cuarto de hora un día entero de repente recibir errores 404 de mi propia mente puede ser un poco demasiado.
Y, sin embargo, me pude acostumbrar también a eso. Hoy ya no espero de mi memoria que hable, tal como Nabokov la interroga en el título de su autobiografía cuyas primeras palabras leen: “La cuna se balancea sobre un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas”.
No hay mucho misterio en que esa gran línea es una paráfrasis de Thomas Carlyle, que en 1841 publicó: “La vida es un pequeño destello de tiempo entre dos eternidades”. Ni tampoco cuesta mucho imaginar que esta idea fue tomada, al menos en espíritu, de una idea presente tanto en Lucrecio, en su De rerum natura, como en Cicerón, en De Natura Deorum, ambos del siglo I a. e. c.
La línea es incluso parodiada en Little Wilson and Big God, la autobiografía de Anthony Burgess: “Si necesitas una gran apertura, aquí está. Atrapados como estamos entre dos eternidades de ociosidad, no hay excusa para estar ociosos ahora”.
Qué cosa hermosa, sin embargo, es la ociosidad. Disfrutar de este intersticio también es vida, si se me permite.
Para la fama que en estos años cobraron mis palabras, a veces bajo abrumadores calificativos, nunca deja de resultarme divertido insistir con que todo esto en lo que nos metimos nada tiene que ver con la sabiduría, incluso si ella nos visita luego de la lectura, ni mucho menos tiene que ver con explicar desde un inagotable conocimiento cómo es que funcionan las cosas.
A mí lo que me gusta es poder armar historias y luego salir corriendo a invitarte a visitarlas.
Me gusta recibirte y hacerte sentir a salvo de las inclemencias del mundo exterior apenas das el primer paso. A veces alcanza con un poco de luz para que aunque solo sea por un ratito podamos hacernos un lugarcito entre ambas eternidades.
Lo sé porque como cuando ponemos linda la casa para invitar a quien más queremos y nos sentimos mejor por el solo hecho de cuidarnos de esa manera, cuando te escribo empiezo a sentir que entre toda esta ociosidad el privilegio de contarte a vos una historia, querida persona que lee, es el mayor regalo que podría haber diseñado.
Ya no sé si podría hacer otra cosa. Amo vivir de escribir para vos, hoy y todas las semanas. A veces lo olvido y luego de perderme un segundo me cuesta volver al recorrido. Las últimas semanas se sintieron más como esas tinieblas a ambos flancos que como ese intersticio que nos supimos construir.
Hasta que te vuelvo a escribir, querida persona que lee, y me encuentro.
No te quería despertar, pero tenía muchas ganas de mostrarte algo.
Sucede algo muy curioso con los monstruitos invisibles, tengo entendido. No podemos existir si no creen en nosotros.
Que tengas un día tan lindo como el que yo puedo tener gracias a tu confianza en mí.
Gracias por creer en mí,
Valentín

Este correo fue enviado el 9 de junio de 2021 para las personas del Club de la curiosidad.
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